|
Article Excerpt [ILUSTRACIÓN OMITIR]
A partir del éxito, tanto de crítica como de lectores, que tuvo Farabeuf, y luego de recibir el Premio Xavier Villaurrutia por este libro, Salvador Elizondo, como en un big bang personal, explota. Sus cuadernos se convierten en un campo de batalla --se le ocurren cientos de ideas-- y se diversifican: uno para la caligrafía china, otro para los poemas en inglés, otro para las traducciones, otro --secreto-- sobre sus conquistas amorosas, uno más para sus traducciones de poesía, etc. Además, trabaja intensamente en su obra y publica durante este periodo su Autobiografía (1966), Narda o el verano (1966) y El hipogeo secreto (1968).
Entre 1963 y 1967 su vida cambia en más de un sentido: se divorcia de Michèle Alban, vive en Nueva York durante seis meses, se involucra en nuevas relaciones amorosas y se enamora de mujeres por lo menos diez años mayores que él. Por estas fecbas, el diario consigna en pocas ocasiones eventos de su vida personal, como si Elizondo no tuviera tiempo más que para desarrollar las ideas que le hierven en la cabeza.
En esta ocasión hemos decidido seleccionar textos íntegros, redondos y, a veces, largos, opuestos a la constante fragmentación a la que un diario obliga.
En estos sorprendentes "Cuadernos de escritura" se revelan y fijan, como en una fotografía, las ideas y ocurrencias de Salvador Elizondo.
--PAULINA LAVISTA
Diarios y cuadernos
Si tuviera que contestar como en una entrevista periodística, diría que el "germen de mi vocación literaria" se encuentra en los diarios y cuadernos de notas que a partir de mi adolescencia he ido llevando, muchas veces intermitentemente o desordenadamente. Ahora que por razones de tarea literaria he tenido que pensar en lo que significa esta acumulación turbia de testimonios escritos acerca de la realidad no puedo menos que formular la siguiente conclusión: conforme transcurre nuestra edad la vida se va disociando, estratificándose en órdenes que muy remotamente se tocan. Vivimos varias vidas diferentes. Para saberlo me basta con echar una ojeada a esa enorme pila de cuadernos. Su apariencia misma delata ese proceso que invariablemente tiende a organizar la vida, clasificándola. La mayor parte de ellos datan de una época milenaria remota y han sido desempacados hoy después de un sueño de muchos años. Los más antiguos son cuadernos y libretas heterogéneos, de diferentes formatos y papel, casi siempre de calidad escolar. Yo creo que estos cuadernos contienen, de una mano todavía indecisa, el último fragmento escrito con absoluta sinceridad. Esto es evidente con sólo mirar esa pila que forman, vaga pero correctamente cronológica, sobre el desorden inmutable del escritorio. Después de los cuadernos heterogéneos viene lo que pudiera llamarse el periodo de los álbumes: grandes formatos, papel azul pálido verjurado, cantos dorados, señalador de cintilla de seda color obispo, pastas abullonadas de tafilete azul marino con mi nombre grabado en oro, a fuego, con letra inglesa, en el ángulo inferior derecho de la cubierta. Es allí exactamente donde la insinceridad, o sea una vaga percepción de conciencia literaria, se define con un desplante notorio de afán de posteridad. Los álbumes de lujo denotan ya una mala conciencia. Si los cuadernos de formato variable habían sido llenados porque yo era consciente, los cuadernos de lujo han sido llenados de la conciencia de que yo soy un llenador de cuadernos.
[ILUSTRACIÓN OMITIR]
Al final del periodo de los álbumes, y de hecho se trata de un acontecimiento que pone fin a este, el curso de mi insinceridad se bifurca: en un primer grupo de cuadernos heterogéneos, pero de superior calidad europea, estos coinciden por parejas simultáneas. Es interesante, por ejemplo, la pareja formada por dos cuadernos similares de forma casi cuadrada con pasta de keratol negro, cabier caisse les dicen, uno de ellos,...
|