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Article Excerpt Retomamos el hilo y regresamos a los diarios. Es el fin de los años sesenta y principios de los setenta. El cuaderno del diario aumenta de páginas y se convierte, como lo llama el propio Salvador Elizondo, en el mamotreto: ya no hay cuadernos individuales, ahora uno solo para todo. Elizondo se vuelca en el cuaderno con más abínco que nunca y escribe cerca de cuatro mil cuartillas entre 1967 y 1971. En ellas se mezclan sentimientos, ideas, opiniones, textos de ficción, poemas, crucigramas, invenciones de palabras, además de que comenta sus lecturas, pega las cartas que recibe y narra su vida cotidiana.
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Hemos decidido seleccionar esta vez fragmentos en los que se filtran los ecos de la historia --a los que no escapa el escritor en estos años-, su relación con otros escritores, sus referencias literarias y algunos momentos de su vida diaria.
Es una síntesis que, como en un flash back y a manera de destellos instantáneos, dispara nuestra atención bacía ciertas páginas sólo para damos una idea del sentido que cobra la noción del mamotreto en el caso de Elizondo.
--PAULINA LAVISTA
1967
30-VIII-67. Por la tarde me siento a escribir. Pienso que este momento debe perdurar. Es perfecto. Miro la foto de Pound. Artífice. Esencialmente un artífice como Joyce. Pavese es un autor que siempre es tan aburrido como uno se imagina. ¡Qué espléndida la cabeza de Pound! Es quizá el rostro de poeta más bello que ha habido desde Rimbaud o Rossetti. Manifiestan la herencia de una gran tradición corporativa. Dante también. Por primera vez estoy enamorado de la vida. Aspiro a ese artesanato. Tocan el Cuarteto 1913 de Ives. Maravilloso. Tout à fait moderne.
Nueva Delhi a 13 de diciembre de 1967.
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Querido Salvador:
Me alegra que te haya gustado lo que digo sobre ti en la entrevista con Carlos Monsiváis. Por cierto, hay una errata: yo no dije memoria sino ceremonia. Sobre lo de la Guggenheim: Con gusto daré mi opinión (por supuesto totalmente favorable). Sin embargo, debo advertirte que, antes que tú, otro escritor mexicano, al que también estimo mucho, me había pedido lo mismo. Pero no te preocupes: la Guggenheim acepta que uno opine favorablemente sobre dos o tres escritores.
Marie-José y yo recordamos con nostalgia el encuentro con ustedes en casa de Leonora.
Un saludo afectuoso, Octavio [Paz]
1968
Nueva Delhi, a 9 de abril de 1968.
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Querido Salvador:
Me alegra que estés en Europa. Me deslumbra tu idea de aprender el alemán e internarte en los dédalos de la filosofía. Algo que yo quise hacer y que nunca realicé. No sé si en Alemania todavía existe lo que se llama filosofía, aunque sin duda es el país más rico en tradiciones filosóficas. En realidad, no sé si la filosofía tenga un sitio en el mundo moderno. Lo tienen la lógica, la ciencia y, así sea como actividad privada, la poesía. Me responderás, con razón, que el terna de la muerte de la filosofía es un tema filosófico ...
Desde luego que escribiré el prólogo. Lo único que me inquieta es la fecha. Por el momento, no podría hacerlo. Debo terminar antes otras cosas urgentes y que me había comprometido a entregar hace más de dos meses. Pero creo que podría enviar mi texto a García Cantú a fines de junio. ¿Te conviene la fecha? Si es así, dile a García Cantú que me escriba.
Un abrazo, Octavio [Paz]
P.D. Ya envié la carta a la Guggenheim ... Tu juicio sobre Blanco me anima. ¿Qué escribes ahora?
rue Payenne II, París (30), 22 de abril de 1968.
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Muchas gracias, querido Salvador Elizondo, por su carta desde Alemania. Leí El hipogeo secreto con una especie de fascinación del alma; lo leí sin añadir una palabra (¡lo que, en francés, me ocurre escasamente!), y no sin dificultad a veces, pero con una admiración constante por la organización y la filosofía del relato de usted, lo mismo que por su bello lenguaje, a un tiempo casi hermético y hondamente denso y sensual. Es un libro espléndido, sin duda alguna, como un relámpago que no se apaga y cuyo ardor perdura, mediante juegos de espejos que usted transforma al infinito sujetos a un orden inmutable. Bona lo está leyendo ahora, con mucha admiración también. Cuando termine, depositaré el manuscrito en las oficinas de Gallimard, en un paquete a nombre de Roger Caillois.
Necesito todavía decirle que desde hace mucho tiempo no me topaba con alguien tan interesante ni que me entusiasmara tanto como usted. Su obra es algo en lo que cifro una apasionada esperanza. Cuando volvamos a vernos, espero que hablemos mucho más y que nos conozcamos mejor. Mientras eso sucede, le envío mis muy amistosos recuerdos,
André Pieyre de Mandiargues
(Por supuesto que he dado sobre usted los mejores informes a la gente de la Fundación Guggenheim. Pensando en ellos, que no son sino máquinas a sueldo, ¡que viertan su oro y sus cheques bancarios a los pies de usted!)
Traducción de Juan Puig
Sábado 3 de agosto de 1968. Por fin instalado en mi departamento....
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