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El que enciende la luz: apuntes sobre el oficio de un cronista.

Publication: Letras Libres
Publication Date: 01-DEC-05
Format: Online
Delivery: Immediate Online Access

Article Excerpt
Género incómodo por su naturaleza híbrida, la crónica sobrevive en el universo raudo y pedestre del comunicado oficial y la entrevista de banqueta. Según Julio Villanueva Chang, la supervivencia de los cronistas depende de dos valores que los editores preferirían ahorrarse: tiempo y dinero. Y sin embargo, se mueve.

1.

SE VENDEN MÁS CRÓNICAS, Y UN ESPEJISMO de publicidad editorial nos hace creer que hay más buenos cronistas. Pero se venden sobre todo nuevas máquinas para que un cronista sea más veloz: nuevas grabadoras, nuevos ordenadores portátiles, nuevas cámaras fotográficas, nuevos micrófonos en miniatura. Cada vez hay menos diferencias entre un periodista y un espía. Malas noticias sobre la prensa: la novedad sigue siendo esa ilusión que produce la tecnología y la intromisión en la intimidad, pero no una nueva visión del mundo. En tiempos en que la sobreoferta de información es una moderna forma de censura, vale recordar lo que anticipaba Benjamin: "Cada mañana se nos informa sobre las novedades de toda la Tierra. Y sin embargo somos notablemente pobres en historias extraordinarias [...]. Ya casi nada de lo que acaece conviene a la narración sino que todo es propio de una información." Y añadía, como lanzando una moneda al aire: "Nos hemos hecho pobres. Hemos ido entregando una porción tras otra de la herencia de la humanidad, con frecuencia teniendo que dejarla en la casa de empeño por cien veces menos de su valor para que nos adelanten la pequeña moneda de lo 'actual'." Una de las mayores pobrezas de la prensa diaria --además de su prosa de boletín y de eufemismos, y de su frecuente conversión en escándalo y publicidad-- continúa pareciendo un asunto metafísico: el tiempo. Lo actual es la moneda corriente, pero el tiempo sigue siendo la gran fortuna. Y la consigna de escribir una crónica es no traicionar la historia por la quincena. "Se llama acontecimiento a lo que no se comprende", decía Michel de Certeau. ¿Qué entendemos luego de leer un periódico? ¿Cómo se construye el olvido de un acontecimiento?

El trabajo de un reportero de diario suele ser un tour sin tiempo para el azar ni la reflexión: páginas programadas, entrevistados programados, escenarios programados, respuestas programadas, tiempo programado. Se suele ver a un entrevistado en los lugares de siempre: la oficina, un restaurante, la sala de su casa. Descubrir se ha vuelto escandalizar. La prensa quiere imitar a la televisión. Reportar se ha convertido sobre todo en entrevistar. Y la entrevista como género suele ser un acto teatral, y en la mayoría de las ocasiones no llega a ser una situación de conocimiento, menos una experiencia: tan sólo una colección de declaraciones más o menos oficiales, o, en el mejor de los casos, la grandilocuencia del verbo confesar. Si es una virtud consagrada publicar una noticia a tiempo, el lío es que el tiempo justo para publicarla lo dicta, no la autoridad de un reportaje, sino la desesperación de ganar a los telediarios y periódicos de la competencia. Sólo queda tiempo para actuar en entrevistas de un solo acto. Pero no hay tiempo para entender ni traducir para el público qué significa el drama completo.

Italo Calvino contaba que en su juventud había elegido como lema la antigua máxima latina festina lente: apresúrate despacio. A diferencia del drama del reportero de un solo acto, un cronista --una suerte de reportero de escenas en serie-- parece disfrutar del lujo del tiempo, pero tampoco puede escapar de él. Un cronista vive de publicar historias verificables, y el tiempo a su disposición --el que le conceden los editores de diarios y revistas-- no es siempre el mismo: con suerte tres días, con cierto privilegio una semana, y con una insólita confianza seis meses. Sólo en estos últimos dos casos, un cronista tiene más oportunidades de buscar una cosa y encontrar otra, inesperada. Hay una palabra en inglés para nombrarlo: serendipity. El Conde de Serindipit, un legendario príncipe de Ceilán, hallaba siempre lo que no buscaba. Contra lo que creen los reporteros de noticias, un cronista tiene más de obrero que de príncipe, y menos de escritor que de detective. La búsqueda del azar cuesta tiempo y trabajo. Dinero. Cuesta que editores y cronistas aprendan a esperar que suceda algo digno de contarse. Cuesta tener la fortuna...

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