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Las aventuras de una momia.

Publication: Letras Libres
Publication Date: 01-NOV-04
Format: Online
Delivery: Immediate Online Access
Full Article Title: Las aventuras de una momia.(Vida de Fray Serrando, biografía de Servando Teresa de Mier)(Extracto)

Article Excerpt
En breve circulará la Vida de Fray Serrando (Era), biografía de Servando Teresa de Mier (1763-1827), el escritor y patriota novobispano a cuyas andanzas Domínguez Michael dedicó una década de trabajo. Presentamos el epílogo del libro, que cuenta sus aventuras de ultratumba, en tanto que momia circulante que confirmó la naturaleza ambulatoria del hombre que fue en vida.

MUCHO DESPUÉS, EL 10 DE ENERO DE 1861, CON LA ENTRADA de Benito Juárez a la ciudad de México, terminaron las guerras de Reforma. El 2 de febrero se procedió a la aplicación de la Ley de la Nacionalización de los Bienes del Clero, cuyos cinco puntos ordenaban: 1) la exclaustración de monjas y frailes, y la extinción de las corporaciones eclesiásticas; 2) ley del matrimonio civil; 3) registro civil y secularización de cementerios; 4) limitación de días festivos y prohibición de asistencia oficial a ceremonias religiosas por funcionarios públicos, y 5) libertad de cultos.

Se había realizado, al fin, el sueño de José María Blanco White, dándose un paso de gigante que al propio doctor Mier, quien jamás deseó la separación total entre la Iglesia y el Estado, le habría escandalizado. Servando oyó, pero nunca escuchó con seriedad a Blanco White, cuando le decía que el liberalismo de Cádiz y de Apatzingán sería una farsa hasta que no imperasen, en el mundo hispanoamericano, las libertades de conciencia y su reglamentación. México, que todavía viviría la intervención extranjera que coronó al infortunado Maximiliano de Habsburgo, se convertía en un símbolo para el liberalismo internacional. Lo que de la España de 1821 esperaba el abate Pradt se realizaba cuarenta años después en la que había sido la mayor de sus hijas ultramarinas.

La Reforma triunfante arremetió contra los viejos conventos religiosos. La exclaustración, según dice Antonio García Cubas en El libro de mis recuerdos 0905), destruyó "con inusitada diligencia", buena parte del Convento de Santo Domingo:

Templos como la capilla del Rosario venían al suelo en pocas horas, sin respeto a las obras de arte; esbeltas torres como la de Santa Inés, se derrumbaban a los multiplicados golpes de las barretas, y cuando a éstas se resistía la fuerte mole y sólida construcción de otras, como las de San Bernardo, echábase mano de máquinas destructoras como el ariete. De lo alto de las torres arrojábanse las campanas y esquilones que al chocar contra las cornisas hacíanlas pedazos, y llegaban al suelo con gran estruendo.

En 1861 [dice Mauricio Molina], durante los trabajos de demolición de una parte del Convento de Santo Domingo, se encontraron trece momias tras el ábside de la capilla de los Sepulcros. En aquellos tiempos, cuando las Leyes de Reforma habían entrado en vigencia y el clero había perdido sus bienes, el hallazgo desató los más encontrados comentarios entre la multitud que acudía a mirar los restos disecados con una mezcla de fascinación y repugnancia. Se inventaron leyendas de todo tipo. Los periódicos liberales como El Siglo XIX se apresuraron a afirmar que estos monjes conservados en polvo eran víctimas de la Inquisición que habían sido emparedados. Por su parte, los conservadores, los católicos y las almas piadosas, atribuyeron la preservación de los cuerpos al olor de santidad que los había impregnado en vida.

El Monitor Republicano, los días 20 y 21 de febrero, dio particular importancia a las momias y adelantó la opinión de que podía tratarse de víctimas de la Inquisición. Las ruinas de Santo Domingo guardaban un secreto ni mandado a hacer para imaginar la complicidad, más allá de la vida, entre la Orden de Predicadores y el vecino Tribunal del Santo Oficio:

Hemos estado en el ex Convento de Santo Domingo y hemos visto las trece momias descubiertas por los encargados del gobierno en el edificio. Nosotros somos profanos de la ciencia médica, pero sin embargo nos parecen posturas demasiado forzadas y que hacen que nos resistamos a creer que estos cadáveres hayan sido colocados en un ataúd. Uno hay medio sentado, otro con las piernas encogidas, las rodillas juntas, el busto y el cuello torcido; otras tienen las manos juntas, los brazos encogidos y extendidas hacia afuera; y a la mayor parte de ellas se les nota un gesto de desesperación. La actitud violenta que guardan [continuaba su alegato la prensa liberal], la acongojada expresión de su gesto y las contracciones musculares que conservan dan a conocer que jamás fueron sepultadas en ataúd alguno las que a todas luces fueron víctimas de la Inquisición. Todos opinan que esos esqueletos han pertenecido a desgraciados que fueron sepultados en vida; y la circunstancia de haber sacado aquellas tristes reliquias de unas paredes, sin caja mortuoria ni otro indicio favorable de esa clase que deja entre nosotros tan fatales recuerdos nos obliga a creer en la opinión general. Lléguense los curiosos a ese asilo de inquisidores, y se convencerán, como nosotros, de que ése es el tormento de la asfixia y las congojas anexas al terrible suplicio del emparedamiento, las que han dejado tan espantosas huellas en aquellos espectros [...] La mano de la Inquisición, primera página de nuestra historia religiosa, es la que ha ahogado a esos hombres. Preservados sin aire sus restos, se ha podido verificar en ellos el fenómeno de la momificación, a pesar de que algunas de estas osamentas, después de exhumadas, han estado expuestas, según informes, a la acción de la peor atmósfera, hace algún tiempo, acaso, con el fin de ocultar esas pruebas de la infamia inquisitorial.

La prensa liberal festejaba las pruebas fehacientes de la Leyenda Negra; la derrota de los conservadores culminaba, tras casi medio siglo de guerras civiles, la ruptura con la España católica. El convento suprimido, demolido y saqueado dejaba ver, además, el imano por excelencia de la mefítica leyenda, ese monje que muerto seguía siendo cosa repugnante, aunque ya inofensiva, motivo de befa.

Manuel Ramírez Aparicio, un conservador moderado que amaba la Orden dominica al mismo tiempo que consideraba digna la revolución de Ayutla, publicó, en ese año de 1861, Los conventos suprimidos en México. El libro era un réquiem por los once conventos (Santo Domingo, La Encarnación, La Piedad, Azcapotzalco, Porta Coeli, San Francisco, La Concepción, Santiago Tlatelolco, Santa Clara, San Cosme y Santa Isabel) que la Reforma destruyó parcial o totalmente. Precavido, Ramírez Aparicio hizo la triste visita recomendada por El Monitor Republicano:

Por las paredes cubiertas...

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