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Otra vuelta de tuerca: provocativamente ambiguo y trágico, destinado a capturar la atención de los lectores más exigentes, este relato posee un indiscutible cúmulo de ingeniosidad y eficacia dramática que lo convierte en un clásico dentro del género de lo sobrenatural.

Publication: Contenido
Publication Date: 01-NOV-05
Format: Online
Delivery: Immediate Online Access
Full Article Title: Otra vuelta de tuerca: provocativamente ambiguo y trágico, destinado a capturar la atención de los lectores más exigentes, este relato posee un indiscutible cúmulo de ingeniosidad y eficacia dramática que lo convierte en un clásico dentro del género de lo sobrenatural.(The Turn of the Screw, novela)(Extracto)

Article Excerpt
La historia nos había mantenido expectantes alrededor del fuego, pero fuera del comentario de que era espantosa, no recuerdo algún otro aparte del que hizo alguien para poner de relieve que era el único caso que conocía en que la visión la hubiera tenido un niño.

Se trataba de una aparición que tuvo lugar en una casa tan antigua como aquella en que nos reuníamos: una aparición monstruosa a un niño que dormía en una habitación con su madre, a quien despertó presa de terror; pero al despertarla no se desvaneció su miedo, pues también la madre tuvo la misma visión. Aquella observación provocó una respuesta de Douglas --más tarde, en el curso de la velada. Tenía algo que contarnos y lo único que debíamos hacer era esperar hasta 2 noches después; pero ya en esa misma sesión nos anticipó algo de lo que tenía en la mente.

--Estoy de acuerdo en lo tocante al fantasma del que habla Griffin, o lo que haya sido, el cual muestra una característica especial. Pero no es el primer caso en que se involucrea un niño. Si el niño produce el efecto de otra vuelta de tuerca, ¿qué me dirían de 2 niños?

--Diríamos que 2 niños significan 2 vueltas y nos gustaría saber más de ellos --dijo alguien.

Me parece ver aún a Douglas, de pie, de espaldas a la chimenea y mirando a su interlocutor.

--Yo soy el único que conoce la historia. Realmente es horrible ... Ninguna otra que haya oído en mi vida se le aproxima por todo lo que implica de misterio, fealdad, espanto y dolor.

--Entonces --le dije--, lo que debes hacer es sentarte y contárnosla.

Se volteó hacia el fuego, lo observó por un instante y luego se encaró otra vez con nosotros.

--No puedo comenzar ahora. La historia está escrita. Ha estado guardada en una gaveta durante años. Pero puedo escribir a mi sirviente y mandarle la llave; él me enviará el paquete.

Parecía dirigirse a mí en especial. Lo apremié a fin de que conociéramos aquel manuscrito lo antes posible. Le pregunté si dicha experiencia la había vivido él. Su respuesta fue inmediata.

--¡Oh no, gracias a Dios!

--Y el manuscrito, ¿es tuyo? ¿Transcribiste tus impresiones?

--No. Está escrito con la más bella caligrafía de una mujer. Ella me envió esas páginas antes de morir, hace 20 años. Era una persona encantadora, 10 años mayor que yo. Fue la institutriz de mi hermana, hace mucho tiempo, y el episodio al que me refiero había sucedido bastante tiempo atrás. Yo estaba en Oxford, y la encontré en mi casa al volver de vacaciones. Fue un verano magnífico; en sus horas libres paseábamos y conversábamos en el jardín. Me sorprendieron su inteligencia y su encanto. Sí, no sonrían; me gustaba mucho, y aún hoy me satisface pensar que yo también le gustaba. De no haber sido así, no me hubiera confiado lo que me contó. Nunca lo había compartido con nadie. Y no sé esto porque ella me lo hubiera dicho, pero estoy seguro de que fue así. Ustedes podrán juzgarlo cuando conozcan la historia.

--Comprendo --dije--: estaba enamorada.

--Eres muy perspicaz. Sí, había estado enamorada. No podía contar la historia sin que eso saliera a relucir. Lo advertí, y ella se dio cuenta: pero ninguno de los 2 volvió a tocar ese punto.

--¿De quién estaba enamorada?, ¿nos lo dirá usted, Douglas? --preguntó la señora Griffin.

--Sí ... mañana. Ahora debo retirarme a mis habitaciones. Buenas noches.

Y, cogiendo un candelabro, salió dejándonos bastante intrigados. Todo el mundo estuvo de acuerdo en que la última historia, aunque dada apenas como introducción de un largo relato, había ya iniciado. Nos despedimos y nos retiramos a dormir.

Al día siguiente, después de cenar, Douglas estaba de nuevo frente a la chimenea. Al parecer, el relato que había prometido leemos necesitaba, para ser cabalmente comprendido, unas palabras como prólogo. Debo decir que aquel relato, tal como lo transcribí muchos años más tarde, es el mismo que ahora voy a ofrecer a mis lectores. El pobre Douglas, antes de su muerte, me entregó el manuscrito que recibió en aquellos días.

