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Article Excerpt [ILUSTRACIÓN OMITIR]
Las manos de Julio Contreras parecen las manos de un gigante. Se moldearon con el barro de la ciénaga de Unguía, se hicieron ásperas entre los montes de San Onofre, se quemaron bajo el sol de Cartagena, y la sombra del destierro las volvió invencibles. Pero la inmensa sonrisa blanca que atraviesa su rostro de lado a lado es la sonrisa de un niño emocionado cuando habla de ALIPROCAR --Alimentos Procesados de Cartagena-- la cooperativa de trabajo que creó hace cuatro años, y que hoy dirige junto con los otros socios de la empresa.
Esas manos de gigante feliz, las mismas que embutieron, cortaron y vendieron las famosas butifarras --embutidos de carne con cebolla muy apreciados-- por más de tres años en las calurosas calles de la zona sudoriental de Cartagena, son las que hoy muestran con orgullo un inmenso horno industrial que Contreras espera poner en funcionamiento dentro de poco para acelerar el proceso de cocción de las más de 3.000 butifarras que cada día se producen en la planta. Sin embargo, no es precisamente eso lo más importante que ronda por su cabeza. >, dice Contreras dándole palmaditas a una de las paredes de acero inoxidable del homo.
Julio Contreras tenía 27 años cuando salió de su pueblo, víctima del desplazamiento forzado. Hoy tiene 35 y ha logrado convertirse en el director ejecutivo de ALIPROCAR, exitoso proyecto microempresarial financiado con recursos del gobierno de los Estados Unidos a través de su Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID) e implementado por la Fundación Panamericana para el Desarrollo (FUPAD) en Colombia. Como reconocimiento a los logros alcanzados, ALIPROCAR obtuvo el segundo lugar del >, auspiciado, entre otras organizaciones, por USAID.
Unguía es un pueblo de menos de 20.000 habitantes afrocolombianos, ubicado en la región noroccidental del departamento del Chocó, a orillas de una ciénaga en la que los pescadores se aventuran en canoas de remo a buscar el sustento. Cuando Contreras vivía allí no mataban a nadie, >, relata, acordándose de su pueblo. La gente se dedicaba a la agricultura, al comercio o a la pesca. El mismo Contreras cultivaba la tierra en la finca de su familia. >. Hasta que en 1999 se acabó la tranquilidad.
Contreras se queda callado y entrecierra los ojos. No se esfuerza para recordar, sino para que ese recuerdo no vuelva a vencerlo. >, exclama recordando aquel día de 1999 cuando la guerrilla entró por primera vez al pueblo y destruyÓ la avioneta que traía el pago para los pocos policías del municipio. Dos días después entraron los paramilitares. De allí en adelante nada fue igual. El miedo flotaba por las calles de Unguía como un hálito vaporoso expulsado por las aguas turbias de la ciénaga. La gente se marchaba. >, dice Contreras. >. Biliardo Contreras, el hermano mayor de Julio, fue uno de los que...
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