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Article Excerpt ¿Cuál es el mínimo común múltiplo que une las biografías de Jean-Paul Sartre, Paul Nizan, Emanuel Mounier y Raymond Aron, aparte de ser hombres de letras franceses, nacidos en 1905? Joël Roman, redactor de Esprit, la revista fundada por Mounier, distingue dos rasgos: una vida intelectual al margen de la universidad y un compromiso activo en el debate público.
La concomitancia de las conmemoraciones, que no es más que la manera que tenemos de reemplazar el azar de los nacimientos, a veces da pie a útiles aproximaciones. Sartre, Aron, Nizan, Mounier, los cuatro nacieron en 1905. Habríamos podido tomar otras fechas; por ejemplo, el año en que obtuvieron sus respectivas cátedras, que habría sugerido otros acercamientos. Pero la que escogimos resulta conveniente, pues subraya de entrada lo que tienen en común: siendo filósofos, los cuatro eligieron colocarse bajo el signo del compromiso, sobre el que teorizarán cada cual a su modo. Los cuatro, en distinta medida, vivirán una ruptura con la Universidad, que los formó. Aron, el más universitario, se asentará como sociólogo, luego de abandonar la filosofía pura, y hará una larga carrera como periodista. Mounier se dedicará a las revistas, fundará y animará Esprit. Nizan será el intelectual militante, entregado al Partido Comunista hasta la muerte. Y Sartre, por supuesto, el intelectual total, tanto hombre de letras como novelista, filósofo, libelista, signatario y también militante, fundador de revistas y periodista.
Salir de la Universidad para pensar
Así pues, los cuatro rechazaban la filosofía enseñada, más que la pedagogía, puesto que, desde el periodismo en revistas, hasta pasar por numerosas conferencias, se convirtieron de hecho en pedagogos. Pero no universitarios, o de manera marginal. Dos cosas los alejaban de la institución: la constricción de las disciplinas, su cerrazón, y, desde entonces, esa impresión de dar vueltas en un lugar cerrado. Y luego, la sombría repetición de los cursos, su desarrollo armonioso y magistral. No es que no tuvieran un excelente desempeño en ellos: los de Aron dejarán huella y serán publicados, y Sartre fue, según parece, un brillante profesor. Pero tienen que ir más lejos, pues la Universidad que conocen, si bien los instruye, ha dejado de nutrirlos: en Les Chiens de garde, Nizan ajustará algunas cuentas con el racionalismo optimista de un Brunschvicg, al que harán eco algunos años más tarde los adioses al pensamiento de Alain, Merleau-Ponty y Sartre. No quieren filosofías del progreso, legado de los dos siglos precedentes, e incluso de los primeros años del siglo XX. Al único que podrían reivindicar, al menos algunos de ellos, Mounier en primer lugar, es a Bergson, tan crítico ya frente al positivismo, el racionalismo y el pensamiento progresista, tan poco académico y plenamente escritor.
Viven su infancia durante la Gran Guerra; huérfanos o con padres ausentes, tienen que recomenzar desde cero. Durante la Segunda Guerra Mundial...
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