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Sobre la muerte del autor: ¿Cómo contar la historia del final de la vida de un hombre que es, al mismo tiempo, el final de un linaje y de una idea del cosmos? Ésas son exactamente las preguntas que se formula el entrometido narrador de este cuento, cuyo dilema ya es parte inextricable de la historia.

Publication: Letras Libres
Publication Date: 01-JUL-05
Format: Online - approximately 4052 words
Delivery: Immediate Online Access
Full Article Title: Sobre la muerte del autor: ¿Cómo contar la historia del final de la vida de un hombre que es, al mismo tiempo, el final de un linaje y de una idea del cosmos? Ésas son exactamente las preguntas que se formula el entrometido narrador de este cuento, cuyo dilema ya es parte inextricable de la historia.(Ishi)

Article Excerpt
Escrito está en mi alma vuestro gesto



y cuanto yo escrebir de vos deseo vos sola lo escrebisteis, yo lo leo ... --GARCILASO DE LA VEGA

HAY CUENTOS QUE, AL PARECER, SON IMPOSIBLES DE SER CONTADOS, cuando menos por mí. Debe hacer cuando menos diez años que hice un viaje por California y desde entonces estoy tratando de narrar, sin ningún éxito, la historia de un gran final: el de Ishi, un indio yahi que fue encontrado en estado salvaje en la villa remota y vaquera de Oroville, durante el mes de agosto de 1910.

Siempre quise hacer un recorrido que comenzara en Cabo San Lucas, la punta más meridional de las Californias, y terminara en la que fuera su ciudad más norteña, que resultó ser, precisamente, Oroville. En ese viaje, tal como lo pensaba, mi ex mujer y yo manejaríamos de sur a norte como navegando el sueño de un hipster y veríamos cosas descomunales, nos detendríamos en lugares imposiblemente siniestros, y hablaríamos con espíritus libres y francamente irregulares.

Por desgracia no fue así: en primer lugar, nuestro viaje en coche por casi toda California comenzó a medio camino --en el aeropuerto de Los Ángeles-- y no fue a bordo de un cadillac negro y plagado de drogas cada vez más poderosas, sino en una miniván muy parecida al infierno, y en la compañía no ingrata, pero escasamente terrible, de las dos abuelas de mi esposa.

Aunque la crónica del viaje no se presta mucho a la literatura, tuvo sus partes interesantes, como cuando le enseñamos a las abuelas, en un restorán de comida china, a anular el efecto del chile untándose sal en la coronilla, o cuando una de ellas leyó un libro de poemas de Ferlinghetti que yo llevaba para hacerme el intenso y opinó que le gustaban. Además, en el Museo de la Universidad de Berkeley vimos una exposición con las fotos de Ishi.

La del último indio en estado de pureza de los Estados Unidos no debería ser una historia difícil de contar, ni parece que albergara ningún tropiezo imposible de ser librado por un aficionado a decir unas cosas mientras cuenta otras. Pero hay algo en el relato --o en mí--que lo transforma en mercurio: he intentado el pastiche, la narración directa, el abominable flujo de la conciencia, las entradas de diario, la narración epistolar y se me sigue escurriendo entre los dedos como un puñado de canicas.

Los hechos son simples y transparentes: una madrugada cualquiera un grupo de trabajadores se encontró, tirado a las puertas de un rastro, a un hombre bordeando el filo de la muerte por desnutrición y agotamiento. Lo cargaron hasta el interior del edificio y le dieron agua. Luego notaron que se trataba de un indio salvaje, algo que a ninguno de ellos le había tocado contemplar fuera del circo, pero que sus padres y abuelos les habían enseñado a identificar con el enemigo. Lo ataron de pies y manos --como si se hubiera podido escapar-- y mandaron llamar al alguacil del pueblo.

El oficial, acaso el último vaquero de la época brava que quedaba en funciones en esa parte de los Estados Unidos, lo subió tal como estaba a la grupa de su caballo y se lo llevó a la cárcel, no por ganas de joder --o eso fue lo que le dijo a la prensa-- sino porque no sabía bien qué hacer con él. Hay que decir en su honor que consta que lo vistió con su propia ropa y lo alimentó con la comida que preparó su mujer especialmente para que no se les muriera de hambre en lo que se lo...

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