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Article Excerpt Primera función
25 DE FEBRERO. MIÉRCOLES DE CENIZA. SON LAS ONCE DE LA MAÑANA en la intersección de la Calle 82 y Broadway. La función inaugural de La Pasión de Cristo, la polémica película dirigida por Mel Gibson, está por comenzar. El huerto de Getsemaní aparece en la pantalla. Rodeado de sus discípulos, Cristo hace frente a un diablo andrógino. Jesús encuentra su destino entre una neblina azulosa. Al mismo tiempo, Judas recibe treinta monedas por informar el paradero de su maestro a Caifás, el sumo sacerdote judío. Las monedas vuelan lentamente mientras los gendarmes del templo apresan a Cristo. Entre golpes, azotes y una caída atroz que le rompe las costillas, el galileo llega a Jerusalén. Jesús enfrenta, estoico y desafiante, el juicio ante Caifás y el resto del Sanedrín. De largas narices de gancho y vestidos con ropajes dorados (copias fieles del estereotipo medieval, todos Shylock en Jerusalén), los judíos se burlan de Cristo: lo agreden, lo provocan. Alguien en el público suspira.
El Sanedrín lleva a Cristo ante Pilatos. El prefecto romano de Judea, que en la realidad histórica era un dictador violento e inclemente, se ve compungido en la película de Gibson. A juzgar por su rostro, simpatiza con Jesús. Claudia, su esposa, ve al galileo con ojos de esperanza. En La Pasión de Cristo, los romanos, o al menos el prefecto, no parecen preocupados, como sin duda lo estaban, por el peligro de rebelión que representaba este líder espiritual. Pilatos pregunta a la multitud qué debe hacer con Cristo. Los judíos, encabezados por Caifás, gritan enardecidos: "¡Crucifícalo!" El Pilatos cinematográfico se opone a esa medida, afligido, y condena a Jesús a la tortura de la flagelación. Y la sangre empieza a fluir. A borbotones. Durante diez minutos, y ante los ojos atónitos de María y María Magdalena, Cristo recibe cientos de latigazos. Algunos le abren llagas en la espalda, otros le dejan al descubierto las costillas. Para el evidente gozo de Caifás y el resto de los sacerdotes judíos, los romanos no se detienen. Cambian de instrumento de tortura. El flagelo termina ahora en una piedra afilada que se hunde una y otra vez en el cuerpo de Cristo. La espalda y el torso del galileo son ya un mar de sangre. La mujer de Pilatos, conmovida, ofrece varios trapos a María. Con ellos, la madre de Cristo limpia la sangre de su hijo, quien ha sido llevado a la prisión. En el cine, la gente ha comenzado a sollozar.
Mientras miro al apenado Pilatos de Gibson lavarse las manos ante la obsesiva petición judía por la cabeza del Redentor, pienso en el sitio donde estoy sentado. El Upper West Side de Nueva York es todo menos un barrio católico. Me sorprende la intensidad de los lamentos entre los espectadores. No es aquí donde habría esperado semejante conmoción ¿Qué ocurrirá cuando estas escenas sean vistas en países menos plurales y tolerantes? ¿Cómo reaccionarán quienes creen aún en el mito del deicidio que, desde hace dos mil años, se atribuye al pueblo judío? ¿Y quién podrá, en suma, resistir la imagen de este hombre torturado sin clemencia durante setenta minutos? El conflicto, por supuesto, radica en que el hombre en la pantalla no es cualquier persona. Es el hijo de Dios --y Dios mismo-- para centenares de millones de seres humanos. Y para todos --creyentes o no-- es el hombre que cambió el curso de la humanidad. En términos estrictamente históricos, es Jesús de Nazaret, hijo primogénito de María y José, carpintero y místico que predicó en Galilea y Judea hace dos mil años. Un hombre de su tiempo y de su circunstancia. Una versión apegada a la historia --como la que Gibson ha pretendido llevar al celuloide-- habría requerido, ante todo, de un...
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