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Article Excerpt ¿De dónde venimos? Tarde o temprano, según su grado de precocidad, todo niño dirige esta pregunta a sus padres. Y éstos, a su vez, según su grado de educación y prejuicio, la encuentran engorrosa, exasperante o incómoda, porque obliga a confrontar esa fuerza avasalladora e inquietante que es el deseo sexual. La pulsión sexual trastorna y desasosiega: de ahí su ancestral interdicción. Por eso pensó Bataille que hay en nosotros "una prohibición universal que se opone a la libertad animal de la vida sexual". Sin embargo, es inevitable abordar el tema para explicar nuestro origen.
Históricamente, la procreación humana fue un enigma hasta épocas relativamente recientes. En la antigüedad, Aristóteles pensó lo siguiente. Sólo el padre tiene el poder de engendrar: el semen, líquido precioso que es como el sutil destilado y última decocción de los humores corporales, contiene la fuerza generativa. La madre aporta únicamente la sangre que se acumula en el útero, la cual, de no haber concepción, se elimina como menstruación. Por sí sola, sin el hombre, la mujer sólo es capaz de formar masas carnosas informes, como las molas y otras monstruosas aberraciones que son cuales crueles caricaturas de la preñez. El padre, en cambio, proporciona el plano y la fuerza directriz para la construcción de un embrión normal; pues el semen, actuando a modo de levadura o fermento sobre la sangre femenina, le confiere "forma". Y nótese que, en la terminología aristotélica, "forma" es más que la simple configuración externa: es el principio activo y organizador. La madre, entonces, cede el material de construcción y nutre al feto, pero el padre es el verdadero arquitecto y hacedor del nuevo ser.
Galeno, en el siglo n de nuestra era, propone otra hipótesis. La mujer emite una secreción, tal como el hombre. Recuérdese que durante siglos los ovarios fueron considerados como los "testículos de la mujer". El embrión se forma de la mezcla de las secreciones masculina y femenina, puesto que tiene características de ambos progenitores. Ahora bien, la eyaculación en el hombre se acompaña de intenso placer, y, según Galeno, lo mismo acaece en la mujer. Sólo que aquí surge un problema moral. Los teólogos del cristianismo afirmaron que el fin de la sexualidad no es el placer venéreo, sino la perpetuación de la especie. Pero, de acuerdo con Galeno, no habría procreación si la mujer no experimentara placer, el cual es concomitante a la eyaculación. De donde se infiere que todo acto sexual sin orgasmo femenino sería incapaz de engendrar, y lógicamente debía ser condenado por los moralistas cristianos.
Es evidente que el placer femenino existe, aunque no todas las mujeres fértiles lo hayan experimentado. Éste es un hecho que no pudo ser ignorado por los hombres del pasado; aun en las épocas de mayor represión y ascetismo religioso, los confesores lo sabían plenamente. Por tanto, ese fenómeno fisiológico debía tener un significado: nada en la obra de Dios es baladí o anodino. Si no para engendrar --pues obviamente la concepción es posible sin que la mujer experimente placer--, entonces para beneficio del producto. Así es como se pensó que los fetos concebidos al calor de apasionadas efusiones amorosas eran mejores, más fuertes y saludables que aquellos engendrados en la frialdad o indiferencia.
He aquí los cuernos del dilema medieval:...
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