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Article Excerpt [ILUSTRACIÓN OMITIR]
Interpretaciones tradicionales de la obra maestra de Vicente García de la Huerta, Raquel, sugieren que ésta es una transposición alegórica de un acontecimiento histórico. Así, el motín de Esquilache (1766) ha sido considerado como fuente principal e inspiración de la tragedia. Sin embargo, siguiendo a René Girard, este artículo argumenta que debería compaginarse con una interpretación basada en la diferencia entre los mecanismos históricos y los míticos que crean chivos expiatorios. En breve, Raquel reprepresenta cómo una sociedad en un estado de crisis se renueva no al enfrentarse a sus deficiencias, sino al ritualizar el sacrificio de una víctima inocente.
According to traditional interpretations of Vicente García de la Huerta's masterpiece, Raquel, the play stages an allegorical transposition of an historical event. Thus, the Esquilache Riots (1766) have been considered as the main source and inspiration of the tragedy. However, this article argues that an interpretation following René Girard's difference between mythical and historical persecutions of scapegoats should be equally considered. In short, stages how a society in a state of crisis renews itself not by addressing its deficiencies, but by ritualizing the sacrifice of an innocent victim.
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Una parte de la crítica dedicada a Raque/ de Vicente García de la Huerta ha insistido en que la obra se halla firmemente andada en los acontecimientos históricos del motín de Esquilache sucedidos en la primavera de 1767. Dicha interpretación parecería disuadir cualquier intento de lectura posterior; sin embargo, es necesario reclamar un ámbito de proyección más amplio para la obra emparentándola con estructuras más atávicas. Bajo la apariencia histórica o historicista de la tragedia, de este modo, subyacen las estrategias epistemológicas del mito que (trans)forman la muerte de Raquel en un ritual análogo al sacrifico de una víctima expiatoria. Consecuentemente, la presencia de una profunda crisis de repercusiones cósmicas y el uso de la violencia colectiva como solución a los problemas de esta sociedad inciden en que Raquel consigue dramatizar tensiones mucho más abstractas y primitivas de las que en apariencia representa.
Evidentemente, aquí no se aboga por una interpretación de la tragedia de García de la Huerta en un completo vacío histórico ajeno a la Ilustración y al Neoclasicismol, pero sí es nuestra opinión que un énfasis excesivo en la correlación con la Historia ha lastrado el texto, hurtándole enriquecedoras y significativas posibilidades de lectura, obviando o eliminando sus muchas contradicciones y, en cierta forma, domando un texto que semánticamente es mucho más indómito de lo que podría aparentar. Ésta es la distancia que media entre una obra de tesis y una obra polifónica que explora problemáticas más universales y duraderas. De cualquier modo, aquí no se pretende socavar los argumentos historicistas de la hermenéutica y lectura tradicional de Raquel, sino, simplemente, ofrecer otro punto de vista en ocasiones opuesto y en ocasiones complementario al canónico. Por eso, el punto de partida, dejando aparte las escurridizas cuestiones relativas a la intención autorial, es reclamar que Vicente García de la Huerta, pese a una vida rodeada de confrontación y de polémicas tanto en el ámbito literario y artístico (2), como en el social y político, nos legó un texto multifacético y polivalente que está bien lejos de presentar un programa unívoco de actuación ideológica, sobre todo si se limita su significado a la dualidad absolutismo versus antiabsolutismo.
De hecho, tomando prestadas las palabras de Andrés Zamora, en la obra existe toda una "galaxia de ambigüedades" (274) que deben ser evitadas o ignoradas para llegar a una interpretación monolítica del germen, desarrollo y producto final que la conforman. Además de considerar sus indeterminaciones textuales, se deben examinar algunas de las principales líneas de tensión básicas que sintetizan la base de los conflictos explorados en la tragedia y que giran tácitamente alrededor de ciertos conceptos clave marcados por René Girard en The Scapegoal: "crisis, crime, criteria, critique, all share a common root in the Greek verb krino, which means not only to judge, distinguish, differentiate, but also to accuse and condemn a victim" (22). No creemos que sea una casualidad que dicha familia léxica adquiera tanta importancia implícita en la obra de Huerta porque, alrededor de ella puede construirse una lectura que ayuda a poner en una perspectiva crítica tanto los criterios míticos utilizados para interpretar la crisis, como el crimen que se da como respuesta para atajarla.