Los hechos que nos dio a conocer entonces fueron que su antigua amiga, la más joven de varias hijas de un pobre párroco rural, tuvo que dirigirse a Londres, apenas cumplidos los 20 años, para responder personalmente a un anuncio que ya la había hecho entablar una breve correspondencia con el anunciante. La persona que la recibió en una casa de Harley Street resultó ser un caballero, un soltero en la flor de la vida, apuesto y amable. Aquel hombre la impresionó, sobre todo porque le planteó el asunto como un favor que ella iba a prestarle, como una manera de quedarle obligado para siempre. Esto fue lo que más le llegó al alma, y lo que después le infundió el valor que hubo de necesitar. Era un hombre rico, su casa era un palacio; pero era a su residencia campestre, una antigua mansión en Essex, adonde quería que ella se dirigiera inmediatamente.

Como resultado de la muerte de sus padres en la India, le había sido confiada la tutela de 2 sobrinos, un niño y una niña, hijos de un hermano más joven, fallecido 2 años antes. Aquellos niños constituían, para un hombre soltero y sin un ápice de paciencia, una pesada carga. Los había enviado, desde luego, a su casa de campo y puso a su disposición, incluso, a algunos de sus mejores sirvientes para que los atendieran. Lo malo del caso era que a él sus propios asuntos le ocupaban todo el tiempo, y sólo iba a visitarlos cada vez que podía para enterarse de su situación. La señora Grose, que en otros tiempos había sido doncella de su madre, era el ama de llaves y, al mismo tiempo, se ocupaba de la niña, por quien sentía un gran cariño; pero la joven que entrara como institutriz tendría la autoridad suprema. Debería hacerse cargo también, durante las vacaciones, del niño, que por el momento estaba internado en una escuela. Y dado que las vacaciones estaban ya por caer, se presentaría de un día a otro.

Al principio cuidaba de los niños una joven que se había comportado de un modo magnífico, hasta su muerte catastrófica. A partir de entonces, la señora Grose hizo todo por atender a Flora.

--¿Y cómo murió la anterior institutriz? --interrumpió alguien.

--Eso se sabrá a su debido tiempo --respondió Douglas.

--Puesto en su lugar -sugerí--, me habría gustado saber si el empleo significaba ...

--¿Unpeligromortal? --Douglas completó mi pensamiento--. Ella quiso enterarse y se enteró. En principio, el empleo no le entusiasmaba demasiado; era un panorama de pesados deberes y poca compañía. Vaciló, pero el salario que se le ofrecía excedía al que hubiera obtenido en cualquier otro empleo, y en una segunda entrevista aceptó.

--Se entiende que, por lo visto, no podía resistirse a la seducción ejercida por aquel espléndido hombre --dije.

--Sólo lo vio 2 veces --replicó Douglas--. Él le habló con franqueza de sus dificultades; le dijo que otras aspirantes al empleo lo habían rechazado por encontrar inaceptables las condiciones, sobre todo la principal: la de no molestarlo nunca, rigurosamente nunca. Debían resolver por sí mismas todos los problemas. Mi amiga prometió cumplir las condiciones. Me dijo que cuando él le retuvo la mano, dándole las gracias, ella se sintió con eso recompensada. Nunca más volvió a verlo.

Y fue todo por esa noche, ya que nuestro amigo nos volvió a dejar. Al día siguiente, cerca de la chimenea y en el mejor sillón, Douglas abrió un álbum delgado y comenzó a leer.

Recuerdo que antes de emprender el viaje pasé un par de días muy malos, convencida de que había cometido un error. Pero al final de aquella tarde de junio, después de viajar en un día maravilloso y a través de la campiña, mi estado de ánimo mejoró notablemente. Recuerdo la buena impresión que me produjeron la amplia fachada de la casa y las verdes copas de los árboles. En la puerta principal una señora muy cortés con una niñita tomada de la mano me recibió como si fuera yo una visitante distinguida ... Sin embargo, esa noche dormí poco; me sentía demasiado excitada: el encanto de mi pequeña pupila, y tantas otras cosas me impresionaban. Desde el primer momento sentí que podría sostener buenas relaciones con la señora Grose. Lo único que me desconcertó fue la gran alegría que experimentó al verme, aunque trató de no demostrarla, y eso me hizo sentir un poco intranquila. Pero era un consuelo saber que Flora sería el objeto de una vida feliz y útil; a partir de la siguiente noche dormiría en mi cuarto, pues me había comprometido a cuidarla por completo.

--Y, el niño ... ¿se parece a ella? ¿Es también tan notable? --pregunté a la señora Grose cuando en la mañana nos sentamos a la mesa.

--¡Oh, señorita, es todavía más notable! La va a fascinar. El viernes vendrá en la diligencia.

Ese día Flora me mostró la casa cuarto por cuarto, sosteniendo una deliciosa conversación infantil; como resultado nos convertimos en grandes amigas. A pesar de sus pocos años me asombró por la seguridad y el valor con que se deslizaba por las habitaciones vacías, los oscuros corredores, las escaleras crujientes, y hasta por la cima de una vieja torre cuadrada. En aquellos momentos tuve la visión de un castillo de novela y la sensación de que nos hallábamos perdidas como los pasajeros en un barco a la deriva. ¡Y era yo quien empuñaba el timón!

Me acordé de esto cuando, 2 días más tarde, el correo trajo una carta destinada a mí. El sobre contenía otro, sin abrir, dirigido a mi patrón, quien incluía la siguiente nota:

<<La carta adjunta es del director de la escuela. Léala,...

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