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Article Excerpt Juan García Ponce es uno de los grandes narradores mexicanos del siglo xx, con títulos tan emblemáticos como La noche, El gato o Tajimara. Como todos sabemos, fue un rebelde y un transgresor, pero su vida también representa el triunfo de la vocación ante la fatalidad, o, como afirma Alfonso D'Aquino en este perfil: habitó como nadie su fatalidad, creando la condición suprema del artista, que sabe desaparecer para que su voz resuene mejor.
Anadie mínimamente familiarizado con la obra o la persona de Juan García Ponce podría resultarle extraña su muerte, acaecida hace unas semanas. Si de algún escritor mexicano puede decirse que literalmente vivió entre la vida y la muerte durante décadas es, sin duda, de él. Desde mediados de los años sesenta, cuando le fue diagnosticada la grave enfermedad con la que durante todo ese tiempo aprendió a convivir, su vida y su obra pendieron de un hilo: el hilo cada vez más débil, pero también más profundo, de su voz. Con una fuerza de voluntad auténticamente nietzscheana, en la que la lucidez y la soberbia alcanzaban en todo momento el punto más elevado, García Ponce hizo de su vida, más allá de las limitaciones físicas, pero también gracias a ellas, una entrañable obra de arte. Como diría Thomas Mann, hay un "sentido de la enfermedad que se podría hacer derivar de Nietzsche ... el sentido de la enfermedad como medio de conocimiento". Por su parte, García Ponce, en su imprescindible libro sobre Mann, cita aquella reveladora frase de Tonio Kröger que dice que "la literatura es la muerte y para escribir hay que estar como muerto". Y más adelante, al hablar de Adrian Leverkhün, afirma que ese emblemático personaje "acepta convertirse en espíritu puro, toma para sí la frialdad de la nada que reconoce, para poder insuflarle a su arte la fuerza de la vida como una inversión del puro valor de ésta, en el sentido de que él tendrá el derecho de usarla, dado que ha aceptado negarla ..." Y afirma: "El sentido de esta inversión es claro. La fuerza de la vida estará en el arte, pero éste no alimentará a aquélla, sino que hará triunfar a su propio valor, al espíritu, tal como Adrian lo reconoce en su fondo último, convirtiendo la vida en muerte." O, como dice en el ensayo "Thomas Mann y lo prohibido": "Ante la descarnada negación que representa la muerte, sólo...
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