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Article Excerpt Fue probablemente el último de los grandes intelectuales venezolanos que, en la mejor tradición del humanismo moderno, albergó la ilusión de ser un bomo universalis. Y también fue probablemente el último que vio en Venezuela un acuciante enigma e hizo de su afán por resolverlo una pasión y un destino. Creo que, por muy dispares que resulten, estas dos facetas deberían figurar desde un comienzo en cualquier retrato que se esboce de Arturo Uslar Pietri (1906-2001). Pero casi enseguida tenemos que añadir una tercera: la del pensador americanista, discípulo de Rodó y de Vasconcelos. Instancia mediadora, sin ella no se entienden las otras ni la equilibrada trinidad que acaban formando todas en un solo y mismo personaje. Y es que las tres fueron en verdad tan suyas y las cultivó con tanto esmero que, como muchos aún recordamos, se le sentía igualmente cómodo hablando de James Joyce, del mestizaje en el Caribe o de los ritos funerarios tibetanos. A veces, al calor de una charla, o en el transcurso de uno de sus programas divulgativos, llegaba incluso a pasar de un tema a otro, arrastrado por su entusiasmo y su vasta erudición. Faire du coq-à-l'âne llama la preceptiva francesa a este tipo de saltos. No he olvidado que, con ellos, Uslar Pietri hizo a menudo las delicias de aquellos estudiantes venezolanos que, allá por los años setenta, solíamos convertirlo en blanco de nuestra irreverencia. Hoy pienso que, en realidad, como el gran maestro que era, quizás nos estaba mostrando algo más que entonces ni siquiera vislumbramos: el peso de esos varios siglos de aislamiento colonial que, al separarnos de los otros y, por ende, de nosotros mismos, nos seguían impidiendo concebir una cultura donde el amor por Venezuela, el interés por los vecinos y las cosas del ancho mundo no fueran términos contradictorios o necesariamente disonantes.
Hombre de sumas y no de restas, integrador y más bien conciliante, creo que tampoco vio incompatibilidad alguna entre su temprana participación en la vida pública y su no menos temprana vocación literaria, tal vez porque, en el mundo del que procedía, ni siquiera se planteaba la idea de una alternativa entre el foro y las letras. Su padre, el coronel Arturo Uslar Santamaría, hijo y nieto de próceres y liberales, había llegado a ser gobernador y, durante varias décadas, gozó del favor de dos de nuestros más feroces dictadores: el general Cipriano Castro y su compadre Juan Vicente Gómez. Por el lado materno descendía igualmente de una familia de doctores y notables que nunca vio en su origen corso una excusa para eximirse del deber de "hacer patria". Obedeciendo a esta vieja exigencia de nuestra ética romántica, y como muchos otros jóvenes de su generación, Uslar Pietri ni pudo ni quiso, pues, escapar al llamado del foro. Es más, no sólo acudió a él muy solícito sino que lo hizo con un entusiasmo que no habría de menguar ni con los errores ni con los reveses ni con los años. Su primera hoja de servicios sigue siendo, hoy por hoy, el testimonio de una carrera precoz y fulgurante: fue diplomático acreditado ante la Sociedad de Naciones a los veintitrés años, presidente de la Corte Suprema del Estado Aragua a los veintiocho, director de Economía del Ministerio de Hacienda a los treinta, ministro de Educación a los 33, secretario de la Presidencia de la República a los 36 y ministro del Interior a los 39. Muchos aún piensan que tendría que haber sido presidente, pero el golpe de estado de 1945 contra el gobierno de Medina Angarita le torció el camino y luego los consabidos avatares de la historia política hispanoamericana --dictaduras, cárceles, exilios-- postergaron su candidatura durante casi tres décadas. Cuando por fin se presentó ante los electores, en 1963, como candidato independiente de centro derecha, era demasiado tarde. El país había cambiado y la eficaz maquinaria de Acción Democrática, el partido de masas creado por Rómulo Betancourt, no tuvo mayores dificultades para infligirle una sonada derrota.
Esto no fue obstáculo para que siguiera desempeñando durante muchos años todavía un papel destacadísimo en nuestra vida pública. En la década de los sesenta, fundó el partido Frente Nacional Democrático y fue senador. Más tarde, en los setenta, dirigió el diario El...
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