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Article Excerpt [ILUSTRACIÓN OMITIR]
¿Quieres entender la experiencia histórica de las dos Américas? Lee Benito Cereno de Melville." Al conjuro de estas palabras de mi amigo y maestro Richard M. Morse, he vuelto a leer aquella novela publicada en 1855. La trama es conocida. Hacia el año de 1799, frente a las costas de Chile, dos barcos, extraños entre sí, se avizoran. Uno es el Bachelor's Delight, comandado por el honesto, hábil, generoso y circunspecto capitán estadounidense Amasa Delano. El otro --anticuado, enmohecido, maltrecho, ruinoso, espectral-- es el San Dominick. Su capitán es el taciturno español Benito Cereno. Antes de narrar los extraños sucesos que ocurrieron a bordo del barco hispano, Melville se detiene en su descripción:
La quilla parecía desarmada, las cuadernas rejuntadas, y la propia nave botada desde el "Valle de los Huesos Secos" de Ezequiel [...] El barco parecía irreal [...] como un fantasmagórico retablo viviente apenas emergido de las profundidades, que muy pronto lo reclamarán de nuevo.
El capitán estadounidense visita el barco y lo escudriña, primero con una mezcla de discreción y distancia, luego con creciente sorpresa y angustia. Mientras lo hace, descubre un esqueleto humano como emblema en la proa, y observa que el capitán Benito Cereno está "vestido con singular riqueza, pero mostrando claras secuelas de una reciente falta de sueño a causa de inquietudes y sobresaltos". Lo más notable, sin embargo, era su actitud: "se paseaba lentamente, parando a veces de súbito, volviendo a caminar, con la mirada fija, mordiéndose el labio [...], ruborizándose, empalideciendo, pellizcándose la barba, y con otros síntomas de una mente ausente o abatida".
Hacía ciento noventa días que el San Dominick --según informó el español al americano-- había naufragado frente al Cabo de Hornos con cuantiosas pérdidas humanas y materiales. Una parte de los esclavos que debía transportar de Buenos Aires a Lima había sucumbido junto con miembros de la tripulación blanca, entre ellos el dueño del barco, su entrañable amigo don Alejandro Aranda. El reticente español se hacía acompañar de un personaje que lo atendía con piedad, consideración y perruna fidelidad. Era Babo, un esclavo que hacía las veces de ayudante, báculo, confidente, intérprete, barbero y amigo. Mientras escuchaba sus cuitas, y atisbaba la patética miseria del barco, Delano imputaba el desastre "tanto a una impericia marinera como a una defectuosa navegación. Observando las menudas y pálidas manos de don Benito, cayó en la cuenta de que el joven capitán no había llegado a comandante a través del agujero del ancla sino de la ventana del camarote [...], ¿cómo extrañarse entonces de su incompetencia, siendo joven, enfermo y aristócrata? Ésa era su democrática conclusión".
La novela es la puesta en escena de una puesta en escena. Pero el lector, como Delano, no lo sabe. Para prestar auxilio, el americano inquiere gentilmente sobre los pormenores de la historia. Una pregunta lleva a otra. Observa con curiosidad y candor a los inquietos esclavos, intenta sin lograrlo conversar con los escasos marineros, intuye movimientos extraños, sombras sutiles, atmósferas ominosas. De pronto, como un rayo lo asalta el temor de una conspiración en su contra, pero la sospecha se disuelve:
Una vez más sonrió ante los fantasmas que le habían hecho víctima de sus burlas...
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