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Article Excerpt Ernesto Wolf. En la lista del curso nuestros apellidos eran vecinos, porque después del mío no suele haber muchos apellidos en Colombia (a menos que se trate de uno extranjero o de alguna curiosidad: Yáñez o Zapata, Yammara o Zúñiga). El día del sorteo que nos mandaría o no al ejército, el orden alfabético dispuso que yo sacara la balota antes que él. En la bolsa de terciopelo vinotinto ya sólo quedaban dos, una azul y una roja, donde poco antes hubo casi cincuenta, el número de estudiantes que ese año eran candidatos al servicio. Sacar la balota roja me mandaría al ejército; la otra mandaría a mi amigo. El sistema era muy sencillo.
Esto ocurría en el Teatro Patria, un edificio adjunto a la Escuela de Caballería, donde ahora se proyectan malas películas y suele haber, de vez en cuando, una comedia, un solitario concierto, un acto de magia. Un acto de magia, sí, eso es lo que parecía el sorteo. Todos los bachilleres de último año fungían como público, y también algunos profesores más o menos solidarios; sobre el escenario, tres actores: un teniente de pelo estucado (tal vez era un teniente, pero no estoy seguro: no recuerdo bien sus hombros ni su solapa ni el bolsillo de su pecho, y de todas formas nunca he sabido reconocer rangos), una asistente uniformada y un voluntario que había subido, a regañadientes, para participar en la magia, para sacar la balota que podía desaparecerlo de la vida civil durante un año. La asistente, olorosa a naftalina, sostenía la bolsa de las balotas. Metí la mano, saqué la balota azul, y antes de que tuviera tiempo de pensar que había condenado a mi amigo, mi amigo había invadido el escenario para abrazarme, y provocaba la indignación del militar y la complicidad de la asistente, el guiño de su párpado azul, de su pestañina generosa.
El militar, teniente o lo que fuera, firmó con su kilométrico un papel de color hueso y marca de agua y sello repujado, lo dobló en tres y me lo entregó como quien entrega un trapo que huele mal, mordiendo al mismo tiempo la tapa de plástico: la tapa blanca y ensalivada, luminosa sobre los dientes amarillos. Ernesto y la mujer, mientras tanto, conversaban; él no quería sacar su balota roja, porque ya era la última y el trámite le parecía superfluo, y no habría sorpresa posible para el público, la masa de bachilleres que compartían una misma idea del entretenimiento: que el vecino fuera reclutado. Pero la mujer y tal vez su maquillaje lo convencieron de meter la mano, de sacar la balota; y lo convencieron de otras cosas, también. Al día siguiente, a la hora del almuerzo, chilló mi teléfono.
--Qué cuerpo tenía, hermano --me d ii o la voz empantanada de Ernesto--. No se le notaba debajo del uniforme.
Después nos vimos otro par de veces, y luego vernos ya no dependió de nosotros. Inescrupulosamente ansioso, ofensivamente manso, Ernesto Wolf se incorporó a la Compañía Ayacucho de la Décima Brigada, en Tolemaida, a finales de agosto de ese mismo año. Ayacucho: la cacofonía no le decía nada, salvo un vago rumor de la escuela primaria. Ernesto, nieto de un extranjero que una vez fue acusado de apátrida en un periódico de importancia, hijo de un padre que había crecido sin saber muy bien de dónde era --aunque hubiera sido bautizado con un nombre de santoral, para no desentonar--, no sabía gran cosa de Ayacucho en particular ni de las guerras de la Independencia en general. Me pareció que la amistad me obligaba a echarle una mano a su patriotismo. Madrugué un domingo; en el monumento de Los Héroes saqué una polaroid, y se la llevé a Tolemaida envuelta en una página de periódico.
Ayacucho
Pichincha
Carabobo
Dos cacofonías y un insulto disfrazado, tallados todos sobre...
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