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Article Excerpt Consejero de Gallimard para la legua española y autor de la religión del vacío, Guerrero vuelve sobre Severo Sarduy a diez años de la muerte de este singular escritor cubano. Novelista, ensayista, pero ante todo poeta, Sarduy es una suerte de discípulo artístico de Lezama y un activo puente entre Latinoamérica y Francia, en donde vivió exiliado hasta su muerte.
I Severo Sarduy, según sus propias declaraciones --nunca se encontró su acta de nacimiento, a pesar de la persistente investigación a que se entregaron sus estudiosos en las sacristías de su ciudad natal--, nació en Camagüey, Cuba, el 25 de febrero de 1937. Su nombre de bautismo, parece ser, fue Eleanora, aunque para los suyos, siempre fue Nora, y luego, para Gustavo Guerrero, Juana Pérez. Para ella misma, fue sucesivamente María Antonieta Pons, Blanquita Amaro, Rosa Carmina, Tongolele o Ninón Sevilla, según fueron cambiando, con el tiempo, sus preferencias cinematográficas o rumberas. "Lady S.S.", 1990
Antes que nada, la irreverencia, el choteo, la ironía: como buen lector de Freud y de Lacan, Severo Sarduy pensaba que nadie sabía menos de sí mismo que aquel que enunciaba su vida en función de una verdad. Siempre le inspiraron una profunda desconfianza los relatos biográficos o autobiográficos que, del modo más tradicional, van desgranando progresivamente una cronología y dan a entender que existe una trabazón necesaria entre causalidad y sucesión, es decir, que lo que ocurre después en una vida es producido, naturalmente, por lo que viene antes: post hoc, ergo propter hoc. De ahí que recurriera sistemáticamente a la parodia, al camp o a ciertas formas de narración alternativas cada vez que le pedían que consignara en unas páginas su trayectoria. La entrevista que le concedió a Mihály Dès en 1990, "Para una biografía pulverizada en el número --que espero no póstumo-- de Quimera", y, de ese mismo año, "Lady S.S.", su autorretrato en traje de diva o de rumbera, son dos buenos ejemplos de esta postura crítica ante lo testimonial y lo íntimo. Pero la mejor y más original de sus para-autobiografías es, sin lugar a duda, la breve serie incluida en El Cristo de la rue Jacob (1987), "Arqueología de la piel". Se trata de un conjunto de seis textos en los que, describiéndonos sus cicatrices en un orden rigurosamente descendente, de la cabeza a los pies, va recreando distintos momentos de su vida. "Sólo cuenta en la historia individual lo que ha quedado cifrado en el cuerpo y que por ello mismo sigue hablando, narrando, simulando el evento que lo inscribió", se lee en el prólogo. Y a renglón seguido: "La totalidad es una maqueta narrativa, un modelo: cada uno podría, recorriendo sus cicatrices, escribir su arqueología, descifrar sus tatuajes en otra tinta azul". O, dicho de otro modo: cada uno podría reescribir diversamente su propia historia, ciñéndose a un patrón que, por no ser ni más ni menos arbitrario que el del relato tradicional, pone de manifiesto el carácter contingente de toda autobiografía, trasunto, al fin y al cabo, de una existencia. Más allá o más acá de la provocación, Sarduy quiso acercarnos a esa frágil realidad de lo vivido, que a veces hace del pasado algo tan dúctil y maleable como el porvenir. Pero, al mismo tiempo, su actitud le permitió mantenerse a igual distancia del culto romántico a la figura del escritor y de su mistificación contemporánea a través de las campañas de promoción editorial que han acabado convirtiendo a los autores en atracciones de feria, cuando no en marcas registradas. Bien vista, su estrategia ante este asunto no fue muy distinta a la del último Borges: ironizar continuamente sobre su propia condición de fetiche como un medio de salvaguardar su independencia y su intimidad. "Severo Sarduy se tomaba a sí mismo en broma y afrontaba con rigor y escrupulosidad ejemplares su quehacer literario", ha...
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