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El sabio y sus libros: José Luis Martínez 1918-2007: ensayista, biógrafo, bibliógrafo, historiador, editor, académico, diplomático, una constelación de vocaciones culturales fue José Luis Martínez, de una curiosidad y rigor muy raros hoy. Enrique Krauze recorre la vida de este hombre de letras.

Publication: Letras Libres
Publication Date: 01-AUG-07
Format: Online
Delivery: Immediate Online Access
Full Article Title: El sabio y sus libros: José Luis Martínez 1918-2007: ensayista, biógrafo, bibliógrafo, historiador, editor, académico, diplomático, una constelación de vocaciones culturales fue José Luis Martínez, de una curiosidad y rigor muy raros hoy. Enrique Krauze recorre la vida de este hombre de letras.(Biografía)

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La despedida a José Luis Martínez en Bellas Artes fue un acto inusitado de ecumenismo cívico: congregó a representantes de todas las ramas del quehacer cultural, quizá porque a todas atendió alguna vez, José Luis, con su mano delicada y diligente. Fue también un momento fugaz de concordia luego de las ríspidas, confusas y lamentables querellas a las que la política nos arrojó en el año de 2006. Ante el féretro desfilaron sobrevivientes del viejo mundo literario de los años cuarenta y jóvenes poetas que apenas inician su aventura editorial. Fue un sentido y discreto adiós a un hombre que encarnó --no hay otro modo de decirlo-- toda una época de la cultura mexicana.

En el unánime reconocimiento a su obra de ensayista, crítico, bibliófilo, bibliógrafo, biógrafo, historiador, historiógrafo, editor, académico, promotor cultural y servidor público, ha habido también --quiero pensar-- un toque de nostalgia por los decenios en los que la cultura mexicana era el patrimonio de un número muy pequeño de personas que integraban una familia; rijosa, apasionada, insoportable como todas, pero una familia al fin. Es la casa que todavía pudimos habitar los jóvenes en los años sesenta. No había dinero en la cultura ni tampoco oportunidades de usarla como capital de becas o como trampolín político o burocrático. Artistas, escritores y humanistas construían su obra personal viviendo de lo que fuera y ejerciendo su vocación por el amor a ella. Esa ética compartida se reflejaba en el florecimiento de excelentes casas editoriales, revistas de toda índole y tendencia, suplementos culturales, cursos y conferencias, exposiciones, estaciones de música clásica, conciertos, puestas en escena, todo con el denominador común de la mayor exigencia y calidad. ¿Cuándo se extravió ese camino? Las respuestas son muchas y complejas, pero la razón fundamental es una: cuando la cultura se dejó de vivir y ejercer como la ejerció y vivió José Luis Martínez.

Una de las palabras favoritas de su vocabulario era "establecer". La aplicaba a los autores que pausadamente estudiaba: novelistas, poetas, dramaturgos, ensayistas, historiadores, cronistas. "Establecer" quería decir, en primer lugar, fijar sus coordenadas biográficas, históricas, culturales. De allí, el acto de "establecer" derivaba en una pequeña acuarela (un ensayo alusivo), un dibujo más trabajado (una semblanza, un pequeño libro, una selección breve), o en un óleo aún más ambicioso (una gran antología, una edición completísima, una biografía). Así "establecía" a sus autores José Luis Martínez. ¿Cómo establecerlo a él?

En su infancia y juventud, quizá desde su natal Atoyac, más tarde en Zapotlán y en Guadalajara, se había imaginado poeta. "Mi nieto el poeta", le decía Isabel Rodríguez, su abuela materna, que junto a su nana Lupita fueron las figuras que lo acogieron tras la pérdida temprana de Julia, su madre. Juan José Arreola, su compañero de banca y de toda la vida, recordó en sus memorias algunas fabulaciones notables de su amigo, pero ya en México --donde a fines de los treinta, y por seguir la profesión de su padre, el piadoso doctor Juan Martínez, llegó a estudiar dos penosos años de medicina-- el joven José Luis se sometió a una primera cirugía vocacional. Estaba convencido de que su poesía era "prescindible". Sus primeras estaciones fueron la teoría literaria y la crítica. Por un tiempo caminó en paralelo por las dos vías, escribiendo textos para suplementos culturales o en revistas fundadas por él y sus amigos (como Tierra Nueva, que dio a la luz con Alí Chumacero y Jorge González Durán, y El Hijo Pródigo, que editaba Octavio Novaro). Aquel muchacho precoz, que a sus 25 años publicó La técnica en la literatura, ejercía el recuento puntual y periódico de la producción literaria, con espíritu clínico, como si transfiriera a la literatura la vocación a la que por esos años renunció (curiosamente, al hablar de las revistas literarias publicadas en el año de 1941, equiparaba su trabajo con el "examen microscópico" de un "trozo de tejido muscular").

Su relectura sorprende, sobre todo por la clarividencia de su diagnóstico. Así como desecha sin miramientos la literatura doctrinaria, la repetición fácil de la novela de la Revolución o el descuido de la composición y el estilo, no se arredra tampoco a señalar los altibajos de los maestros consagrados. Pero es también el primero en advertir el genio de Octavio Paz. Al comentar A la orilla del mundo escribe: "Un acento personalísimo e intenso, una riqueza poética inusitada y una plenitud lírica sólo equiparable a la de algunos grandes nombres de la poesía mexicana, patentiza Octavio Paz en su reciente obra con la que da un firme paso en una carrera poética que llegará sin duda muy lejos." Sobre el primer cuento de Arreola, "Hizo el bien mientras vivió" (que parece haber leído sin advertir que era obra de su amigo), José Luis apunta que se trataba de "uno de los más hábiles y perfectos cuentos costumbristas de las letras mexicanas". Y hay también un atisbo sobre la promesa que representan los cuentos "patéticos e irónicos" de Juan Rulfo.

Para quienes lo conocimos como un hombre conciliador, todo recato y ponderación, resulta casi incomprensible el escalpelo de sus textos juveniles. Uno de ellos, publicado en 1947 en Cuadernos Americanos y titulado "Situación de la literatura", provocó una agria polémica. Sostenía que la literatura mexicana había entrado en un letargo: "Falta aquella sustancia persuasiva que sólo pueden dar la conformidad entre la vida y el espíritu, aquella pasión lúcida y total que hace de nuestras obras algo más que juegos estériles o prédicas vacías." Los responsables de aquella aridez creativa (hecha de pereza, diletantismo, insuficiencia técnica) eran los propios escritores. No sabían ni querían extraer de las profesiones que por necesidad, para ganarse el pan, ejercían (el magisterio, las labores técnicas o administrativas, el cinematógrafo) experiencias que nutrieran de autenticidad sus obras. Acaso por haber renunciado él mismo a los géneros de la imaginación para los que no se sentía dotado, José Luis desarrolló un mayor conocimiento y una conciencia más aguda sobre las reglas infranqueables de calidad en esos...

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