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La Venezuela de Chávez: haciendo gala de todos los recursos del periodismo norteamericano, Johnson viajó a Venezuela y habló con gente común y líderes políticos, con académicos y empresarios, con opositores y fieles al gobierno, para construir este reportaje coral sobre las visiones contrapuestas en aquel país.

Publication: Letras Libres
Publication Date: 01-JUL-05
Format: Online
Delivery: Immediate Online Access

Article Excerpt
IRIS FUNDORA ES UNA MUJER PULCRA Y SEVERA CON UNA GRUESA TRENZA de cabello rizado y un levísimo trazo de bigote. Cuando la conocí, Iris se hallaba cómodamente reclinada en su silla, en una clínica provisional de Caracas donde trabaja como doctora. Era un día húmedo y, en la sala de espera, algunas mujeres abanicaban a sus bebés con sus manos o con folletos informativos de vivos colores que yacían dispersos en el suelo. Desde un baño sin puerta emanaba un olor a orina y pañales sucios.

Esta clínica fue antes una estación de policía, una construcción de dos habitaciones que corona la carretera que en ella termina y el cerro en cuya cima se encuentra. En 2003, el gobierno donó la construcción a un programa llamado Barrio Adentro, que proporciona servicios de salud a millones de venezolanos pobres. El edificio es blanco y sencillo, el frente está adornado con una imagen de la Virgen María hecha con ramas. Afuera, unos cuantos hombres esperan en cuclillas bajo la sombra y fuman. Desde allí, podrían ver la extensa carretera que serpentea hacia el corazón del barrio Los Frailes --a través de filas de apartamentos que se apilan uno sobre otro, a través de estancos donde se sirve expresso en tazas del tamaño de un dedal y botellas gigantes de Coca-Cola, a través del humo de una camioneta que espera ahuyentar a un hato de viejas-- y más abajo, hacia el fondo del valle, donde las cuestas de Caracas se yerguen como piernas de las nubes en el cielo de la mañana. En cada una de las dos habitaciones, un doctor cubano se ocupa auscultando a los pacientes. Iris Fundora es uno de esos doctores y, cuando la conocí, había trabajado en ese lugar durante casi un año.

Muchos de los pacientes de Fundora son niños que padecen las enfermedades propias de un área urbana densamente poblada, y muchas de esas enfermedades son resultado de las con diciones ambientales de Los Frailes. Entre los niños, la diarrea está generalizada, al igual que las afecciones de la piel. Estas últimas se deben en gran medida a las grandes cantidades de basura que se acumula en las calles del vecindario, y que a menudo forma pilas justo frente a la clínica misma. Recientemente, Fundora ha visto mucha hipertensión entre sus pacientes mayores; me dijo que no sabía a qué atribuirlo. Al principio, Fundora, que tiene 33 años, no quería hablar conmigo, y cuando le pregunté por qué había venido a Venezuela, me dijo que no tenía derecho a inmiscuirme, que preguntarle eso equivalía a que ella me preguntara sobre mi familia, mis hijos o mi vida personal. Así que le pregunté sobre Cuba. Comenzó a sonreír y me contó sobre una parte de la isla llamada Cabeza de Cocodrilo y sobre el pueblo de Granma, de donde es originaria y donde Fidel Castro, a quien simplemente llamó Fidel, desembarcó cuando regresó de México en 1956. Algunas de las personas que vienen a ver a Fundora no están de acuerdo con la llegada de cerca de veinte mil doctores cubanos que el gobierno de Venezuela hizo venir -muchos de ellos veteranos de guerras en Angola y otros lugares-, ni con los entrenadores y dentistas que llegaron en los últimos dos años. Fundora me comentó que ha tenido que lidiar, a veces, con el "rechazo".

Al escuchar esto, una mujer llamada Enayide Lozano, quien está a cargo del Comité Médico que supervisa a los cubanos, se unió a la conversación. Lozano tiene 49 años y ha vivido en este barrio toda su vida. Apoya con entusiasmo tanto a los doctores cubanos como al presidente que los trajo. "Estábamos hartos de doctores que no querían tocar a sus pacientes", gritó. "Eran horribles. Nuestros propios doctores venezolanos temían tocar a los pobres, como si fueran a contagiarles una enfermedad o algo, como si los fuéramos a picar. Al final tuvimos que traer a estos doctores extranjeros." Mientras Lozano hablaba, Fundora se recargó en su silla y sonrió, casi con benevolencia. "Mírela", dijo Lozano señalando a Fundora, "hablando bien de Cuba. También deberíamos decir cosas buenas sobre Venezuela. Yo tengo cosas buenas qué decir sobre mi país". Cuando Lozano se fue, le pregunté a Fundora qué pensaba sobre los doctores venezolanos con los que había trabajado. Dijo que la mayoría eran buenos y que estaban dispuestos a ayudar. Existía, no obstante, un problema. Entonces me contó una historia sobre cómo los doctores venezolanos exigían análisis a sus pacientes incluso antes de recetarles algo para sentirse mejor. Los análisis requieren dinero, o seguros, o ambos, y la mayoría de la gente, según me dijo Fundora, no podía costear esos análisis. "Estos doctores tienen que quitarse de la cabeza la idea de que no forman parte de la sociedad." Antes de irme, le pregunté si eso --borrar algunas ideas que tienen los doctores en la cabeza-- era parte de la revolución denominada "Bolivariana" por su propio creador, el presidente Hugo Chávez. Fundora hizo un gesto burlón, asintió y escogió sus palabras cuidadosamente: "Esto va a llevar tiempo", dijo, "es parte de la tarea de transformación que se necesita aquí."

El clima revolucionario en Venezuela extrae su aliento vital, en parte, de Aló Presidente, el mensaje semanal que transmite Chávez todos los domingos a la nación. Millones de venezolanos escuchan a Chávez transmitir el discurso semanal por radio. Otros tantos millones pasan días enteros frente a la televisión mirando el rostro ancho y endurecido de Chávez, en el que la historia de los indios, los negros y los blancos pobres se ha fundido por completo. Chávez puede verse lindo y tierno, o astuto y seductor, como si el contenido de su pesado cuerpo necesitara moverse ocasionalmente sólo para mantenerse cómodo. Chávez tiene pasión por lo teatral, y por la emoción del poder que puede construirse de manera fascista, o sin duda populista. Es esto último lo que ha encontrado resonancia entre sus más estridentes admiradores. Cuando él les dice, o parece decirles: "Yo soy los pobres, y los pobres son yo", a menudo se gana su atención, pues no es la primera vez que los venezolanos han escuchado esto. Cuando les dice, con su rostro ancho e inquisitivo, que se unan a él, Chávez puede ser sumamente convincente.

El domingo en que llegué, Aló Presidente fue inusualmente corto,...

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