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Mariposas clavadas con alfileres: una crónica suicida.

Publication: Letras Libres
Publication Date: 01-NOV-07
Format: Online
Delivery: Immediate Online Access

Article Excerpt
Uno se acostumbra a cualquier cosa. Yo me estoy acostumbrando a que mis amigos se suiciden.

Primero fue el Gordo Reboiras, con su cara redonda de bebé de sesenta kilos. El Gordo era mi compañero de no jugar al futbol en el colegio. Nos pasábamos los recreos sentados junto a las canchas viendo jugar a todos los demás. A veces nos agachábamos para esquivar los pelotazos que se escapaban del partido. El Gordo siempre llevaba la peor parte, porque era un blanco más amplio. Nunca hablamos mucho.

Una vez, al salir de clases, el Gordo me invitó a su casa para ver su colección de mariposas. Eran mariposas muertas, clavadas con alfileres a una tela negra en una caja de madera y cristal. Tenía muchas, desde enormes polillas hasta pequeñas tropicales azules. Su padre coleccionaba animales más grandes, porque era cazador. En el salón de la casa había cabezas de osos, alces y hasta un tigre, pero el tigre lo había comprado, según confesó el Gordo. Tenía armas largas en un escaparate. Fusiles y esas cosas.

Esa tarde jugamos Pac-Man y comimos galletas con leche. Luego me dejó mirar a su hermana tomando el sol en la piscina. Me dijo que su hermana estaba muy buena y que me dejaría verla gratis. Era buena gente, el Gordo. Quise decirle que la había pasado bien en su casa, pero nunca llegamos a hablar mucho.

Un viernes le llevé al colegio una historieta de los Masters of the Universe para que viese cómo se parecía a Ran-man. Eran igualitos. Pero el Gordo no asistió a clases ese día.

El lunes siguiente, después de cantar el himno del colegio y el del Perú, un cura anunció ante todo el colegio que el Gordo había fallecido accidentalmente. Nos pidió que rezáramos, pero yo no recé, porque el Gordo Reboiras se iba a ir segurito al infierno por mostrarme a su hermana.

Cuando le pregunté al cura qué había pasado, me dijo que el Gordo se había accidentado limpiando una de las armas de su papá. Cuando lo oí me pareció verosímil, pero ahora me pregunto si el señor Reboiras había puesto a su hijo de once años a limpiar los fusiles de caza. Yo creo que el Gordo se mató nomás, aunque quizá no lo había planeado. Esas cosas pasan.

Pocos años después me hice amigo de Julián. Teníamos quince años pero él había vivido como si tuviese cuarenta. Sus problemas de drogas lo obligaron a repetir segundo de secundaria. En tercero, lo expulsaron del colegio por insultar a la madre del director. Eso fue bueno para nosotros. Como ya no era alumno, podía pasar a visitamos con botellas de pisco y ron que bebíamos a escondidas en los recreos, ocultos detrás del laboratorio de biología.

Cuando llegamos a cuarto, Julián...

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