|
Article Excerpt El grano incandescente
Ladera este (1962-1968)
México, Joaquín Mortiz 1969, 182 pp.
De los numerosos poemas que Octavio Paz escribió en la India, sin duda el más antiguo es "Mutra", quinto de los nueve que forman La estación violenta (1958). He aquí el versículo final: "Y hundo la mano y cojo el grano incandescente y lo planto en mi ser: ha de crecer un día." Aparecen, después, un topónimo y una fecha: Delhi, 1952.
Donde se hunde aquella mano es en los "restos negros" de una ciudad en ruinas, en sus "algas acumuladas" y "aguas somnolientas", en el cascajo de sus "torreones demolidos" y "cámaras humeantes", en las "naves ardiendo" y las "últimas imágenes" de una realidad "que agoniza". Tratándose de Paz, ya casi es natural dar por sentado que semejante devastación conlleva una semilla o promesa: la de un segundo nacimiento. Éxtasis y profanación, diría el poeta: Mutra es el nombre de una ciudad sagrada (Mathura) y es también la palabra que significa "orina" en sánscrito.
Cuando escribió "Mutra", Paz desempeñaba el cargo de segundo secretario de la embajada mexicana en la India, cuyo titular era Emilio Portes Gil. A los pocos meses le fue conmutado el puesto por otro en Japón. Pasaron luego diez años, con otros viajes y trabajos, y en 1962 Paz fue nombrado embajador en la India. Como es bien sabido, Paz renunció a ese cargo en 1968 (diez años después de publicar La estación violenta) a raíz de la matanza de Tlatelolco. Concluyó así un lapso de seis años en los que Paz publicó una impresionante sucesión de libros: de poesía el primero (Salamandra, de 1962) y de pensamiento estético, crítica literaria y pictórica y divulgación antropológica los posteriores (Cuadrivio, de 1965; Puertas al campo, de 1966; Claude Lévi-Strauss o el nuevo festín de Esopo, de 1967; Corriente alterna, también de 1967, y Marcel Duchamp o el castillo de la pureza, de 1968). Del mismo período son sus traducciones de Fernando Pessoa (1962) y el prólogo a Poesía en movimiento (1966).
Pero el auténtico "ciclo hindú" de Paz únicamente se completa con la suma de otros cuatro libros, ya porque suponen rememoraciones del paisaje y las costumbres del subcontinente (así ocurre con Vislumbres de la India, de 1995, y con ese libro anterior, en todo punto extraordinario, cruza de sueño y crítica, de alucinación y ensayo, de poema en prosa y novela: El mono gramático, de 1974), ya porque fueron escritos, en parte o del todo, en la India, pero editados un poco después de la dimisión a la Embajada. Este último es el caso de Conjunciones .y disyunciones, de 1969, y de Ladera este, del mismo año. En cuanto a la publicación de Ladera este, cabe decir que había sido precedida en 1967 por la edición artesanal de Blanco, poema extenso que vino a constituir, con algunas adaptaciones tipográficas, la tercera y última sección del poemario.
En el tomo II de las Obras completas de Paz, los tres apartados internos de Ladera este aparecen como tres conjuntos autónomos: "Ladera este" (1962-1968), "Hacia el comienzo" (1964-1968) y "Blanco" (1966). Cada serie, por lo tanto, debe ser entendida en su especificidad: el amor físico y la memoria individual son los temas de "Hacia el comienzo" así como el registro epigramático de la experiencia cotidiana y un diálogo particular entre las culturas de la India, México, Estados Unidos y Europa son las constantes de "Ladera este". Lo cierto es que tales demarcaciones tienen significado apenas en lo anecdótico: el sentido genuino de Ladera este no está en las fronteras más o menos arbitrarias que Paz, en tirajes diferentes, le haya impuesto al volumen, sino en la peculiar y expresiva cohesión que los poemas de los tres conjuntos pactaron entre sí en dos ediciones cruciales: la primera, ya se ha dicho, de 1969; la cuarta, sensiblemente corregida, de marzo de 1984.
Así las cosas, Ladera este no es un libro técnicamente uniforme, pero sí unitario y coherente. Lo que Manuel Durán llamó en alguna ocasión "el carácter desorbitado e inclusivo de la vivencia oriental" aparece con absoluta claridad en los poemas de mayor ambición y longitud que hay en el volumen: "El balcón", "Vrindaban", "Viento entero", "Cuento de dos jardines" y, por supuesto, "Blanco", todos ellos ágiles y, por así decirlo, curvilíneos, rotatorios, incluso agitados. Yo, sin embargo, he preferido siempre los epigramas de un par de series alternadas, "Himachal Pradesh" e "Intermitencias del Oeste", y algunas breves maravillas en forma de miniatura japonesa o revelación taoísta contenidas en "El día en Udaipur" o "Maithuna". Ello me ha condicionado --ahora lo percibo-- a leer los poemas extensos como si, en el fondo, fueran encadenamientos de piezas breves. Hoy puedo afirmar que la programación más o menos ingenieril de "Blanco" no me sorprende ni me conmueve. Ciertos pasajes, anotaciones veloces y descripciones al vuelo en esos mismos poemas de varias páginas me resultan, en cambio, inestimables, como este retrato de un grupo de mendigos en "Vrindaban":
Pórtico de columnas carcomidas estatuas esculpidas por la peste la doble fila de mendigos y el hedor rey en su trono rodeado como si fuesen concubinas por un vaivén de aromas puros casi corpóreos ondulantes del sándalo al jazmín y sus fantasmas
Mucho se dijo hace años, por mezquindad o por haraganería, que lo mejor de Paz había que buscarlo sólo en sus libros de poemas (o sólo en sus traducciones, o sólo en su crítica de pintura, o sólo en sus polémicas de articulista político: el aspecto a privilegiar variaba según el sabio en turno que intentaba orientar la perspectiva). El ciclo hindú es la mejor prueba de que a Paz, antes bien, hay que leerlo en diagonal, incluso en zigzag: de los poemas a los ensayos críticos y de la prosa de combate a las divagaciones más o menos autobiográficas e introspectivas. Libro diurno, germinación del "grano incandescente" sembrado, años atrás, en "Mutra", Ladera este de algún modo es el eje felizmente inestable ("Ando perdido en mi propio centro") de dicho ciclo.