Crítica
Como ya queda dicho, en su imprescindible e iluminadora obra sobre la cultura dramática dieciochesca, Teatro y sociedad en el Madrid del siglo XVIII (3), René Andioc había trazado en 1976 su tesis de composición y lectura de Raquel resumida de la siguiente manera: "es de creer, pues, que don Vicente empezaría a idear su obra a raíz de los acontecimientos de 1766" (259). Asimismo, y a pesar de que también advertía que "[n]o pretendemos ... convertir a la Raquel en una simple trasposición escénica del motín", recalcaba que "su verdadero sentido queda puesto en evidencia si se la reinserta en las circunstancias que rodearon su nacimiento" (260) (4). Ese mismo año de 1976, Philip Deacon venía a corroborar la tesis y el sentido establecido por Andioc: "Raquel se escribió con motivo de los motines de 1766" (385). Esta interpretación formulada por ambos estudiosos y apoyada por un extraordinario ejercicio de erudición y de investigación hizo que siete años después de la traducción del trabajo de Andioc al español, en 1983, José Miguel Caso ya afirmara que "[els difícil sustraerse al atractivo de esta tesis" ("Ramón" 254), aunque al mismo tiempo abogaba por "darle la vuelta" para devolverle a Huerta su agencia autorial. En su misma línea, desde las páginas de Diedocho, Donald Shaw recelaba en 1986 de esta limitación historicista en los estudios de la tragedia con las siguientes palabras: "A feature of the criticism of García de Huerta's Raquel is that while much has been written about its sources and meaning, its place in Spain's eighteenth century dramatic canon and its possible relationship to contemporary events, no really adequate attempt has been made to discuss it as a dramatic artefact" (249). Todavía en 1988, Caso volvía sobre el tema, y, tras examinar varias de las copias de la tragedia contemporáneas a Huerta, llegaba a la siguiente solución de compromiso: "el motín de 1766 ... es el causante de las matizaciones que va haciendo Huerta en su texto pero el motivo inicial que tuvo para escribir la Raquel fue precisamente el reformismo que ... quisieron imponer don Leopoldo de Gregorio y Carlos III" ("Acercamiento" 391). O sea que, en definitiva, para liberar a Raquel del motín, se volvía a caer en las redes de la inspiración e interpretación historicista y, de esta forma, dicha lectura fue asumida por la crítica posterior, tal y como lo demuestran los trabajos de Ruggeri (121), Schurlknight ("El universo" 43), Hafter (120), Ríos Carratalá (Vicente García 71-110, "Nuevos datos" 414), Kaplan (109) y Zamora (261) publicados entre 1977 y 2001.
Las siguientes páginas sugieren que García de la Huerta ha traducido al lenguaje dramático los mecanismos que crean un pharmakos (5) o, en otras palabras, una víctima expiatoria que, en una sociedad en crisis, es sacrificada para redimir unos vínculos que aparentemente se encuentran en un estado crítico. Al exponer estos mecanismos de un modo tan evidente, no puede descartarse una lectura más plurivalente de la tragedia basada, en este caso, en las teorías de René Girard sobre las circunstancias que engendran persecuciones colectivas y chivos expiatorios (6). De esta manera, los problemas principales del cosmos de la obra surgen de dicha percepción de crisis que atenaza tanto a los personajes, como a su sociedad, confusión que les conducirá a la búsqueda de alguien a quien acusar del desorden, saturando a este individuo de significación y preparando el único fin posible en una cosmovisión mítica: el crimen enmascarado tras una fachada ritual que tiñe de necesidad aquello que es estrictamente hablando contingencia. Raquel, consiguientemente, evidencia un proceso viciado a priori que expone y denuncia la regeneración de una sociedad a través de métodos violentos anclados en el comportamiento del ser humano. Paradójicamente, nada podría hallarse más lejos, y a la vez más cerca, de las intenciones de los amotinados de 1767. Sin ánimo de polémica, pues, con esta lectura se quiere devolver al texto parte de su riqueza simbólica y de su vitalidad representativa para dejarle hablar en otras facetas, incluyendo sus silencios y sus contradicciones.
