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Article Excerpt Se derrumbó en mitad de una atestada sala de tribunal. Era uno de los más sobresalienes abogados procesales de este país. Era también un hombre tan conocido por los trajes italianos de 3,000 dólares que vestían su bien alimentado cuerpo como por su extraordinaria carrera de éxitos profesionales. Me quedé allí de pie, conmocionado por lo que acababa de ver. El gran Julián Mantle se retorcía como un niño indefenso postrado en el suelo, temblando, tiritando y sudando como un maníaco.
Yo lo había conocido hacía 17 años, cuando uno de sus socios me contrató como interino siendo yo estudiante de derecho. Por aquel entonces Julián lo tenía todo. Brillante, apuesto y temible como abogado. Era un hombre duro, dinámico y siempre dispuesto a trabajar 18 horas diarias para alcanzar el éxito.
El extravagante histrionismo de Julián en los tribunales solía ser noticia de primera página. Los ricos y famosos se arrimaban a él siempre que necesitaban los servicios de un soberbio estratega con un dejo de agresividad. Todavía no entiendo por qué me eligió como su ayudante para aquel sensacional caso de asesinato que él iba a defender. Yo no era ni de lejos el mejor interino del bufete. El caso es que me prefirió para ser su factótum legal en lo que se acabó llamando "el no va más de los procesos por asesinato". Julián dijo que le gustaba mi "avidez". Ganamos el caso, por supuesto.
Aquel verano recibí una suculenta educación. Fue mucho más que plantear una duda razonable allí donde no la había; fue más bien una lección sobre la sicología del triunfo. Por invitación de Julián, me quedé en el bufete como asociado e iniciamos una amistad duradera. No era fácil trabajar con él: o lo hacías a su modo o te quedabas en la calle; Julián no podía equivocarse nunca. Sin embargo, bajo aquella irritable envoltura había una persona que se preocupaba de verdad por los demás.
Al saber por otro interino que yo estaba pasando por apuros económicos, se ocupó de que me dieran una generosa beca de estudios. Le gustaba ser implacable con sus colegas, pero jamás dejó de lado a un amigo.
Sus éxitos, como era de esperar, fueron en aumento. Consiguió todo cuanto la mayoría de la gente puede desear: una reputación profesional de campanillas con ingresos millonarios, una mansión espectacular, un avión privado, una casa en una isla tropical y su más preciada posesión: un reluciente Ferrari rojo.
Pero yo sabía que las cosas no eran tan idílicas como parecían. Nada le satisfacía. Su matrimonio fracasó, ya no hablaba con su padre y, aunque lo tenía todo, aún no había encontrado lo que estaba buscando. Y eso se le notaba emocional, física y espiritualmente. A sus 53 años, tenía aspecto de septuagenario. Su rostro era un mar de arrugas; estaba obeso. Se quejaba de estar enfermo y cansado. Había perdido el sentido del humor y su pericia profesional. Decía que ya no le apasionaba su trabajo.
Antes de que yo empezara a trabajar en el bufete, él había sufrido una gran tragedia, pero no conseguí que nadie me contara. Yo tenía la sospecha de que eso estaba contribuyendo al declive de Julián. Sentía curiosidad, pero sobre todo quería ayudarle. Julián no sólo era mi mentor, sino mi amigo.
Y entonces ocurrió: el ataque cardiaco devolvió a la tierra al divino Julián Mantle y lo asoció de nuevo a la calidad de mortal.
Era una reunión urgente de todos los miembros del despacho en la sala de juntas.
--Tengo malas noticias --dijo el viejo Harding--. Aunque Julián Mantle se recuperará, ha tomado la decisión de renunciar al ejercicio de la profesión. Ya no volverá a trabajar con nosotros.
Me quedé de una pieza. Ni siquiera dejó que fuera a verlo al hospital. Tampoco aceptó mis llamadas. Aquello me dolió.
Todo eso sucedió hace 3 años. Lo ultimo que supe de él fue que se había ido a la India. Había vendido todas sus pertenencias, incluso su Ferrari.
En esos 3 años pasé de ser un joven leguleyo a convertirme en un hastiado y algo cínico abogado. Pero debo decir que en mis momentos de tranquilidad pensaba en Julián y me preguntaba qué habría sido de él.
Hace cosa de 2 meses, mi ayudante se asomó a la puerta y dijo:
--Tienes una visita, John. Dice que es urgente, que no se irá hasta hablar contigo.
