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Article Excerpt "Es el South Bronx", dijo mi amigo Max Pam cuando conducía hacia su antiguo barrio, el Overtoomse Veld, al oeste de Amsterdam. Sea lo que fuere, no era el South Bronx. Lúgubre antes que temible, más desgastado que pobre, el barrio de edificios grises de concreto construidos en los años cincuenta había cambiado drásticamente en un aspecto desde que Max viviera ahí cuando niño. El Overtoomse Veld, antes un suburbio para familias holandesas jóvenes, está habitado ahora principalmente por inmigrantes, en su mayoría de origen marroquí o turco. Zonas como ésta, al este, oeste y norte de Amsterdam, son llamadas a menudo "ciudades antena", debido a las numerosas antenas de satélite que captan estaciones de televisión en el norte de África y en el Oriente Medio.
Los hombres llegaron primero, a finales de los sesenta, para realizar labores que los holandeses ya no querían hacer: trabajos pesados y sucios en la industria, o limpieza de calles y edificios. Las mujeres les siguieron en la década siguiente, muchas veces como novias, casi siempre analfabetas, enviadas directamente desde sus aldeas a hombres extraños en una tierra aún más extraña. Hoy, la mayoría de los trabajadores están extenuados, desempleados, y viven de la beneficencia. Sus esposas aún habitan un país extraño, cuyo lenguaje y cuyas costumbres nunca pudieron dominar.
Aproximadamente un millón y medio de inmigrantes de primera generación viven en Holanda (un diez por ciento de la población), entre ellos turcos y surinameses, además de refugiados procedentes de toda África y Asia. Los surinameses, en su mayoría de ascendencia india o africana, ya hablaban holandés en su país de origen --antigua colonia holandesa-- y están relativamente bien integrados. Los inmigrantes turcos casi siempre llevan vidas tranquilas y prósperas. La minoría más problemática, en términos de delincuencia callejera y otras formas de desintegración social, son los marroquíes, muchos de ellos bereberes originarios de aldeas remotas en las montañas del Rif.
Las calles del barrio de Max estaban notoriamente vacías, salvo por algunas mujeres con velo y unos cuantos viejos en chilabas frente a carnicerias balal o tiendas que ofrecen conexiones telefónicas baratas al norte de África. Algunos jóvenes con poco quehacer --bangjon&eren, vagos-- deambulaban por la Plaza August Allebé, donde la delincuencia menor es frecuente. Max me hizo ver los vidrios rotos de su antigua escuela, ahora llamada una "escuela negra", donde la mayoría de los niños provienen de familias musulmanas.
Max es un escritor exitoso y un columnista, una figura de la escena literaria holandesa, y amigo cercano del cineasta Theo van Gogh, asesinado el 2 de noviembre de 2004. Van Gogh se dirigía a su trabajo en bicicleta cuando un joven de barba, vestido con una camisa estilo oriental, le disparó varias veces. Van Gogh pidió clemencia y, según se informó, dijo una frase peculiarmente holandesa: "Sin duda, podemos hablarlo." Entonces, el joven sacó un cuchillo, cortó la garganta de Van Gogh de oreja a oreja, pateó al moribundo y se fue. Al parecer, esperaba morir él mismo como mártir en su guerra santa, pero fue arrestado poco después del asesinato. Mientras tanto, Van Gogh yacía en la calle, con una carta clavada a su estómago con el cuchillo del asesino.
Mohammed Bouyeri --o Mohammed B., como se lo llama en la prensa holandesa-- no es un gran escritor, pero su carta está redactada en la prosa diáfana de un holandés educado. La carta comienza con un poema de despedida: "Esta es mi última palabra, cifrada en balas, bautizada en sangre, como lo esperaba." El poema continúa con eslóganes de la jibad y un mensaje dirigido a Ayaan Iris Ali, la política somalí natularizada holandesa, quien escribiera el guión para la última película de Theo van Gogh, Sumisión. Ahí, Alí es llamada una "fundamentalista incrédula" y una hereje al servicio de sus "maestros judíos" mentirosos, "producto "del Talmud" que "domina la política holandesa". Hirsi Alí, rezaba la carta, sería azotada contra el duro diamante del islam. Estados Unidos, Europa y Holanda, todos estaban condenados.
Mohammed Bouyeri, de veintiséis años, nació en Amsterdam y creció en el viejo barrio de Max Pam. Sus antecedentes familiares son los típicos de un inmigrante marroquí de segunda generación. Su padre habla un holandés vacilante y ha quedado discapacitado tras años de tareas serviles. Puesto que ya no puede hincarse, reza sentado en una silla. Mohammed tiene tres hermanas y un hermano. Su madre murió de cáncer en 2002.
Mohammed nunca fue un vago. Todo lo contrario: tuvo una buena educación media y sus maestros lo consideraban un joven prometedor. Era, como dicen en su barrio, un positivo que sin duda tendría éxito en la sociedad holandesa. Con una ambición que iba más allá de sí mismo, Mohammed ayudaba cuanto podía a los chicos marroquíes en problemas, tenía planes para un programa de jóvenes en su antigua escuela y escribía artículos alentadores para un boletín del barrio. Era alguien que podía hablar con los concejales de la ciudad y con los trabajadores sociales. Conocía bien los intrincados pasadizos del generoso sistema de beneficencia holandés, donde solicitar...
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