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"¡Preparen a la niña!" De entre los genocidios en que fue pródigo el siglo XX, el del pueblo judío ha quedado como paradigma por la lección que dejaron sus supervivientes: no olvidar. En su testimonio sobre los guetos y los campos de exterminio, Dora Reym confirma que la piedra de fundación de las libertades es la memoria.

Publication: Letras Libres
Publication Date: 01-NOV-05
Format: Online
Delivery: Immediate Online Access

Article Excerpt
La familia Rembiszewski (cuyo nombre fue reducido a Reym tras emigrar a Estados Unidos) vivía en Bedzin, una pequeña ciudad en el suroeste de Polonia no lejos de lo que, en 1939, era la frontera del territorio checoslovaco ocupado por Alemania. Bedzin cayó en poder de los nazis dos días después del ataque sorpresivo que Alemania lanzó sobre Polonia el 10 de septiembre de 1939. Con el tiempo, los alemanes terminaron por confinar a la población judía en la parte más pobre de la ciudad, que se convirtió en el gueto donde los judíos vivieron mientras fungían como mano de obra esclava para los alemanes. En agosto de 1943, cuando el gueto fue cerrado y se deportó a sus habitantes a Auschwitz, los miembros de la familia --Dora, Mark y su única hija, Mira o Mirusia, de cinco años-- se ocultaron durante siete días en un búnker que habían cavado bajo su casa, y lograron vivir allí sólo para ser agrupados con otros sobrevivientes a los que se asignó a un campo de trabajo temporal, Malobadz, de donde los judíos eran enviados regularmente al campo de exterminio de Auschwitz.

**********

ENTRE LOS INTERNOS DE MALOBADZ CIKCULABA EL RUMOR DE QUE pronto seríamos transferidos a viviendas de la sección Koszary, cerca de la fábrica Rossner, y de que seríamos transportados diariamente a Malobadz para trabajar. ¿Qué haríamos con nuestra hija si tuviéramos que trasladamos? Nos pusimos en contacto con el Judenalteste, (1) el Señor Wulkan, quien nos prometió tomar las disposiciones necesarias para que yo saliera a la ciudad con un guardia de las SA (2) y comprara artículos de primeros auxilios para el campo. Aunque no sabíamos nada de Marta, la hermana de nuestra antigua afanadora, teniendo en mente que le habíamos escrito una carta, decidimos esconder a Mirusia y sacarla del campo para llevarla a casa de Marta.

Al día siguiente, un viernes por la mañana, soborné a un guardia de las SA antes de abandonar el campo y me arriesgué a llevar a Mirusia conmigo. En lugar de comprar provisiones, fuimos de inmediato a la calle Zawale, donde vivía Marta. Mientras el guardia esperaba en la calle, Mirusia y yo fuimos rápidamente al patio trasero, en la planta baja donde Marta vivía. Llamé a la puerta. Llamé de nuevo. No hubo respuesta. Mirusia y yo permanecimos allí, en el corredor estrecho y oscuro, pero nadie contestó.

Asustada y confundida, intenté convencerla de esperar en el rincón bajo la escalera hasta que Marta regresara. Pero Mirusia lloraba y me decía: "No me dejes aquí, mamusiu, tengo miedo. Tal vez el hombre del balcón me vio cuando entré y supo que soy una judía. No me dejes aquí, por favor. Me da miedo que llame a la Gestapo."

Mi corazón lloraba junto con ella. Al borde del colapso, caminé de vuelta hacia el guardia de las SA y le supliqué que tuviera piedad de mí, que me ayudara a llevar a mi hija de vuelta al campo. Aquel guardia bondadoso me miró con compasión e, incapaz de negarse, nos llevó a ambas de regreso al campo.

Una vez ahí, tuvimos noticia de un búnker bajo el establo donde se guardaban los caballos. Supimos que había un sótano grande, con una mesa, un banco y un catre para dormir. Supimos que había que echar a un lado los caballos y que se debía retirar la paja y el alimento para abrir una compuerta. Habría allí una escalera que nos conduciría al búnker. Una mujer de apellido Dafner estaba oculta allí, con su hijo de cuatro años. Habían llegado poco tiempo atrás, después de esconderse con una familia polaca que temía ser descubierta por los alemanes y les había pedido que se fueran.

Mark y yo fuimos a ver al Señor Wulkan, quien nos dio permiso de utilizar el búnker. A primera hora de la mañana del sábado, llevamos a nuestra hija al búnker. Habíamos conocido a la Señora Dafner antes de la guerra y nos ofreció hacerse cargo de nuestra hija. Nosotros prometimos llevarle comida y otros artículos.

Nuestra angustia por la supervivencia de Mirusia hacía de cada momento del día una tortura. ¿Habría alguien capaz de ayudarnos? Pese a todo, me aferraba a mi fe y guardaba la esperanza. Recordé entonces algo que mi madre solía decir: "Hob betunen", ten fe, ten fe.

Fuimos trasladados a las barracas del barrio Koszary. Los edificios de ladrillo que ahora ocupábamos eran un antiguo cuartel militar polaco, separado de la Escuela Policíaca de Equitación por una valla. Gracias al Señor Wulkan, Mark y yo seguimos trabajando todos los días en Malobadz, donde Mirusia se escondía en la guarida, junto con la Señora Dafner y su hijo. Mark recibió la tarea de seleccionar los zapatos que, enviados desde Auschwitz, aún pudieran ser útiles, mientras yo limpiaba la oficina y lavaba la ropa de un oficial de las SS, el Obersturmbannfübrer (3) Kroll.

Poco tiempo después, mientras éramos escoltados a Malobadz por guardias de las SA --en su mayoría viejos que habían combatido en la Primera Guerra Mundial-- y caminábamos como prisioneros por las calles de nuestra propia ciudad, nos topamos con algunos hombres que reparaban la calle y tuvimos que andar más lento para sortearlos. Uno de ellos le hizo señas a Mark. Era el esposo de Marta, que se las arregló para darle una nota a mi marido.

No podíamos esperar para llegar al campo, pero esperamos y sólo ahí abrimos la nota. Marta había escrito: "Temo acoger a Mirusia porque una vecina mía sospecha que quiero alojar a un niño judío. Lo lamento."

Nos sentíamos devastados. Todas nuestras posibilidades parecían cerradas. Nos fuimos a trabajar, llenos de rabia.

Al mediodía, durante el receso, corrimos al búnker. Con la ayuda de unos amigos que montaban guardia afuera, empujamos los caballos, hicimos a un lado su alimento, bajamos hacia Mirusia al tiempo que un amigo cerraba la compuerta sobre nosotros y volvía a colocar la comida y los caballos en su lugar. Llevábamos un paquete de comida, pero Mirusia se negó a comer, diciendo "No tengo hambre, mamusiu". Se sentía sola, nos extrañaba y quería que la lleváramos con nosotros. Intentamos consolarla y convencerla de que pronto estaría con nosotros de nuevo, pero no fue...

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