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La multinacional FARC: luego del contundente ataque del ejército colombiano a un campamento de las FARC apostado en suelo ecuatoriano, una pregunta terminó por imponerse: ¿qué información ocultan las computadoras encontradas en el sitio? Bertrand de la Grange tuvo acceso a las célebres laptops y refiere, en exclusiva para Letras Libres, sus hallazgos.

Publication: Letras Libres
Publication Date: 01-JUL-08
Format: Online
Delivery: Immediate Online Access
Full Article Title: La multinacional FARC: luego del contundente ataque del ejército colombiano a un campamento de las FARC apostado en suelo ecuatoriano, una pregunta terminó por imponerse: ¿qué información ocultan las computadoras encontradas en el sitio? Bertrand de la Grange tuvo acceso a las célebres laptops y refiere, en exclusiva para Letras Libres, sus hallazgos.(Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia)

Article Excerpt
Había más agitación que de costumbre en el campamento guerrillero. Raúl Reyes, número dos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), ejercía con evidente placer el papel de anfitrión ante sus invitados, chilenos y mexicanos que habían llegado hasta ese apartado rincón de la selva ecuatoriana para rendirle pleitesía. Acababan de asistir al II Congreso de la Coordinadora Continental Bolivariana, celebrado en Quito a finales del pasado febrero. Después de una sobredosis teórica de socialismo del siglo XXI, nada mejor que unas jornadas de emociones fuertes y fraternal esparcimiento revolucionario. Arrobados, los militantes urbanos de apoyo a las FARC se vistieron con uniformes de camuflaje y se hicieron fotos con Reyes, que se colgó para la ocasión el fusil al hombro. "Era como sacarse una foto con el Che", comentó el chileno Manuel Olate.

Los visitantes habían viajado en autobús desde Quito hacia el norte de Ecuador, hasta un punto donde los esperaba un "enlace". Luego, habían recorrido en lancha un corto tramo del Putumayo, cuyos meandros rojizos marcan la frontera con Colombia. El campamento de Raúl Reyes estaba a 1.8 kilómetros del río en suelo ecuatoriano, pero el grupo dio un gran rodeo por la selva, con el objetivo de desorientar a los invitados y sortear los campos de minas quiebrapatas que la guerrilla siembra con fruición en los territorios donde tiene presencia.

El campamento estaba muy bien organizado. Varias carpas acogían la cocina con su refrigerador, el comedor, una aula y los dormitorios. Unos caminos de troncos impedían que las permanentes lluvias tropicales transformaran el lugar en un lodazal imposible. Los guerrilleros veían televisión por satélite gracias a una antena parabólica. Una radio les traía los ritmos envolventes del vallenato.

Más allá de su papel de relaciones públicas, Reyes, de 59 años, era el conductor ejecutivo de las FARC. De baja estatura, barba canosa y gruesas gafas, sus modales afables escondían a uno de los dirigentes más duros. Por sus métodos brutales, incluidas las matanzas de población civil y los secuestros, la guerrilla más antigua de América Latina, que llevaba 44 años intentando tomar el poder por la vía armada, había terminado por engrosar las listas de organizaciones terroristas de Estados Unidos y la Unión Europea. Pero Reyes se sentía tranquilo en suelo ecuatoriano. No en vano se había reunido con el mismísimo ministro del interior, Gustavo Larrea, que mostraba la mejor disposición para colaborar.

Esa noche del 29 de febrero los guerrilleros y los cinco mexicanos que quedaban en el campamento cenaron arroz, frijoles, plátanos fritos, jugo de panela y café. Tras charlar un rato, se acostaron muy temprano. Raúl Reyes se quedó revisando sus correos electrónicos. La fiel Eliana le había descifrado y copiado en una memoria USB los últimos mensajes recibidos de la central de comunicaciones de la guerrilla, ubicada en Caracas. El canciller de las FARC mantenía una intensa actividad epistolar. El día anterior había enviado un balance de dos cuartillas a sus seis "camaradas del Secretariado", el máximo órgano de dirección de la guerrilla. En él celebraba el "éxito [de] la liberación unilateral" de seis de los rehenes en poder de las FARC y se quejaba de la actitud "grosera y provocadora" de otra secuestrada, Ingrid Betancourt. Hacía también una síntesis de la reunión mantenida con un "emisario" del presidente ecuatoriano, Rafael Correa, con el que había hablado de organizar un encuentro en Quito para estrechar las relaciones.

A esa misma hora, en Bogotá, las luces seguían encendidas en el Ministerio de Defensa. La Junta de Operaciones Especiales, que coordina las actividades secretas de la policía y el Ejército, llevaba atrincherada todo el día. El general Freddy Padilla, comandante de las Fuerzas Militares de Colombia, y el director de la Policía Nacional, Óscar Naranjo, contenían los nervios. El presidente Álvaro Uribe, de viaje en Medellín, no se separaba del celular. La información era muy precisa; las condiciones climatológicas, propicias. No podían perder la oportunidad. A medianoche, cinco aviones Super Tucano despegaron de su base de Villavicencio, al sur de Bogotá. La Operación Fénix estaba en marcha.

Todo el mundo duerme en el campamento, salvo la guardia. El ataque llega de donde nadie lo espera, desde el cielo, y en forma de bombas de gran precisión. En unos segundos, el lugar se transforma en un infierno. Veintiséis guerrilleros e invitados caen muertos. De los mexicanos, sólo una mujer sobrevive. Cuatro helicópteros Black Hawk llegan con tropa de élite y policías judiciales colombianos, que se abren paso hasta el campamento con visores nocturnos y una cámara de video. Entre los escombros encuentran el cadáver de un hombre con barba y gruesa barriga. Viste calzones y una camiseta con el retrato de Tirofijo, el máximo líder de las FARC. Objetivo logrado.

Los comandos colombianos filman el registro. En medio de la oscuridad, la cámara enfoca unos maletines metálicos debajo de una mesa. Al abrirlos descubren tres ordenadores portátiles Toshiba Satellite intactos. Hay además dos discos duros externos y tres memorias USB. Con la luz del día, los helicópteros despegan rumbo al norte con el cadáver de Reyes y ese botín inesperado, en el que el número dos de las FARC guardaba todos los secretos de su organización.

Euforia en Colombia, pese a la crisis diplomática que se avecina por la violación flagrante de la soberanía ecuatoriana. La Operación Fénix es el golpe más devastador que han recibido las FARC en sus cuatro décadas de existencia, no sólo por la muerte de su número dos sino porque ha puesto en manos del enemigo una verdadera mina de información sobre su funcionamiento interno, sus códigos secretos, sus estructuras internacionales y sus negocios de armas y drogas. Es, también, el preámbulo de un marzo negro para la guerrilla.

A los cinco días del ataque, otro miembro de la cúpula, Iván Ríos, es asesinado por su propia escolta a cambio de una jugosa recompensa del gobierno. El 26 de marzo muere Pedro Antonio Marín, más conocido como "Manuel Marulanda" o "Tirofijo", a la edad de 78 años. La guerrilla intenta ocultarlo, pero al cabo de dos meses el gobierno destapa la noticia. Las FARC aseguran entonces que su líder ha fallecido "de un infarto cardíaco, en brazos de su compañera y rodeado de su...

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