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Islandia, Islandia: en México, donde para medir lo que sea se necesita contar millones, es difícil imaginar la floración de una cultura cuya lengua es bablada por trescientas mil bonrosas almas. ¿Qué es Islandia? Ida Vitale ofrece una primera premisa seductora: un país al que se puede entrar sin pasaporte.

Publication: Letras Libres
Publication Date: 01-FEB-06
Format: Online
Delivery: Immediate Online Access

Article Excerpt
CIERTOS LUGARES INTEGRAN LA IMAGEN DEL MUNDO CON LA QUE nos formamos; los otros parecen de un exotismo extremo. Cuando una invitación a Islandia para Enrique me incluyó con generosidad, mi archivo mental carecía de bosque de abedules, manglares, torre Eiffel, ruinas medievales, camellos o canguros de qué asirme. Pierre Loti fue un islote que en mis navegaciones por la literatura francesa mi injusticia olvidó y sus Pêcheurs d'Islande, apenas un nombre. Sólo tenía a los vikings y éstos siempre en los mates. Debían bastarme las imágenes azules y blancas, de mar, cielo y hielos en las fotografías de un libro.

La imagen empezó a corporizarse en el viaje en Icelandair desde París. Los aviones no irradian encanto, pero la tripulación era simpática, el pan cumplía con una pretensión por la que siempre me frustro: no estaba congelado y era rico, como la mantequilla y el café; y en el siempre angustioso plato caliente había un dejo de cocina hogareña. Quienes seguían hacia Norteamérica llenaron formularios de aduana. A nosotros, el aeropuerto Keflavík sólo nos pedía retirar las maletas. Ningún documento registró nuestro ingreso. Primer signo luminoso: en un mundo tenso de formalidades migratorias y desconfianza, Islandia abría una puerta amiga: una estadía de menos de tres meses no requiere pasaporte. Es posible que al viajar desde Francia nos beneficie el acuerdo de Schengen, que entró en vigor en marzo del 2001, por el cual, además de los escandinavos, los habitantes de varios países europeos: Alemania, Austria, Bélgica, España, Francia, Grecia, Holanda, Italia, Luxemburgo y Portugal, ingresan sin presentar documentos. O quizás nos favoreció nuestra nacionalidad: hace algunos años la entonces presidenta de Islandia, Vigdís Finnbogadóttir (según afirman los islandeses, primera mujer elegida en forma democrática en el mundo), viajó al Uruguay, se establecieron relaciones que implican la eliminación de trabas reciprocas en el ingreso.

Nos esperaba Hoffi Gardardóttir, la gentil inventora de nuestro viaje; en el camino a Reikiavik nos ofreció un primer marco preciso y breve para que armáramos con menos desconcierto el rompecabezas abierto ante nosotros y empezó a desplegar su tierra. El viaje de San Brendan y su llegada a la catedral de hielo --sin duda, un iceberg-- ocupaba en mi imaginación el lugar de los datos que la falta de tiempo nos impidió reunir.

A ambos lados de la carretera vimos un campo de lava oscura, hasta el horizonte. Mirando bien, se distinguía una leve capa de musgo, verdoso y rojizo, que está prohibido pisar, porque de él se espera el humus futuro contra la aridez. Pero nada verde y menos un árbol.

¿Islandia? ¿O Hielandia? La denominación española, como la francesa, al aproximarse a la inglesa, privilegia la condición isleña y no los hielos. Groenlandia, Tierra Verde, habría sido la denominación (tramposa a más no poder, ya que el verdor habitable es mínimo) con la que el noruego Eric el Rojo, arrastró a sus marinos hacia una tierra desconocida. Los islandeses han sido honestos. Tuvimos los campos de hielo o glaciares --jökull--a distancia y, como era verano, lo que vi y ahora acompaña y representa para mí el discutido nombre, fue primero agua, lava y cielo; también veríamos extensiones verdes en donde pastaban singulares caballos. Pero eso fue después.

A mitad de camino llegamos a la Laguna Azul, piscina natural formada en una colada de lava, de aguas geotérmicas, sulfurosas, de un celeste verdoso muy pálido, y un borde de piedras cubiertas de sales blancas. Nativos y turistas se sumergen en su poder estimulante y curativo y en la atmósfera tibia que los aísla del frío. Los miro desde detrás de una vidriera y aunque el edificio de oscura piedra volcánica por el que se accede a la piscina está caldeado, el espectáculo de esos dichosos bañistas parece ocurrir en otra parte de un mundo dividido. Me dicen que para ellos las piscinas son la plaza pública donde otros pueblos discutieron sus problemas. Los intercambios de opiniones que se hagan en tan armonioso y sedante lugar han de ser sensatos y positivos. Hay un olor azufrado no desagradable. Lo recuperamos en lo de Hoffi y Páll al abrir el grifo del agua caliente. Dios aprieta pero no ahoga: las bajas temperaturas previsibles en un país al borde del círculo polar ártico, carente de petróleo y de bosques, están atenuadas por el Gulfstream y por su origen volcánico, que le otorga estas aguas hirvientes que proporcionan toda la calefacción de la isla. Por el otro grifo sale un agua exquisita que viene de los glaciares. Como veníamos de reencontrar las aguas de París, que al hervir depositan en las paredes del recipiente una capa de irreductible cal con lo cual no hay té, por bueno que sea, que no salga malparado (¿y qué decir del baño y del lavado de cabeza?), descubro virtudes en todo aquello en que interviene el agua: en el café, en la ducha doméstica, ascendida a refinado baño de espuma y en la misma agua purísima.

Me preparé para un clima polar, pero no hace demasiado frío: el abrigo pesado quedará en su percha. Hay viento, pero el sol nos acompaña durante casi todos los días de la isla. Lo vemos ponerse en el mar antes de las nueve, pero la luz nos sigue toda la noche. Horizonte horizonte ¿estás seguro?, me digo con Juan Larrea. Me cuesta dormirme y me levanto antes de lo previsto. Es normal en esta estación, me dicen: el cuerpo acompaña el ritmo del sol. Ya llegará --para ellos-- ese invierno de meses con dos horas de luz, que amodorra los cuerpos y embota el ritmo. La casa de nuestros huéspedes, ubicada en el mismo corazón de Reikiavik --desde sus ventanas vemos la catedral que está en la plaza...

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