--LUIS VICENTE DE AGUINAGA
El cuerpo tachado
Conjunciones y disyunciones
México, Joaquín Mortiz, 1969, 147 pp.
[ILUSTRACIÓN OMITIR]
El cuerpo es uno de los temas cardinales en la obra de Octavio Paz. En sus poemas, de gran vivacidad sensorial y en los que el cuerpo femenino aparece como símbolo del universo, lo mismo que en sus ensayos, en los que suele ser el punto de partida de una reflexión sobre el erotismo, Paz regresa al cuerpo como presencia pero también como problema. Además de que en su escritura siempre se preocupó porque las palabras cobraran cuerpo, se encarnaran en imágenes y no fueran una mera sucesión de ideas y abstracciones, una y otra vez se interesó por la relación inestable y con frecuencia enfermiza que, como sociedad, establecemos con la figura humana y sus apetitos: el arte y la sublimación del deseo; el Marqués de Sade y su enrevesado ascetismo libertino.
La historia del cuerpo es en buena medida la historia de sus condenaciones. El cuerpo es lo más próximo e íntimo --lo inmediato-- y sin embargo también suele ser lo más distante: ya sea por su sensualidad, o porque nos emparienta con los animales, o por su corrupción futura, la moral y las religiones del mundo han pretendido su dominación y confinamiento, muchas veces a través de una degradación ontológica. El cuerpo es, para Paz, una suerte de pararrayos en el que confluyen todas las tensiones de la vida en sociedad; el eslabón más visible, y en ocasiones más frágil, de una cadena de negaciones y pequeñas conquistas en la que se revela el perfil y la temperatura de una cultura.
Concebido originalmente como prólogo a la Nueva picardía mexicana de Armando Jiménez, el ensayo de Paz pronto se aparta de ese propósito y, de ser una meditación sobre el lenguaje, sobre la osadía de la picaresca y los albures, cobra la forma de un estudio comparativo entre civilizaciones, centrado en las grandes religiones de Oriente y Occidente. El libro debe menos a las investigaciones de Toynbee y Spengler que a la sociología de Max Weber, y menos a ésta que a la afición de Paz por el arte religioso, tanto de Europa como de China y la India (donde por cierto comenzó a escribirlo, poco antes de volver a México, cuando ya las diferencias culturales que presenció habían sido rumiadas largamente y sometidas a escrutinio). Paz no acomete una historia general de las civilizaciones; se limita a contrastar las distintas formas de asociación del cuerpo con todo aquello que cabe denominar como no cuerpo --el espíritu, la cultura, el arte. Por un lado, el diálogo torpe y represivo de las religiones occidentales, caracterizado por la aversión y la censura (disyunciones); por el otro, la búsqueda de armonía de las religiones orientales y su afán de reintegración y exaltación de lo corpóreo (conjunciones).
El resultado es un mosaico bien documentado y sugerente de las modalidades de concebir y, en primer lugar, vivir las grandezas y miserias del cuerpo; un ensayo agudo y revelador pero debilitado quizá por la escasa dilucidación de la polaridad central entre los signos de cuerpo y no cuerpo. Si bien Paz no pretende desarrollar un argumento filosófico, todo su andamiaje conceptual se apoya en una de las dicotomías másañejas y tambaleantes de la filosofía occidental: el dualismo del cuerpo y la mente. Un texto dedicado a la representación del cuerpo no debería dar por sentada la existencia del cuerpo más allá de sus representaciones, ni asumir que constituye la "realidad más real", la piedra de toque alrededor de la cual se construyen toda suerte de idealizaciones y tachaduras. El mismo dualismo podría ser, a fin de cuentas, el origen de todas las disyunciones que marcan la historia de Occidente y, en lugar de una herramienta útil para fines expositivos, ser parte indisoluble del problema, la disyunción mayúscula.
Pero tal vez la mayor deficiencia del libro tenga que ver con una vacilación sobre sus alcances: Paz no se decide entre la presentación de un elenco de síntomas y la elaboración de un diagnóstico --o, más arriesgado aún, de un pronóstico. Puesto que el ensayo cobra impulso a partir de la comparación continua, su combustible crítico está desperdigado a lo largo del trayecto y se diría que nunca acaba de arder, que nunca acaba de consumarse. Pese a que aquí y allá Paz parece inclinarse por las vertientes orientales que, como en el caso del budismo, niegan la realidad del cuerpo pero al menos lo entronizan en su forma más plena --el erotismo--, su ensayo se antoja por momentos más una búsqueda de esclarecimiento, una suerte de abigarrado cuadro comparativo, que un original ejercicio de crítica. Aunque muestra convincentemente cómo las obras eróticas occidentales han asumido en general la forma de la tortura y el orgasmo (las nupcias de la muerte y el placer), aunque se lamenta de que la imagen del cuerpo en Occidente haya quedado en manos de modistos y publicistas (una imagen anoréxica en la que se manifiesta el ascetismo, la privación y el ayuno...
|