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Article Excerpt [ILUSTRACIÓN OMITIR]
En más de una ocasión, en charlas informales, escuché a Luis González y González lanzar la provocadora afirmación de que aquello que se presentaba como historia nacional de México no era, en realidad, más que una microhistoria de la ciudad de México. Desde entonces no he dejado de interrogarme sobre el significado que tenía para Luis González esta idea, que presentaba como una graciosa ocurrencia, pero que a mi juicio tenía importantes implicaciones en su manera de concebir y practicar el oficio de historiar. Sin duda, a través de esa ingeniosa frase, Luis González criticaba la estrecha visión centralista de los historiadores profesionales que se interesaban muy poco en lo que sucedía fuera de los círculos políticos de la capital. Más allá de esta evidencia, pienso que buscaba darnos a entender que ninguna obra historiográfica, por extensos que fueran los ámbitos espaciales que se propusiera abarcar, dejaba de ser de alguna manera un trabajo de microhistoria. De ser cierto esto, no tendría ningún sentido oponer los trabajos de Luis González que cubren todo el territorio nacional con aquellos que se limitan a un poblado o a una pequeña región del país. Detrás de la diversidad de sus obras, se escondería en realidad una profunda unidad en cuanto a la manera en que abordaba los problemas historiográficos, siempre a través de un potente lente microhistórico.
Lo micro y lo macro
Para empezar, conviene recordar el complejo diálogo que construye Luis González en sus trabajos de microhistoria con la llamada "historia nacional". Hoy en día, en algunos círculos académicos, está de moda oponer la microhistoria gonzaliana a la "nueva" microhistoria italiana, como si se tratara de géneros tan distintos que, como el agua y el aceite, no pudieran combinarse de forma duradera. Sin duda es imposible confundir un libro de Luis González con uno de microhistoria italiana. Nadie pone en duda que existan notables diferencias en la manera de abordar el género microhistórico entre el historiador michoacano y sus colegas italianos. El problema es que la distinción se utiliza a menudo para descalificar la microhistoria gonzaliana. Según algunos, ésta no sería más que una forma de monografía local "a la antigüita", de interés muy limitado. En cambio, la microhistoria italiana supondría una profunda renovación de la disciplina, al plantear nuevos problemas de investigación, al cambiar la forma de pensar las relaciones entre lo local y lo general, y al inventar nuevas formas narrativas. Estos críticos no saben obviamente que Carlo Ginzburg le escribió a Luis González una carta para contarle cómo Pueblo en vilo despertó su interés por los fenómenos micro. (1)
Ciertamente es necesario aceptar que este malentendido --el ver en las microhistorias gonzalianas tan sólo simples monografías locales-- fue favorecido, en parte, por el propio Luis González. Así, sus artículos y ponencias recogidas en la nueva edición de Invitación a la microhistoria (2) tienen como principal objetivo hacer una decidida defensa de las historias pueblerinas --a menudo escritas por eruditos locales--, que él llamaba "historias matrias". Luis González también participó con entusiasmo en el proyecto colectivo de escribir una monografía histórica para cada municipio de Michoacán: así nacieron sus libros Zamora y Sabuayo. (3)
Pero pienso que en este caso, como en muchos otros, hay que poner en práctica el sabio consejo de Paul Veyne, quien recomendó no prestar demasiada atención a lo que los historiadores dicen que hacen, sino más bien fijarse en lo que de hecho hacen. (4) Veamos, pues, cuál fue la microhistoria que practicó Luis González, tejiendo complejas interacciones entre lo local, lo regional y lo nacional.
La microhistoria como monografía local universal
Es indudable que Pueblo en vilo, Zamora y Sabuayo tienen algo de monografía local. Para bien, a mi juicio. Estos libros son --como lo dijo Luis González-- "historias universales", es decir, pretenden dar una visión general y unificada de los diversos ámbitos que conforman la vida social, recogiendo las experiencias de sus pobladores presentes y pasados, pobladores que no separaban sus prácticas demográficas de sus creencias religiosas, la economía de sus ideales de prestigio, la política de sus relaciones familiares y personales. En efecto, para las personas de carne y hueso todo aquello que los científicos sociales distinguen sesudamente está indisolublemente unido.
Por otra parte, las monografías locales son, sin duda, el mejor espacio historiográfico para comprender las relaciones concretas que se dan entre varios fenómenos. Mientras que las historias nacionales sólo pueden establecer relaciones conjeturales --a menudo erróneas-- entre distintos fenómenos sociales, las microhistorias, en cambio, nos permiten comprender cómo las personas interpretan su momento histórico y cómo, a través de esa interpretación, responden a los problemas que se les plantean.
Así, por dar un ejemplo, muchos historiadores del nazismo han señalado que la crisis económica de 1929 contribuyó decididamente al ascenso de Adolf Hitler. Pero, si bien pueden afirmar que existe una estrecha correlación entre ambos fenómenos, no logran hacernos comprender la manera concreta en que la crisis económica repercutió en los desplazamientos de las simpatías políticas de los alemanes. Es más, estos estudios macrohistóricos pueden resultar engañosos al hacemos creer que aquellos que más padecieron los efectos de la crisis de 1929 fueron los que abrazaron la causa del nazismo con mayor entusiasmo. Tuvo que llegar un microhistoriador --Willíam Sheridan Allen--, quien estudió a profundidad el pueblo en el que, en 1932, el porcentaje de votos en favor de los nazis fue el más elevado de toda Alemania, para que pudiéramos comprender en sus justos términos la relación entre ambos fenómenos. (5) En efecto, Allen nos muestra que en ese pueblo los que resultaron más afectados por la crisis económica fueron los obreros que perdieron sus empleos. La clase media, en cambio, salió bastante bien librada de la recesión. Incluso, su capacidad de ahorro se incrementó, tal como lo reveló el estudio de las cuentas bancarias del pueblo. Sin embargo, fueron sobre todo los miembros de esta clase media los que empezaron a votar en masa por el Partido Nacional Socialista, mientras que la gran mayoría de los obreros mantuvo su apoyo al Partido Socialdemócrata o al Partido Comunista. ¿Cómo se explica esto? La crisis no afectó los bolsillos de los integrantes de la clase media, pero...
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