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Article Excerpt Al trazar, en su discurso de ingreso al Colegio Nacional, el perfil del historiador, editor y biógrafo mexicano del siglo XIX José Fernando Ramírez, liberal desencantado, católico partidario del Estado laico y hombre central en el rescate del acervo histórico, Enrique Krauze descubre útiles lecciones para superar la fragilidad democrática de México.
EN LA TRADICIÓN JUDÍA LAS PERSONAS NO SE CONFIESAN. YO EN GENERAL he respetado esa norma, pero en esta ocasión prefiero cometer un sacrilegio simbólico y confesar que siempre soñé con ser miembro de El Colegio Nacional. Desde los tiempos ya remotos en que hurgaba en los archivos de los "Siete Sabios" (entre ellos Manuel Gómez Morín y Vicente Lombardo Toledano), sabía que pertenecer a esta institución fundada por los maestros de esos maestros (Antonio Caso, José Vasconcelos, Alfonso Reyes) era la distinción más alta a la que podía aspirar un hombre de letras en México. Estoy profundamente honrado y agradecido con mis colegas por haber considerado que mi trabajo reunía los méritos para hacer realidad ese sueño.
Ese trabajo debe mucho a muchas personas (la familia que formé, mis amigos, mis profesores, mis colaboradores, mis críticos, mis lectores), pero esta tarde quisiera convocar ante todo el recuerdo de tres maestros de El Colegio Nacional sin cuya obra y presencia mi vocación habría sido impensable. Don Daniel Cosío Villegas me enseñó a venerar a los liberales del siglo XIX, e inspiró en mí el deber no sólo de escribir historia, sino de editarla y difundirla. Octavio Paz, visionario poético, despertó en mí la pasión por sondear los ríos subterráneos del pasado en busca del sentido, la filiación y el origen. A Luis González y González le debo casi todo: el interés por conocer a México a través de los siglos, la inclinación por comprender a los hombres antes que juzgarlos o condenarlos; pero, sobre todas las cosas, le debo el amor al oficio.
Los tres cultivaron de manera distinta el género de la biografía: con retratos colectivos, individuales o generacionales. Pero en ninguno advierto la extraña condición óptica que describió Antonio Machado: "Por más vuelta que le doy --dice Machado que decía Juan de Mairena-- no hallo la manera de sumar individuos." A la vuelta de los años y tras los años de Vuelta, me he dado cuenta de que padezco esa condición, y ahora sé que es incurable. Sospecho que el biógrafo nace, no se hace. Admite que es imposible reducir la historia a biografía, pero sabe también que sin biografía no hay historia. Su atención al individuo no proviene de un culto reverencial a los héroes, sino de la convicción de que las personas cuentan en la historia tanto o más que las vastas fuerzas impersonales o los entes colectivos. El biógrafo se detiene en lo particular, único o meramente curioso de un personaje, pero intuye que una vida puede revelar a veces el sentido amplio de la historia.
Al cabo de treinta años de "no hallar la manera de sumar individuos", he terminado por entender que mi propósito al escribir biografías ha sido recobrar una pequeña parte del abolengo de México, como un acto de gratitud a mi país, tierra de libertad que hace casi 75 años acogió a mis abuelos perseguidos por la intolerancia étnica y religiosa. Por eso esta tarde, si me lo permiten ustedes y los manes de mis tres maestros, quisiera agregar un abuelo más al elenco. No fue un presidente, cacique o caudillo. Fue un historiador casi olvidado de nuestro siglo xIx. Vivió entre 1804 y 1871. Su despertar fue el de México, y su vida, una metáfora posible de nuestra Historia. Se llamó José Fernando Ramírez.
La escena ocurre en la ciudad de Durango, un día de 1844. Albert Gilliam, cónsul de Estados Unidos en Monterrey, visita a un respetado patricio local. "Se me condujo --escribió-- a un amplio recinto [...] pletórico de libros sobre jurisprudencia. En el centro se apilaban documentos y obras de reciente consulta. Enseguida fui invitado a otro salón de mayores proporciones aún, que contenía una gran colección de libros sobre todas las ramas del saber y en varios idiomas." Era sin duda, pensó, la biblioteca de un "gran hombre". De pronto, entró Don José Fernando Ramírez. "De porte digno y viril [...] era robusto, de estatura normal y frente alta [...] Si el pueblo de México supiera apreciar y mantener sus libertades, un civil como Ramírez recibiría los sufragios para la Presidencia."
La política no parecía ser, en absoluto, la vocación de José Fernando Ramírez. Abogado de profesión, había heredado intereses mineros en su nativa Parral, en Chihuahua. En Durango era socio de la próspera fábrica de tejidos "El Tunal", y otra de tabaco. Pero su pasión era la historia del México prehispánico. Tal vez por ser un hombre de frontera, procuraba acercarse al centro, buscar "los despojos de la antigüedad", "respirar el...
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