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Article Excerpt José Martí, Manuel Gutiérrez Nájera o Rubén Darío fueron los primeros escritores profesionales de la lengua: inventaron la crónica tal como la conocemos con sus entregas periódicas a los diarios de su tiempo. Carlos Monsiváis revisa críticamente el camino de esa escritura hispanoamericana en busca de un espíritu que permita su supervivencia.
A Juan Villoro
DESDE LA PERSPECTIVA DEL MERCADO, hoy imperiosa, que ha modificado las maneras de hacer política y ha trastocado a fondo las relaciones entre la literatura y los lectores, entre medios informativos y sociedad, la crónica parece hoy un género apresado por la nostalgia o, en diarios y revistas, el resultado del local color, tal vez cercano a lo que se aburre de ser pintoresco, y se hizo tremendista: "El rictus del cadáver era una confesión de perversidad / Lo mató por maricón sin enterarse de que era bisexual." Sin embargo, y aun a riesgo de contradecir las encuestas de lectura, hoy, cuando al tiempo libre de las ciudades lo controlan la práctica y las bendiciones del zapping, la atención se disuelve en fragmentos y hacen falta, como siempre y como nunca, los esfuerzos escritos que valoren, ubiquen y jerarquicen los acontecimientos, más allá de la recepción de las imágenes. Y ésta es por el momento la situación: antes, en el periodismo y la literatura de América Latina, la crónica, entre otros cometidos, difundía la prosa de resonancias estéticas que desconcertaba y seducía a lectores habituados a ojear los textos; ahora, la escasez de público conduce o debe conducir a los cronistas a las renovaciones formales y temáticas que tomen muy en cuenta el diálogo forzado entre lo local y lo global, entre la prisa y el antiguo tiempo de lectura.
Así por ejemplo, ¿qué se hace ante el desvanecimiento del placer de la lectura en los frecuentadores de diarios y revistas? ¿Cómo reaccionar ante el encandilamiento (muy justo) que provoca el reportaje de investigación y sus revelaciones sobre los delitos de presidentes de la República, funcionarios de alto rango y empresarios, que estimula la confección de novelas donde el poder es violencia y el sexo es la antesala del crimen (o al revés)? (En lontananza, el rebaño de cadáveres sigue la pista de la impunidad.) ¿Y cómo obtener el espacio periodístico hoy ocupado por las noticias del Apocalipsis ecológico y económico que es el serial killer de los países?
La crónica literaria conoce una sólida Época de Oro a principios del siglo XX. Entiéndase por "Época de Oro" lo que por distintas causas no le provoca envidia al presente, siempre tan competitivo.) A la prosa del modernismo hispanoamericano la integran el culto al sonido renovador del idioma, la adjetivación inesperada (allí comienzan los "senos atónitos"), los ritmos inesperados, las palabras ya extravagantes como los espejismos donde los escritores (y cerca de ellos, los lectores) se embelesan mientras buscan en los diccionarios ("Que púberes canéforas te ofrenden el acanto"), el gusto por hacer de quienes los leen viajeros del idioma y los escenarios "exóticos" por inalcanzables (sinónimo de europeos). La crónica del modernismo hispanoamericano amplía el vocabulario, promueve otras literaturas, produce metáforas como rendijas desde donde se observa la espiritualidad otra (no me culpen de esta descripción, traté de ajustarme al tono de entonces).
Los escritores del modernismo hispanoamericano son, y ávidamente, cronistas: Manuel Gutiérrez Nájera se imagina París desde el centro de la ciudad de México, Julián del Casal ve en La Habana la sensualidad ambigua de una Ciudad Luz isleña, Rubén Darío usa de la crónica periodística para exaltar su credo poético:
Y muy siglo XVIII y muy antiguo, y muy moderno, audaz, cosmopolita, con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo, y un ansia en amores infinita.
No el más productivo (eso es imposible saberlo, todos escribían el día entero por la tardanza del sistema de becas), pero sí el más lúcido de los cronistas del modernismo, José Martí dispone de un sentido privilegiado de la escritura, una conciencia política casi inconcebible en su tiempo, la curiosidad infatigable (característica de todos ellos) y la libertad que le proporciona su ir y venir de la literatura a la política radical. Una prueba de la excelencia de sus crónicas se halla en una de las varias que dedica al racismo (Cartas de Nueva York, 15 de agosto de 1889):
No andan por el sur más tranquilos los negros; ni menos perseguidos, puesto que en ciudad de tanto influjo como Atlanta, la población ha quemado en la horca la efigie del director de correos, porque osó dar un puesto a un negro inteligente y cortés, que hubiera tenido a sus órdenes a una joven blanca. "Yo cambiar papeles mano a mano, yo recibir mandatos, yo tener frente a frente el día a un negro que no es igual, y viene a ser mi superior?" La joven renunció: hubo juntas de indignación, en que le alabaron la renuncia, levantaron en frente del correo una horca, con la efigie colgante del general Lewis, y al entrar la noche le prendieron fuego: seis policías de la ciudad abrieron paso entre la multitud, a los que llevaban las antorchas; en el club, todos los miembros decidieron dar la espalda en la calle al general, y negarle el saludo: uno de sus fiadores le ha retirado la firma; el periódico del lugar dice: "¿Cómo acepta Lewis un puesto público para ofender la opinión decidida de aquellos cuya ayuda aceptó para encumbrarse al puesto de donde los ofende. Lewis responde que él es empleado federal, que no sabe, en cuanto lo es, que haya blancos ni negros, sino ciudadanos con derecho a los empleos y recompensas de la república: "no he de nombrar, dice, a un negro para un empleo inferior, y de mero amanuense, cuando la nación nombre a un mulato, a Federico Douglass, como su representante, representante de los Estados Unidos, en otra republica, en Haití?" "¡Haití es tierra de negros, le responde el diario: "no necesitarían ustedes, los republicanos, del voto de los negros para tenemos en jaque a los demócratas del Sur, y ya veríamos si tenían tanto empeño en sentarnos a la mesa de comer y a estas hordas africanas." Lo de hordas lo repiten ahora más, porque con los calores, que pueden en la sangre negra más que en la blanca, se les ha encendido la fe a las negradas de Georgia, que es donde fue la quema de la efigie. Y no quieren ver los negró-fobos las otras hordas de los seminarios, donde se preparan a cientos los negros y mulatos, para sacerdotes; ni las listas que los diarios están publicando estos días de negros ricos, que han hecho fortunas sin contratos de ayuntamiento ni concesiones de ferrocarriles, y de negros actores, que los ha habido famosos, y tan buenos en la tragedia como en la caricatura, y de negros autores, que van siendo ya muchos, y se distinguen en el periódico y en la teología, acaso porque en ésta hallen un tanto de piedad y el consuelo que les niega el mundo. Lo que los diarios cuentan con encono, como si entre los blancos de España y los mestizos de México no hubiera habido locura igual, es que en cuarenta millas a la redonda de Savannah los negros están abandonando sus melonares, dejando ir por los troncos la trementina, abriendo al ganado...
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