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Article Excerpt Subidos en un Ford del 56, y luego en un Chevrolet del 52, Maite Rico y Bertrand de la Grange recorrieron gran parte de la isla de Cuba el pasado mes de junio. El propósito fue trascender el maquillaje que la isla le ofrece al turista y adentrase en la cada vez más asfixiante atmósfera del cubano común. Este reportaje, preparado en exclusiva para Letras Libres, da cuenta de ese revelador recorrido.
Osvaldo llega con la angustia dibujada en el rostro. "Nos hemos despertado con medidas de excepción. Es terrible. Se viene encima otro periodo especial." Es martes, II de mayo, y las bulliciosas calles de La Habana Vieja son un hervidero de rumores. A raíz del anuncio de George Bush de que limitará las visitas de familiares y el envío de remesas a Cuba, el gobierno de la isla acaba de cerrar, por sorpresa y "hasta nuevo aviso", las tiendas de dólares. La medida es una tragedia para los cubanos, que consiguen la mayoría de los artículos en esas shopping ("la chopin", dicen ellos) creadas por el Estado para paliar, con mercancía importada, la escasísima producción nacional. La situación no puede ser más esquizofrénica: la población recibe salarios miserables en pesos, pero se ve obligada a comprar en dólares una buena parte de los productos básicos, desde la leche y la ropa hasta el jabón, los electrodomésticos o la gasolina.
Este despropósito forma parte de la huida hacia adelante emprendida por el régimen de Fidel Castro a partir de 1990, después de que el colapso de la Unión Soviética, su madre nutricia, dejara a la isla sin los gigantescos subsidios que la mantenían a flote.
La primera reacción fue decretar el "periodo especial en tiempo de paz", eufemismo que escondía unas brutales medidas de racionamiento para paliar la escasez de productos. Para salir del atolladero y aplacar el descontento social, los tecnócratas socialistas parieron una serie de medidas de corte capitalista: empezaron en 1993 con la "despenalización" del dólar, la moneda del enemigo. Luego autorizaron a los agricultores privados la venta de una parte de su producción, permitieron el trabajo por cuenta propia para algunos oficios y, más adelante, entregaron licencias a particulares para alquilar cuartos a turistas o para abrir pequeños restaurantes. Las restricciones eran severas, pero la población logró ganarle la carrera al hambre.
Con las tiendas en dólares volvieron a los escaparates la mayoría de los artículos, ahora importados de los países capitalistas. Bien es cierto que los precios son disparatados y que los cubanos se las ven y se las desean para conseguir los billetes verdes, pero las remesas de los familiares exiliados y el turismo han brindado algo de oxígeno en los últimos años.
Y ahora, de repente, se encuentran con que Bush cierra el grifo y el gobierno cierra las tiendas. El diario Granma denuncia en una nota ominosa "las brutales y crueles medidas que, en adición a un riguroso bloqueo que dura 45 años, acaba de adoptar Estados Unidos contra Cuba". ¿Bloqueo? Nunca lo hubo. A lo sumo se puede hablar de embargo, o sea, prohibición de que las empresas de Estados Unidos comercien directamente con la isla. Pero en Cuba se consigue sin problemas desde la Coca-Cola hasta los programas de Microsoft, que se importan desde México, Venezuela o cualquier otro país de la región.
La palabra bloqueo es, sin embargo, mágica: moviliza a las organizaciones de solidaridad en el mundo entero y, al mismo tiempo, sirve de coartada al gobierno cubano para justificar el fracaso de su disparatada política económica. Ahora, las medidas de Bush le han dado otro pretexto para imponer nuevos sacrificios a la población.
Osvaldo, como los demás, está ansioso por saber qué va a pasar. Cientos de curiosos se han acercado desde temprano a la chopin Carlos III, el centro comercial más grande del barrio. Los vigilantes sólo permiten la entrada a la sección de alimentación y asco personal. Se comenta que ha habido incidentes y que en Santa Clara han roto escaparates, pero aquí todo está tranquilo. El hecho de que existan esos rumores revela, con todo, la desesperación de la gente.
Fidel Castro ha anunciado ya una marcha de protesta en la Tribuna Antiimperialista. Será una repetición del 1 de mayo. Tras la perplejidad inicial, la gente, que no tiene un pelo de tonta, ha adivinado los motivos reales del cierre comercial: "Van a subir los precios", brama Angelita, una vecina. "El señor prepara una marcha porque le gusta la imagen, pero ese producto ya estaba comprado y van a sacar más ganancia a costa nuestra. ¿Hasta cuándo esta vida, Dios mío?"
Cuatro generaciones viven en un piso destartalado de la calle del Aguacate, en el corazón de La Habana Vieja: desde Ramón, fontanero jubilado, y su esposa, Marta, hasta su bisnieta Melisa, una niña rubita y vivaracha.
Algunos trazos permiten imaginarse la estructura original de la vivienda, allá por 1916: estancias espaciosas y sobrias, techos altísimos para mitigar el calor y enormes ventanales. Hoy es un laberinto de tabiques y cortinas para aprovechar al máximo el espacio. Los cubanos son los maestros de las barbacoas, como llaman a los "entrepisos" que construyen como Dios les da a entender, aprovechando la altura de los techos: donde antes había una habitación, ahora hay dos, o una y media, o tres, o cuatro.
Gracias a este creativo e inacabable proceso de partenogénesis, la familia de Ramón, como muchas...
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