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Etimológicamente novedad, y será precisamente esta la idea predominante en la historia del pensamiento, que concebida como una progresiva > identificará, sempiternamente, lo nuevo con lo valioso. En este > devenir, la herencia del pensamiento judeo-cristiano --desarrollada y elaborada en términos seculares-- otorgará a la historia un fin, como meta y como sentido, abocándonos a su comprensión como unidad, como la Historia.
Entender la Modernidad como un relato nos enfrenta, casi sin suerte de continuidad, a su crisis, al fin del metarrelato. Definido por Jean François Lyotard como un cuerpo consensuado de lenguaje, legitimador del saber y por tanto de una verdad: la unanimidad de la verdad científica (1), el metarrelato se presenta como la característica esencial de la condición moderna. Sin embargo, al ser concebido como un relato más, desde la trinchera posmoderna no solo se cuestiona el origen de la legitimidad del saber, sino también la validez de una forma de entender el mundo, que en sus cimientos será acremente relativizada.
Entonces, cabe preguntarse qué se entiende por el vértigo posmoderno. Según Lyotard, se trataría de la condición del saber en las sociedades más desarrolladas, condición que designa el estado de la cultura después de las transformaciones que han afectado las reglas del juego de la ciencia, de la literatura y de las artes a partir del siglo XIX. No obstante, su preocupación radica en la crisis de los relatos como consecuencia de dichas transformaciones:
Simplificado al máximo, se tiene por 'posmoderna' la incredulidad respecto a los metarrelatos. Esta es, sin duda, un efecto del progreso de las ciencias; pero ese progreso, a su vez, la presupone. Al desuso del dispositivo metanarrativo de legitimación corresponde especialmente la crisis de la filosofía metafísica, y la de la institución universitaria que dependía de ella. La función narrativa pierde sus functores, el gran héroe, los grandes peligros, los grandes periplos y el gran propósito. Se dispersa en nubes de elementos lingüísticos narrativos, etc., cada uno de ellos vinculando consigo valencias pragmáticas sui generis. (...) El saber posmoderno no es solamente el instrumento de los poderes. Hace más útil nuestra sensibilidad ante las diferencias, y fortalece nuestra capacidad de soportar lo inconmensurable. No encuentra su razón en la homología de los expertos, sino en la paralogía de los inventores (2).
Condición heterogénea, fragmentaria y retórica en que la historia, en definitiva, consistiría en un conjunto de interpretaciones.... ¿y nada más?
En este punto, la reflexión nos lleva a dar un paso atrás y, por sus implicancias, preguntamos en primer lugar por el fin o no de la Modernidad, y en este entendido (en uno u otro sentido) qué sería la posmodernidad: ¿su epílogo?
Decir que estamos en una etapa posterior a la modernidad y asignar a este hecho un significado de algún modo decisivo presupone aceptar el punto de vista de la modernidad, la idea de progreso, el concepto de superación y la historia con corolarios (3), en definitiva algo nuevo, y por tanto una etapa más del devenir moderno. ¿Una condición moderna tardía? utilizando un ambiguo concepto de Vattimo, pero en sentido inverso.
Por el contrario, otra cosa es si lo posmoderno se caracteriza no solo como novedad respecto de lo moderno sino también como > de la categoría de lo nuevo, como experiencia del fin de la Historia, en lugar de presentarse como un estadio diferente de la historia misma. (4)
En la crítica posmoderna, en su lucha por una desvinculación absoluta con lo moderno, será --precisamente-- clave el concepto de disolución. Entonces, cuál es, cómo trama su argumento dicha crítica.
LA CRÍTICA POSMODERNA
Para Gianni Vattimo, lo que caracteriza el fin de la historia en la experiencia posmoderna es que mientras que en la teoría la noción de historicidad se hace cada vez más problemática, en la práctica historiográfica y en su autoconciencia metodológica, la idea de una historia como proceso unitario se disuelve y en la existencia concreta se instauran condiciones efectivas que le dan una especie de inmovilidad realmente no histórica (5).
En la sociedad de consumo la renovación continua está exigida para asegurar la supervivencia del sistema. Por lo tanto, la novedad nada tiene de revolucionario, el progreso se convierte en rutina y, en consecuencia, el discurso de la posmodernidad se legitima. Por su parte, en el plano teórico la historia de las ideas habría conducido a un vaciamiento de contenido de la noción de progreso, el progreso se ve privado del > (6).
¿Cómo se evidencia, entonces, la ruptura de la unidad, la disolución?
En primer lugar, la historia de los acontecimientos políticos, o militares, o de los grandes movimientos de ideas, es solo una historia entre muchas otras. Por otra parte, el conocimiento del carácter ideológico de la historia, la devela unitaria solo para los vencedores, ya que ahí es donde radica el poder para escribirla, privando a los vencidos de su propia historia. Entonces, se pregunta Vattimo, la disolución de la historia como diseminación de las >, no es tampoco propiamente un verdadero fin de la historia como tal (7). Ahora bien, en esta época, la contemporánea, se presenta una no menor paradoja. Gracias a los medios de comunicación y a la multiplicación de los centros capaces de reunir y transmitir información, se podría realizar una >, pero esa historia es imposible como historiografía. El uso de los mass media tiende a achatarlo todo en el plano de la contemporaneidad y de la simultaneidad, lo cual produciría una deshistorización de la experiencia, y nuevamente encontraríamos base de legitimación para las teorías posmodernas. Volveremos...
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