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Article Excerpt Nuestra gran libertad
Contra viento y marea --como acertadamente se titula su obra ensayística-- Vargas Llosa ha librado en sus novelas, ensayos y artículos una de las más notables batallas intelectuales de la historia latinoamericana. Sus adversarios quisieran interpretar su liberalismo como una ideología indiferente a los desheredados. La imputación es falsa por muchas razones, pero basta apuntar la más antigua. Una de las tragedias del socialismo en el siglo XX fue haber consentido su desconexión con la tradición liberal que desde el siglo XVIII representaba a la izquierda. Cuando la izquierda dejó de distinguir entre el pensamiento conservador y el liberal, cortó sus amarras con la herencia humanista y crítica, preparó el camino del pensamiento totalitario y cavó su propia tumba. A partir de su desilusión con el régimen cubano y su metrópoli soviética, Vargas Llosa volvió por cuenta propia (ayudado por la obra de Berlin y Revel) a la tradición liberal y social europea, inglesa y rusa. Nada más remoto a esa corriente que el desdén por el sufrimiento humano, pero para paliarlo entendieron la necesidad de discurrir proyectos prácticos, fragmentarios (ideas de mejoramiento, no de redención), que nunca pusieran en entredicho la libertad individual. Esa es justamente la filiación de Vargas Llosa.
Hemos librado j untos muchas batallas y, seguramente, libraremos más. Los vientos y el mar del fanatismo de la identidad (de raza, clase, credo, nación) no amainaron en el siglo XXI; por el contrario, algunos son tan fuertes como los del siglo anterior. Pero pueden enfrentarse desde la fortaleza moral que da el trabajo literario exigente, hecho con pasión y perseverancia, y el honesto servicio a la verdad. En momentos de duda y desorientación --que no faltan en estos tiempos-- pienso en el compromiso de Mario con la libertad y recobro la esperanza, esa modesta forma de la utopía.
--Enrique Krauze
La necesidad del compromiso
Cuando Mario Vargas Llosa decidió presentarse a las elecciones para la Presidencia de Perú, algunos dimos un salto de puro sobre salto (como diría mi querido Guillermo Cabrera Infante). ¡Íbamos a perder quizá, por Dios sabe cuánto tiempo, a uno de nuestros novelistas más imprescindibles, en los zarandeos de una disputa política en la que partía con la desventaja de su honradez, sin duda sería blanco de todo tipo de malentendidos y maledicencias e incluso riesgo probable para su vida! Era difícil de aceptar, incluso de entender. Recuerdo que, durante un almuerzo en un restaurante madrileño con varios conocidos, Octavio Paz me llevó a un lado para decirme muy serio: "Fernando, hay que quitárselo de la cabeza." Yo me eché a reír: "Hombre, no querrás que hagamos campaña contra su campaña ..." Preocupaciones egoístas del cariño y de la admiración: confieso que nunca pensé si la quijotesca aventura de Mario podía ser beneficiosa para su país. En mí sólo rezongaba el lector y se inquietaba el amigo.
Han pasado bastantes años y yo mismo me he visto envuelto en peripecias políticas en el País Vasco e incluso ahora últimamente en el intento de lanzar un nuevo partido en España. Por supuesto, no cabe comparación entre mi apuesta y la de Vargas Llosa, porque en el peor de los casos mi temporal retiro del mundo de las letras no va a dejar tantos huérfanos como el suyo ni corro riesgos remotamente parecidos a los que él arrostró. Sin embargo, creo hoy ser capaz de entender mejor la urgencia que le llevó a intentar aquel esfuerzo generoso y fallido. Vargas Llosa comprende la necesidad del compromiso cívico y político: no como lastre de moralejas en su obra literaria, sino como disposición a poner su integridad y preparación intelectual al servicio de aquello en lo que cree. A nadie se le puede exigir que tenga razón, pero se debe agradecimiento a quien se arriesga en pública defensa de la razón que cree tener. Porque tal es el mejor beneficio que puede hacerse a nuestros conciudadanos: mostrarles que hay opciones, alternativas y oportunidades estrictamente razonables más allá de lo que la rutina política establecida sabe ofrecer. Mario puso su voz, su nombre, su tranquilidad y cómoda reputación de gran autor al servicio de un pueblo que a su juicio le necesitaba. Se podrá discutir su oferta política, pero nunca el ejemplo que dio a otros de identificación práctica con las ideas que consideraba mejores. Desde nuestras luchas contra el terrorismo y el nacionalismo obligatorio en el País Vasco, puedo atestiguar que su disposición desinteresada a ayudar en lo que pueda va mucho más allá de las fronteras peruanas.
Una hermosa expresión del Cantar de mío Cid dice, si no recuerdo mal: "lengua sin manos, no eres de fiar". La lengua, la hermosa y rica y jocunda lengua de Mario Vargas Llosa ha sabido demostrar en cada momento oportuno que siempre pone manos a la obra y por tanto puede --pudo, podrá ...-- confiarse en ella.--
--Fernando Savater
Las dos lecturas de La ciudad y los perros
Hace casi veinte años, cuando Mario se había transformado en líder político y se perfilaba como el probable presidente de Perú, yo estaba vinculado a la Junta Editorial de The Miami Herald y El Nuevo Herald, y advertí que existía una genuina curiosidad entre los periodistas de ambos medios por conocer esta nueva faceta del famoso novelista, de manera que organicé una reunión para que lo escucharan.
La reacción de los periodistas --tribu generalmente muy escéptica y a salvo de cualquier vestigio de entusiasmo con los políticos-- resultó excelente. No se trataba de un intelectual con la cabeza llena de fantasías utópicas, sino de una persona con los pies en la tierra que sabía exactamente la enorme dimensión de los problemas que debía abordar si alcanzaba la Presidencia de su país.
Pero de aquel episodio, que tuvo también una faceta pública, recuerdo aún con más interés una anécdota que narró muy elocuentemente el ex preso político Armando Valladares cuando le tocó presentar a Mario. Valladares --famoso disidente que luego llegó a ser embajador de Estados Unidos ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU-- contó que, en la década de los sesenta, uno de los pocos libros que circulaban entre los presos era La ciudad y los perros, obra que leían con admiración literaria, pero inicialmente sin demasiado entusiasmo, persuadidos de que el autor era una persona totalmente identificada con la dictadura, aspecto que el gobierno de Castro capitalizaba machaconamente en sus campañas propagandísticas.
Todo eso --explicó Valladares-- cambió, súbitamente, a principios de los setenta, cuando estalló "el caso Padilla" y desde París varios escritores notables, capitaneados por Mario, Plinio Apuleyo Mendoza, Octavio Paz y otra media docena de intelectuales valiosos, rompieron públicamente con Castro, denunciaron la represión que padecían los cubanos y pusieron fin a la conveniente superstición de que la intelligentsia occidental respaldaba al gobierno de La Habana. A partir de que esa noticia se conoció entre los presos, La ciudad y los perros, que ya era un libro ajado por el...
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