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Article Excerpt En los últimos años estamos asistiendo a una interesante revisión del canon literario más tradicional, posiblemente gracias a los nuevos datos que viene ofreciendo la investigación académica sobre determinadas épocas, autores y obras, aunque no cabe la menor duda que, poco a poco, también va cambiando para mejor --todo sea dicho de paso-- nuestra forma de ver ese pasado literario, un pasado en numerosas ocasiones lleno de prejuicios siempre interesados ideológicamente, lejos del rigor y el análisis que siempre debe imponerse en el estudio académico y profesional.
Además, la historia literaria ha sido una disciplina que, tradicionalmente, se ha visto siempre supeditada a la historiografía general y a la teoría y crítica literarias; de forma que en ningún momento se pueden separar, de modo tajante, la historia de la literatura de la evolución de estas otras disciplinas. Se trataba, pues, de mundos muy imbricados, en los que en muchas ocasiones resultaba difícil colocar una estricta frontera, y cuyas influencias podían resultar desastrosas. Como ejemplos de estas malas influencias teníamos a la semiótica, la teoría de la deconstrucción o el estructuralismo lingüístico, que tanto daño hicieron en su momento a la historia literaria propiamente dicha, contribuyendo a construir muchas de las contradicciones y tópicos interpretativos sobre los que hemos depositado nuestro conocimiento de la historia literaria, muy especialmente a lo largo del siglo XX (Rodríguez 5-7). Por otro lado, también había que tener en cuenta otro tipo de factores, a veces muy determinantes en la confección de ese canon, anteriormente aludido, y que se hacían mucho más determinantes en el caso de Dieciocho español. Eran problemas relativos al valor literario, al prestigio de un género o a la lectura interesada de un autor cualquiera. Todo ello, siempre más cercano al mundo de la crítica --siempre cambiante-- y de la moda literaria siempre pasajera, gracias a Dios--, también tenía un peso, a veces excesivo, a la hora de estimar qué autores y qué obras debían formar parte de esa historia aparentemente objetiva y distanciada de las letras españolas.
La Historia Literaria del Siglo XVIII podía ser un ejemplo muy convincente de este tipo de problemas sobre el establecimiento del canon, en relación a toda una serie de prejuicios y modas, esencialmente de corte ideológico, pero que también escondían prejuicios de orden estético, cuando no, y con toda seguridad, resultaban ser el producto de un desconocimiento descaradamente improcedente sobre la producción y los sistemas literarios de esa época. Un desconocimiento impropio de nuestras Facultades y Departamentos universitarios, excepciones al margen. Podría decirse que el titular "aquella infeliz centuria", que le dedicara el polígrafo Menéndez Pelayo en su Historia de los heterodoxos españoles para referirse a todo lo que acontece en el siglo XVIII en los terrenos de la literatura y el pensamiento, había calado--bien y mucho-- y había surtido el efecto deseado.
Este es sin duda uno de los grandes problemas que afectan a la docencia universitaria de la Literatura Española del Siglo XVIII: su amplio y generalizado desconocimiento. Y hasta tal punto es así, que cuando nos enfrentamos a la clase hay que dedicar una buena parte del tiempo a explicar este tipo de problemas que afectan, incluso, al canon más oficial que se tiene de ese período literario: Feijoo, Cadalso, Jovellanos, Moratín, Ramón de la Cruz, sobre los que se tiene, a veces, una imagen muy desvirtuada, fraccionada, con demasiadas sombras, por no entrar en los muchos, falsos e interesados tópicos --esos mitos antineoclásicos tempranamente señalados por Sebold-- con los que se viene a justificar la escasa atención que se suele prestar a este siglo "de escaso interés literario" --lo he llegado a escuchar en alguna que otra reunión con otros colegas que se dedican a otros siglos de "mayor interés". La propia nomenclatura de la historia literaria da cuerpo institucional a esta situación desde el momento en que se habla de "Siglo de Oro", "Edad de Plata". Lo que debe suponer, por esta misma regla de tres, que también debe haber otras épocas menos nobles: la Edad del Plomo, la Edad del Latón, incluso el Siglo de la Chatarra.
De todas maneras, y bromas aparte, lo que podía entenderse como un problema...
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