Crisis
Tal y como Girard ha expresado, si hay algo que comparten tanto las crisis sociales como las míticas, es una respuesta similar a una situación crítica engendrada por una disolución de aquellas estructuras que establecen separaciones y diferencias en el seno de la comunidad: "Myth involves a lack of differentiation. The great social crises that engender collective persecutions are experienced as a lack of differentiation" (30). En Raquel es sintomáñco encontrar varias manifestaciones de una escasez de (in)diferencia a varios niveles que, mediante un constante proceso de acumulación y depuración y partiendo de datos en principio históricos, poco a poco adquieren tonos apocalípticos para los agonistas y se transforman en acontecimientos de sentido mítico. Esta crisis será el ambiente que propiciará la insurrección y la persecución colectiva contra Raquel en un momento cargado de significado simbólico.
Ya desde el diálogo entre Manrique y García que abre la Jornada primera se perfila la descripción de la crisis. Para el primero, las dos efemérides históricas que engrandecen el reinado de Alfonso son motivo de celebración ya que en este día "se cumplen diez años" (1.5) del regreso de la cruzada alfonsí en Tierra Santa y "también hace siete" (1.17) años de la batalla de las Navas de Tolosa (7). El duplicado aniversario es, para el segundo personaje, sin embargo, objeto de reflexión melancólica, puesto que en dl se manifiesta un irónico contrapunto respecto al presente desnaturalizado que viven bajo el dominio de Alfonso, el que ha sido aparentemente cedido a su amante, Raquel (8). Los dos aniversarios que se han superpuesto y se cumplen en este día --el de los diez y el de los siete años, respectivamente-- son manifestaciones iniciales de la excepcionalidad crítica del momento que cumplen dos objetivos: uno, estructural y, el otro, temático. Estructuralmente, ya Martínez de la Rosa describía la filiación neoclásica de dicha elección al tratar de la obra de García de la Huerta: "La exposición de su tragedia es grandiosa y magnífica, confirmándose en ella una observación de Corneille, que recomienda a los autores trágicos elegir algún día solemne o alguna grave circunstancia, para enlazarla con la acción, y aumentar por este medio su importancia y grandeza" (257). Temáticamente, además de aportar grandeza, gravedad e importancia a los hechos de la tragedia, estas celebraciones sugieren un umbral excepcional. En este limen formado por el exceso de trascendencia, el tiempo se acrisola al margen tanto de la historia como de la cronología, y, poco a poco, se va haciendo cada vez más denso: es el tiempo abstracto del ritual y del sacrificio en el que la existencia humana concreta se funde y se diluye sujeta a ritmos cósmicos que se ve incapaz de controlar. Es, en definitiva, un tiempo urgente y crítico extraordinariamente cercano al mito que tendrá como una de sus consecuencias la fundación de un nuevo principio para todos los que lo viven.
Esta espesura temporal y espacial característica del respeto a las tres unidades, contribuye, paradójicamente, a diluir las fronteras de la realidad, las que, al clausurarse, crean un universo en crisis a la vez inestable y permeable (9). De ahí que los personajes vean su mundo disolverse y se hundan en reflexiones similares a las del calderoniano Segismundo. Por ejemplo, tras presenciar las "mudanzas" (1.303) del rey, Raquel exclama "¿Estoy despierta, o sueño por ventura?" (1.311) y, como respuesta, Rubén observa: "No sé, Raquel; la misma duda agita / mi discurso y razón, imaginando / que es cuanto he visto sueño o fantasía" (1.312-14). Extraordinariamente significativo es también el hecho de que la sensación onírica no solamente se refiera al presente, sino, según García, a los siete años vividos con Raquel al lado del monarca. Así, el Rico Hombre, sugiriendo también una influencia sobrenatural, le dice a Alfonso: "Recuerda pues de tan pesado sueño, / y sacudiendo ese infeliz letargo, oye de tus Vasallos los clamores, / si algún sentido perdonó el encanto" (1. 54346). El mismo Alfonso, tras conmutar el decretado destierro de Raquel y los suyos, le pide a su amada "tenlo por sueño, tenlo por delirio" (2.570), cuando la diferencia entre una y otra opción es la expulsión y, finalmente, la vida o la muerte. Igualmente, los nobles castellanos, al ver a Raquel encumbrada al estatus de reina y tras haber oído que ella iba a ser desterrada, exclaman alternativamente usando el mismo tipo de imágenes irreales: "ALVAR FÁÑEZ ¿Es ilusión?" y "GARCÍA ¿Es sueño?" (2.717). Todas estas referencias inciden en que los personajes viven unas circunstancias que parecen estar más allá de su control, en un incesante flujo...
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