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El lenguaje como patria: exiliado por primera vez a los cinco años de edad, y desde entonces errante y ausente de su Bucóvina natal, Norman Manea - obligado políglota-- ha hallado refugio y salvación en el bogar de la lengua. El rumano, en su caso, ha sido un fiel lugar de residencia.

Publication: Letras Libres
Publication Date: 01-APR-05
Format: Online
Delivery: Immediate Online Access

Article Excerpt
EN EL PRINCIPIO FUE LA PALABRA, NOS DIJERON LOS ANCESTROS. En el principio, para mi, la palabra fue rumana. El doctor y todos aquellos que atendieron mi difícil alumbramiento hablaban rumano. En mi casa se hablaba rumano, y ahí pasaba la mayor parte del tiempo con María, la adorable campesina que me cuidaba y me consentía en rumano. Claro que éstos no eran los únicos sonidos que me rodeaban. El alemán, el yiddish, el ucraniano y el polaco se hablaban en Bucóvina antes de la Primera Guerra Mundial, así como un dialecto peculiar, una mezcla eslava típica de los rutenos. Llama la atención que en la gran disputa familiar entre el yiddisb --lenguaje terrenal y ordinario del exilio-- y el hebreo --el lenguaje escogido por la divinidad-, que alcanzara su clímax en la conferencia de Czernowitz de 008, el celebrado triunfo del yiddish ("¡Los judíos son un pueblo, y su lengua es el yiddish!") no dieta indicios de la dominación espectacular y definitiva que alcanzaría el hebreo cuatro décadas más tarde, al fundarse el Estado de Israel. Cuando al nacer yo, en un intento por estimar mis posibilidades de supervivencia, mi abuelo preguntó si el recién nacido tenía uñas, es probable que lo preguntara en yiddish, aunque sabía hebreo y hablaba rumano con fluidez. De hecho, casi todos los libros que vendía en su librería estaban en rumano.

A los cinco años, cuando fui deportado al campo de concentración de Transnistria, junto con el resto de la población judía de Bucóvina, yo sólo hablaba rumano. Con mi primera expulsión más allá del Dniéster, el lenguaje rumano también fue desterrado.

En el campo, los prisioneros mayores me enseñaron yiddish y aprendí ucraniano de los niños originarios del lugar. Tras la liberación encabezada por el Ejército Rojo, asistí a una escuela rusa durante un año. Cuando regresamos a Rumania en 1945, me inscribí en una escuela rumana, pero mis padres no tardaron en conseguir a un tutor que me educara en privado --y en alemán. Lo que habíamos pasado durante aquellos años de terror en "Trans-tristia" había tenido su origen --y mis padres lo sabían bien-- en el Berlín de Hitler. Sin embargo, ellos también estaban conscientes, aunque no tuvieran una educación superior al promedio, de la diferencia entre las experiencias recientes y el largo plazo entre el odio y la cultura. Sólo estudié hebreo durante un año, cuando apenas contaba con trece años y debía ser aceptado entre los "hombres" de la tribu. En el bachillerato estudié el francés con modestia y me olvidé del ruso, ya que no estaba interesado en profundizar en una lengua que creía dominar. El ruso era la lengua de las "fuerzas de ocupación". Mi francés, empero, mejoró conforme crecí y pude leer periódicos y libros de la Europa occidental.

Desgraciadamente, mi poliglotismo en ciernes no derivó en muchas oportunidades prácticas. Los inicios, diversos y algo breves, nunca tuvieron una continuación; ninguna de las lenguas que comencé a estudiar se interiorizó jamás. En estos días, los ecos de mi "cosmopolitismo" subconsciente sólo resuenan en ocasiones cuando, de pronto y sin ningún esfuerzo de mi parte, se me ocurre el giro apropiado para una conversación que se mantiene en una de estas lenguas casi familiares, lenguas que permanecen extranjeras para mí, incluso aunque pueda tratar con ellas.

Al final, sólo me siento en casa en un solo idioma.

Escribir es una labor infantil, incluso si se hace con la excesiva seriedad a la que los niños son propensos. Mi largo camino hacia la inmadurez comenzó un día de julio de 1945, unos cuantos meses después de nuestro regreso desde Transnistria. Fue un verano edénico para un pequeño pueblo moldavo. Sentía la cautivadora banalidad de lo normal, la alegría desbordada de sentirme seguro al fin. Una tarde perfecta: sol y quietud. En la media luz de la habitación, escuché una voz que era mía y que, sin embargo, no me pertenecía. El libro de cubierta verde que contenía relatos rumanos y que me habían dado justo antes de alcanzar la solemne edad de nueve años, me interpeló.

Fue entonces, creo, cuando experimenté la maravilla del mundo, la magia de la literatura: herida y bálsamo a la vez.

La lengua en que nací y que fue desterrada junto conmigo fue sometida en Transnistria a una cacofonía que mezclaba la desesperación de los deportados con las órdenes ladradas por los guardias. El yiddish, el alemán, el ucraniano, el ruso, todos los idiomas del campo se precipitaron al abismo que había desgarrado mi vida.

En 1945, los sobrevivientes fueron repatriados junto con su lengua. Una lengua empobrecida, infantil, anémica, titubeante y confundida necesitaba, como yo, los nutrientes de la normalidad. Hice toda clase de redescubrimientos: la comida, los juegos, la escuela, la ropa, los parientes, pero sobre todo estaba loco por los libros, los periódicos, las revistas, los carteles. Descubrí nuevas palabras y nuevos significados.

Pronto, demasiado pronto, soñé con unirme al clan de magos de la palabra, a esa secta secreta que acababa de descubrir.

Mi primer intento literario fue, por supuesto, un "discurso de amor", como diría Barthes. Se lo dediqué en 1947, en el primer año de bachillerato, a la chica rubia cuyo nombre seguía al mío en la lista de clase: Manea, Norman; Norman, Bronya. Leí ese texto lleno de patetismo ante Bronya y un pequeño grupo de compañeros perplejos. En el primer año de la "dictadura del proletariado", escribí poemas en honor de la Revolución, de Stalin y de la paz mundial, pero ya estaba en busca de algo "diferente", algo que pudiera trascender la trivialidad cotidiana, estaba ansioso por descubrir mi verdadero yo entre todos los individuos que me habitaban.

La lectura me salvó del efecto mortífero del lenguaje de la dictadura. Mi imaginación fue insuflada por el romanticismo alemán, por...

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