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Article Excerpt El ciego vivía solo en una habitación independiente encima de una bodega, en una calle no muy lejos de la casa de Maico. Se ubicaba subiendo una pequeña cuesta, como todo en aquel barrio. No había nada en las paredes de la habitación del ciego, ni un lugar donde sentarse, de manera que Maico se quedó de pie. Tenía diez años. Había una cama de una plaza, una mesita de noche con una radio envuelta con cinta adhesiva y una bacinica. El ciego tenía el cabello entrecano y era mucho mayor que el padre de Maico. El niño bajó la mirada y formó con los pies un pequeño montículo de polvo en el suelo de cemento, mientras su padre y el ciego hablaban. El niño no los escuchaba, pero nadie esperaba tampoco que lo hiciera. No se sorprendió cuando una diminuta araña negra emergió del insignificante montículo que había formado. La araña se alejó rápidamente por el piso y desapareció bajo la cama. Maico levantó la mirada. Una telaraña brillaba en una esquina del techo. Era la única decoración del cuarto.
Su padre extendió un brazo y le dio un apretón de manos al ciego. "Estamos de acuerdo, entonces", dijo. El ciego asintió con la cabeza, y eso fue todo.
Una semana más tarde, Maico y el ciego se encontraban en la ciudad, en el ruidoso cruce de las avenidas República y Grau. Se habían levantado temprano en una mañana invernal de cielo gris y encapotado, y se habían dirigido al centro, hasta este lugar de tráfico bullicioso y berreante, a la sombra de un gran hotel. El ciego llevaba un bastón de empuñadura roja y conocía bien el camino, pero una vez que llegaron plegó el bastón y lo dejó sobre la franja de césped que dividía las pistas. Sus pasos se hicieron vacilantes, y Maico se dio cuenta de que había empezado a actuar. La sonrisa del ciego se esfumó, y relajó la mandíbula.
Todo lo que había por saber, Maico lo aprendió en esa primera hora. Las luces del semáforo estaban cronometradas: tres minutos de trabajo, seguidos por tres minutos de espera. Cuando el tráfico se detenía, el ciego colocaba una mano sobre el hombro del niño, sostenía su lata en la otra, y juntos recorrían la fila de automóviles. Maico lo guiaba hacia los que tenían las ventanillas abiertas y, a medida que se acercaban, el ciego mascullaba unas palabras en tono desvalido. El único trabajo de Maico era conducido hacia quienes tenían más probabilidades de darles algo, y asegurarse de que no perdiera su tiempo con aquellos que no iban a hacerlo. Según el ciego, las mujeres que iban solas al volante eran generosas por precaución, con ello esperaban evitar ser asaltadas. Tenían monedas sueltas en sus ceniceros para estos casos. También podían contar con los conductores de taxi, porque eran gente trabajadora; y los hombres que iban acompañados por mujeres siempre buscaban impresionar y tal vez les darían algunas monedas para mostrar su lado sensible. Hombres que iban solos al volante rara vez daban algo, y no había que perder ni un instante junto a los automóviles de ventanas polarizadas. "Si saben que uno no puede verlos, no sienten vergüenza", dijo el ciego.
--Pero ellos saben que usted no puede verlos --dijo Maico.
--Y por eso estás tú aquí.
La madre de Maico no quería que él trabajara en la ciudad, y así lo había dicho la noche anterior, pero su padre vociferó y dio un puñetazo en la mesa. Estos gestos, sin embargo, eran innecesarios; lo cierto era que a Maico no le molestaba el trabajo. Hasta le gustaba su ritmo, en especial aquellos momentos en los que no había nada que hacer, salvo ver el tráfico infinito, empaparse de su monótono estruendo. "Grau es la avenida que la gente toma para dirigirse a los distritos del norte", le explicó el ciego. Tenía la ciudad claramente delimitada en su cabeza. Se podía hacer dinero en el norte: era una zona donde las personas buscaban una vida mejor. No como los ricos del sur, que se habían olvidado...
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