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Article Excerpt Hace poco se reunieron en el Zócalo de la capital veinte mil ajedrecistas. Si convocáramos a una reunión semejante de lectores de poesía acaso lograríamos juntar apenas mil. En cambio, un llamado a todas las personas que la escriben en México tal vez duplicaría o triplicaría la cantidad de quienes practican el ajedrez.
Es sólo una entre las muchas paradojas de la poesía. Nadie puede explicarnos cómo se sostiene una actividad en que la oferta sobrepasa por cien o por mil la demanda, ni cómo es posible una separación de esta naturaleza entre lectura y escritura.
Sin embargo la poesía florece en México de un modo que nadie se imagina. No hay estado, no existe ciudad en que no funcionen talleres de poesía, revistas y sobre todo libros, a menudo de gran calidad, que rara vez o nunca salen de su lugar de origen.
II
Celebro todas las formas electrónicas, escénicas o gráficas en que se difunde, pero aquí hablo de la poesía como de un arte íntimo, algo que se escribe en la soledad y se lee en el silencio para lograr así la comunicación más honda que pueda establecerse entre dos seres humanos. Leo, es decir, le doy a dos versos de Job mi voz interior, la que nadie podrá escuchar nunca,
Pues nosotros somos de ayer y nada sabemos y nuestros días en la Tierra son como sombra.
En ese instante todo se actualiza y se vuelve real. El texto está hablando sólo para mí. No pienso que esas palabras me llegan desde el fondo de los milenios y mediante muchas traducciones de traducciones que desembocaron hacia 1600 en la versión de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera. Otra gran paradoja de la poesía es ser, como dijo George Orwell, un arte de familia que sólo pueden disfrutar y entender a cabalidad los hablantes nativos de una lengua, los únicos capaces de apreciar cada matiz de sonido y sentido. La tercera paradoja es constituir una expresión transnacional e interlingüística, diríamos hoy, en que la mayoría de nuestras lecturas son traducciones de otros idiomas, otras culturas, otras épocas a menudo muy remotas.
III
Hace cincuenta años, por los días finales de 1957, apareció Piedra de sol, el gran poema de Octavio Paz. Se preguntaba:
¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?, ¿cuándo somos de veras lo que somos?, [...] nunca la vida es nuestra, es de los otros, la vida no es de nadie, todos somos la vida --pan de sol para los otros, los otros todos que nosotros somos [...]
Allí alcanzaba su punto más alto algo iniciado en el convento de Tlatelolco, durante...
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