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La vida errante de Benavides Huaroco: De Cherán, en el corazón de la Sierra Tarasca, a Foley, Alabama, pocos itinerarios hay tan ejemplares y antitópicos como la vida del migrante mexicano Benavides Huaroco. León Krauze documenta, después de seguir sus pasos por Michoacán y Alabama, cómo la familia Huaroco encontró del otro lado lo que en su tierra natal le es negado: una oportunidad para desarrollar sus talentos.

Publication: Letras Libres
Publication Date: 01-MAR-07
Format: Online
Delivery: Immediate Online Access

Article Excerpt
CHERÁN EN ALABAMA

Mi padre está partido entre nosotros y el pueblo", me dice Delia, una de las hijas de don Benavides Huaroco mientras seguimos la procesión que la comunidad mexicana de Foley, Alabama, ha organizado para celebrar el día de la Virgen de Guadalupe y que terminará a las puertas de la iglesia de Nuestra Señora del Golfo.

Es el 12 de diciembre del 2006 y los latinos en Foley están de fiesta. Largas tiras de papel verde, blanco y colorado cuelgan del techo. Mujeres vestidas a la usanza tarasca se pasean entre las sillas. El coro ya está en su sitio. Al medio se sientan tres grupos de muchachos disfrazados de "viejitos" purépechas: bastones, trajes de manta, paliacates, máscaras. Faltan diez minutos para que comience la misa cuando entran por la puerta principal las andas en que traen a la Virgen Morena, sobre un templete confeccionado por semanas en la Tienda San Francisco de la familia Huaroco. La Guadalupana está cubierta de flores, banderas y luces intermitentes. Detrás del templete, va don Benavides Huaroco, mayordomo de la fiesta.

El señor Huaroco lleva en la mano derecha un sombrero blanco. Su cabello es negro a pesar de sus casi setenta años, todos duros. Justo arriba de la sien, el pelo se le allana por la marca del eterno sombrero. Este hombre, que creció "trepado en el monte" en Cherán, en el corazón michoacano, no olvida los años en que no hacía otra cosa que "cuidar de los animales, sin saber nada, sin saber otra cosa que no fuera el campo". Huaroco acompaña el templete que construyó con su gente y toma asiento junto a Rosa, su mujer desde hace casi cuatro décadas. El padre Christopher Viscardi, un tejano sexagenario de manos inquietas, comienza la misa en un español elegante y pausado: "Gracias a María, madre de México."

Cuando concluye la liturgia, la Virgen vuelve a las andas y la comunidad pasa a un modesto salón contiguo en que, generalmente, se celebran las misas para los bispanos de Foley. Este 12 de diciembre, sin embargo, el lugar se ha transformado en una sala de baile que huele a caldo, chile y maíz. Es el mismo olor que se respiraba por la mañana en la mobile borne de Delia, sede de una picante pozolada en honor del día más solemne para la comunidad migrante.

Cuando las doscientas personas reunidas ocupan su sitio, las luces se apagan y el fondo se ilumina para revelar un escenario. Al centro, una montaña de cartón arrugado hace las veces del Tepeyac. A la derecha, un frágil escritorio de melamina será el mueble principal del despacho del obispo Fray Juan de Zumárraga. Una decena de jóvenes inmigrantes representarán a los actores principales del drama fundacional de la mexicanidad. Es notable la belleza de la niña de apenas trece años de edad que encarna a la Guadalupana; asume el papel con dignidad: yergue el cuello, apenas parpadea. Cuando ella aparece, entre hielo seco, en la "cumbre" de este Tepeyac en Alabama, el salón entero contiene el aliento. Lo mismo ocurre cuando, diez minutos después, Juan Diego finalmente se presenta frente a Zumárraga y, dejando caer una veintena de rosas, revela el milagro de la imagen mariana grabada en su tilma.

Tras la aparición, se abre un hueco al centro de la sala, ocupado de inmediato por tres grupos de "viejitos" del mero Michoacán. El primero, representando a la Tienda San Francisco, comienza a zapatear en sincronía perfecta: son seis danzantes, algunos nietos de Huaroco. El más pequeño tiene cuatro años y baila al centro. Cristina, la novia "gringa" de José, hijo menor de Benavides--"me lo trae loco", me confiaría más tarde--, observa divertida la escena. El abuelo mira augusto desde la primera fila. Dos de sus nietas lo flanquean, otra más se sienta sobre su rodilla izquierda. La música de su Cherán natal crece en las bocinas. Incansables como marca la tradición, los encorvados "viejitos" van y vienen durante dos horas. Vestidos con vaqueros holgados y gorras mal acomodadas, los jóvenes migrantes de alrededor toman fotografías y videos con sus teléfonos móviles. El padre Viscardi ocupa el sitio de honor levemente rebasado por el asombro.

Cuando los sucesivos grupos terminan su rutina comienza la verdadera fiesta. Hay arroz, frijoles refritos, picadillo, puntas de filete, tamales y tortillas auténticas. La familia Huaroco ocupa una mesa entera en la que el párroco, con el rostro enrojecido, trata de arreglárselas para comer un taco de chicharrón que, inevitablemente, se le desborda. Seis de las siete hijas de Benavides y sus tres hijos varones están aquí. Sus nietos, de todas las edades imaginables, lo llaman todo el tiempo ("uelo, uelo"). Se escucha Té esperaré, del Grupo Brindis. En la cabecera, el patriarca cierra los ojos a cada bocado.

LOS TENIS CONVERSE

Durante los tempranos años setenta, cuando aún era posible "subsistir de la tierra y los animales" en los bosques madereros michoacanos, Benavides vivía esperando los fines de semana. Fornido y de manos grandes, repartía el juego desde la retaguardia de Los Gavilanes de Cherán, el mejor equipo de basquetbol del pueblo, con reputación de vencedor a lo largo y ancho de la Sierra Tarasca. Desde Sevina hasta Paracho, Los Gavilanes recorrían los caminos de Vasco de Quiroga cargando viejas pelotas y zapatos remendados para enfrentar a otros equipos locales. "Eran buenos tiempos", me dice en su casa móvil de Foley.

Los Huaroco, indios tarascos, no conocían otra cosa que la tierra. Benavides, uno de seis hermanos, estudió hasta los ocho años de edad. Todavía recuerda el día en que su padre lo vio a los ojos y le informó, sin más, que dejaría de asistir a clases: "Ese día comencé a sembrar maíz con él. Luego me prestó con otras personas para ayudarles a ellos también." Al poco tiempo, la familia compró la primera del par de docenas de vacas que llegarían a tener. Benavides recibió la encomienda del pastoreo. Pasaba mañana y tarde subiendo los cerros del Tecolote, de San Marcos o del Pilón, alrededor del viejo Cherán --que en tarasco significa "donde los tepalcates", o quizás "donde asustan", de cberani, "espantar"--, su milenario pueblo, habitado desde tiempos del Imperio Tarasco, y constituido formalmente como San Francisco Cherán en 1533, por real cédula de Carlos v. "Yo crecí con los animales y ellos conmigo; desde cuando nacen los conoce uno, son como personas, como amigos, pues." Llegada la vejez, sus padres decidieron repartir el patrimonio. Por decisión conjunta, Benavides se mantuvo como custodio de la vacada: "Nada me hacía falta, sólo los animales y el campo." Sus hermanos, sin embargo, no compartieron su...

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