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Article Excerpt LLEGO DE DÍA A LA CIUDAD DE TAIYUÁN (APROXIMADAMENTE DOS millones de habitantes), capital de la provincia de Sanshí en el norte de China, y fácilmente echo de ver que se trata de un importante centro industrial. El cemento, el hierro, la ingeniería, los productos químicos, forman la base principal de su actual prosperidad. En cuanto a sitios turísticos, no sé de ninguno. Libros, folletos y guías no incluyen esta zona entre aquellas que poseen sitios mundialmente renombrados, o que la industria del turismo sanciona como "obligatorios" para los grupos de apresurados visitantes. Por ello hay pocos extranjeros, y mi presencia llama mucho la atención. Soy el único occidental en comercios, en restaurantes, o en las calles por donde transito. La gente se vuelve con curiosidad para examinarme de hito en hito. Los niños me señalan con el dedo. Los padres cuchichean con los chicos viéndome, unos de reojo y otros con descaro, de frente. Me molesta ser el blanco de tantos mirones, pero al fin me acostumbro. Aquí, mis rasgos faciales discrepan conspicuamente de la norma: carezco de ojos oblicuos y mi pelo no es liso. Aquí, me doy cuenta, en verdad soy un personaje exótico.
Vamos a visitar un templo, el templo de la "Santa Madre". Confieso que lo primero que ese nombre me sugirió fue la imagen de María Santísima, Madre de Dios. Pero, claro, en esta parte del mundo la Guadalupana no cuenta con un solo seguidor. ¡Y pensar que de Nuestra Señora ni siquiera han oído hablar! Nueva sorpresa. De hecho, se trata de un templo erigido en honor de un ser humano: una señora que no es "la nuestra", y que vivió hace muchísimo tiempo. Después de todo, la mayor virtud del viaje a lugares remotos y ajenos es forzamos a reconsiderar nuestros prejuicios e ideas recibidas.
En el Lejano Oriente, es bien sabido, se practica el culto a los ancestros. Algunos estudiosos señalan que no se trata de "adoración" en sentido religioso, sino simplemente veneración y respeto. Sea como fuere, se levantan templos, se construyen altares, se quema incienso y se hacen reverencias a la efigie o a otros símbolos de los antecesores (como tablillas con el nombre de los venerados). En los hogares, se practica el culto a la memoria de ancestros individuales. Pero, como escribe un experto, "hay personajes con mayor calidad reverencial o de culto que otras". Es decir, personajes que por sus hazañas o celebridad, como jefes de clanes, líderes o reyes, superan al común de los fallecidos, y llegan a ser tratados con ceremonias litúrgicas y homenajes propios de una deidad. Así sucedió con la homenajeada del templo de Jin Ci, (1) a unos veinticinco kilómetros de la ciudad de Taiyuán.
El lugar es antiquísimo. Nadie sabe con precisión cuándo empezó a construirse, sólo se sabe que fue durante el período de la historia china conocido como Primavera y Otoño (722-481 a.C.). En ese tiempo, China no era un gran imperio unido, como llegó a serlo después, sino un conjunto de estados feudales que guerreaban contantemente entre sí, siempre dados a la intriga diplomática, agrediéndose todo el tiempo unos a otros, y formando alianzas con el abierto y cínico propósito de anexarse las tierras del vecino. Ni qué decir que las fronteras de esos estados (y llegó a haber nada menos que hasta ciento setenta de ellos) cambiaban constantemente.
En esa caótica era, surgió en el norte, en la región de la actual ciudad de Taiyuán, una poderosa dinastía, la de los Zhou. Imponía su hegemonía sobre los dominios circunvecinos, cuando uno de ellos, el reino Tang, se rebeló contra los opresores. El rey de los Zhou aplastó brutalmente la resistencia. Cuentan los cronistas que, viendo a los rebeldes derrotados, y muertos sus jefes, el rey victorioso tuvo un gesto de briosa altanería. En la euforia del triunfo quiso bromear. Tomó una hoja de un frondoso árbol chino conocido como wu-tong (nombre científico, Ferminia plantanifolia) y la cortó para darle la forma del sello real. Entonces, se acercó a su hermano menor, quien era apenas un jovenzuelo, y ofreciéndole dicha hoja le dijo: "Ahora tú quedas nombrado como rey de Tang." El chiste se basaba en un juego de palabras: Tang, el reino vencido, y tong, el árbol frondoso, suenan muy semejante en el idioma chino.
Sucedió que un oficial de la corte estaba presente cuando el rey Zhou hizo su chiste. Inmediatamente, asumió un aire austero y solemne, y dirigiéndose al rey le pidió que escogiera la fecha para la sanción oficial de la postulación que acaba de realizar. El rey protestó aduciendo que había sido...
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