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Article Excerpt EL CONGRESO BOLIVIANO ES UN EDIFICIO DECORADO EN EL ESTILO español de las bellas artes. También es en sí mismo un estudio sobre disonancia cognitiva. Situado en la Plaza Murillo, una de las principales explanadas de la capital boliviana de La Paz, lo rodean el palacio presidencial, la catedral y el mausoleo del libertador y primer presidente de Bolivia, compañero de armas de Simón Bolívar, el General Antonio José de Sucre. En los alrededores de estos sobrios edificios, algunos soldados vestidos de rojo, con atuendos que imitan los uniformes franceses del siglo XIX, montan guardia o marchan ceremoniosamente de un lado al otro. Si no fuera por el hecho de que la gran mayoría de estos jóvenes reclutas tiene el ancho rostro indígena del altiplano andino, y si no fuera porque aquellos que los miran desde la plaza son también indígenas en su mayoría, antes que blancos o mestizos, sería fácil confundirse y creer que se está en algún remoto rincón de Europa ... de Europa hace setenta y cinco años. Dentro del Congreso esta sensación es, si acaso, aún más pronunciada. Los pisos son de mármol, los meseros usan las mismas camisas blancas y las mismas corbatas de moño negras que los pajes utilizan en la Cámara de Diputados de Italia, y las fotos que cuelgan de las paredes en el ala administrativa del edificio, muchas de ellas amarillentas por el paso del tiempo, muestran a generaciones pasadas de congresistas entre los cuales apenas y se distingue algún rostro indígena. El peso de este escenario europeizante es avasallador, esto es, hasta que uno camina por uno de los corredores principales y al final, al menos cuando las puertas se abren (lo que sucede a menudo), se encuentra frente a frente con una imagen enorme, coloreada, beatífica de Ernesto "Che" Guevara, el compañero de armas de Fidel Castro, el insigne revolucionario que murió hace treinta y ocho años a los pies de los Andes bolivianos, intentando llevar la revolución marxista a Bolivia, que entonces, como ahora, es el país más pobre y más polarizado en términos raciales de toda América del Sur.
"Éste es un santuario para el Che", dice Gustavo Torrico, un influyente congresista del partido radical MAS (acrónimo de "más", siglas del partido Movimiento Al Socialismo), que gesticula por toda su oficina. Y lo es. No sólo hay unas cuantas fotografías del Che; hay literalmente docenas de imágenes, grandes, pequeñas, entre ellas el Che con Castro, el Che en el campo, el Che con su hija en brazos, sonriendo, fumando, arengando. El efecto es apabullante. Pero hoy en día, en Bolivia, dicho efecto está lejos de pertenecer únicamente a la oficina de unos cuantos políticos de izquierda. Por el contrario, la imagen del Che está en todas partes. Nos mira desde oficinas y desde murales en las paredes de la ciudad de La Paz y de Cochabamba, la segunda ciudad más importante de Bolivia; se encuentra en colonias obreras y en asentamientos marginales, tanto o más que ahí donde se lo espera siempre, en los recintos universitarios. En Bolivia, el Che no es una declaración de moda, como sucede actualmente en Europa occidental. Si aquí uno ve a mucha gente portando una camiseta del Che, o prendedores con la imagen del mártir revolucionario, ha de saberse que lo hacen muy en serio. En Bolivia, sólo la imagen de la Virgen María es más ubicua, aunque se trata de una competencia muy cerrada. Y si un buen católico boliviano diría sin sombra de duda que la Santísima Virgen entregó a su hijo por los pecados de la humanidad, los buenos izquierdistas bolivianos afirmarían con la misma convicción que el Che murió por ellos, tratando de llevar justicia, dicen, a un país donde la justicia nunca ha prevalecido.
"¿Que por qué me gusta el Che?", contestó Evo Morales, líder del MAS, asombrado ante mi pregunta, como si eso fuera lo más obvio del mundo. Con apenas treinta y cinco años, Morales es el primer aymara --el grupo étnico dominante en Bolivia-- que se postuló seriamente como candidato presidencial en la historia de Bolivia, lo cual da fe de la extraordinaria marginación a la que han sido sometidos setenta por ciento de los ciudadanos bolivianos, los que descienden de los indígenas, desde 1825, cuando se fundó un Estado boliviano independiente. "Me gusta el Che porque él luchó por la igualdad, por la justicia", comentó Morales. Estábamos sentados en su oficina, en Cochabamba, en un edificio medio espartano, medio abandonado, que Morales utiliza como cuartel de los cocaleros, es decir, de los cultivadores de hoja de coca en la región de Chapare. Morales se inició en la política como líder de estos cocaleros e insiste --ante la consternación no sólo de Washington, que ve su ascenso con notable alarma, sino de los círculos europeos occidentales y de la Unión Europea, más dispuestos a simpatizar con su agenda política-- en que atender la demanda de los cocaleros, para que la hoja de coca sea despenalizada en Bolivia, será una de sus primeras acciones como presidente. El Che, dice Morales, "no sólo se preocupaba por la gente común, sino que hizo suya la lucha de todos ellos".
No obstante, a diferencia del Che, quien fue a fin de cuentas una suerte de soldado revolucionario de la fortuna, Morales no tuvo que hacer suya la causa revolucionaria ni tuvo que ir a Bolivia. Al contrario: vino al mundo dentro de ambas. Morales nació en el pueblo minero de Oruro, en el Departamento de Orinco, en la parte alta del altiplano boliviano, y su biografía es muy similar a la de muchas familias mineras que perdieron su trabajo en los años setenta y ochenta, cuando las minas cerraron y tuvieron que marcharse hacia las tierras bajas, donde se convirtieron en campesinos, sobre todo en plantadores de coca. La actual crisis boliviana tiene sus raíces...
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