--Está bien, dile que pase.
Vi a un hombre risueño de unos 35 años. Era alto, delgado y musculoso e irradiaba vitalidad y energía. Una apacibilidad latente le daba un aire casi divino. Tras un largo e incómodo silencio, me dijo:
--¿Así es como recibes a tus visitas, John, incluso a quienes te enseñaron todo cuanto sabes sobre la ciencia del éxito en una sala de tribunal?
--¿Julián? ¿Eres tú? ¡No lo puedo creer!
Yo no salía de mi asombro. ¿Cómo podía alguien que sólo unos años atrás parecía un viejo verse ahora enérgico y tan vivo?
Fue Julián quien habló primero. Me dijo que el mundo hipercompetitivo de la abogacía se había cobrado su precio, no sólo física y emocionalmente, también en lo espiritual. Admitió que igual que su cuerpo se venía abajo, su mente había perdido brillo. El infarto no fue sino un síntoma de un problema más hondo. Cuando su médico le planteó el ultimátum de renunciar a la abogacía o renunciar a la vida, creyó ver una oportunidad de oro de reavivar el fuego interior que había conocido de joven, el que fue extinguiéndose a medida que el derecho pasó de ser un placer a volverse un negocio.
Julián se entusiasmó al explicar cómo había vendido todas sus posesiones antes de partir rumbo a la India. Viajó de aldea en aldea, aprendiendo nuevas costumbres, amando cada vez más aquel pueblo que irradiaba calidez, bondad y una perspectiva refrescante sobre el verdadero significado de la vida. Pronto recuperó su entusiasmo y las ganas de vivir. Empezó a sentirse más jovial y sereno. Y recuperó algo más: la risa.
--Fue como si hubiera recibido una orden interior; algo que me decía que debía iniciar un vaje espiritual a fin de reavivar esa chispa que había perdido --dijo--. Fueron años muy liberadores.
Cuanto más exploraba, más oía hablar de unos monjes hindúes que habían sobrepasado la centena, que pese a su avanzada edad conservaban toda su energía, vitalidad y juventud. Cuantas más cosas veía, más ansiaba comprender la dinámica que se escondía tras aquellos milagros humanos, confiando en aplicar su filosofía a su propia vida.
Durante las primeras etapas del viaje, Julián buscó a conocidos y respetados profesores. Me dijo que todos compartieron con él sus conocimientos.
--Fue una época mágica, John. Yo era un leguleyo viejo y cansado, que lo había vendido todo; había metido lo poco que me quedaba en una mochila que se convertiría en mi único acompañante.
--¿Te costó dejarlo? --pregunté.
--En realidad fue fácil. La decisión de renunciar a la abogacía y a todas mis posesiones terrenas me pareció natural. Mi vida se volvió más sencilla y plena en cuanto dejé atrás mi pasado. Tan pronto prescindí de los grandes placeres de la vida empecé a disfrutar de los pequeños, como ver un cielo estrellado o empaparme de sol en una mañana de verano.
Fue durante su estancia en Cachemira, cuando tuvo la suerte de conocer al yogui Krishnan. También él había renunciado a sus posesiones para retirarse a un mundo de extrema sencillez. Convertido en el cuidador del templo de la aldea, había llegado a conocerse a sí mismo y a saber cuál era su meta en la vida.
Julián sintió que quizá había encontrado el mentor que andaba buscando.
--Necesito tu ayuda --le dijo-- para aprender a construir tina vida en plenitud.
--Será un honor ayudarte en lo que pueda --se ofreció el yogui--. He oído hablar mucho de un grupo de sabios que vive en las cumbres del Himalaya. Dicen que han descubierto una especie de sistema para mejorar profundamente la vida de cualquier persona, y no me refiero sólo en el plano físico. Se supone que son técnicas para liberar el potencial de la mente, el cuerpo y el alma.
--¿Y dónde viven esos monjes?
--Nadie lo sabe. Muchos han tratado de encontrarlos y han fracasado. Pero si lo que buscas son las llaves de la salud, la felicidad y la realización interior, yo no tengo ese saber; ellos sí. Se les conoce como los Grandes Sabios de Sivana.
A la mañana siguiente, Julián se puso en camino hacia la tierra perdida de Sivana, escalando las enrarecidas regiones del Himalaya. Mientras se adentraba en aquel místico paraje, sus reflexiones sobre el pasado se vieron interrumpidas por las maravillas que veía. Fue mientras meditaba sobre la...
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