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Article Excerpt ALGUNA VEZ, DURANTE LAS NEGOCIACIONES QUE CULMINARON CON la visita de Richard Nixon a China, Henry Kissinger, el entonces secretario de Estado estadounidense, preguntó al premier Zhou Enlai su opinión sobre el impacto que la Revolución Francesa había tenido en la historia. Zhou lo miró unos instantes y respondió que era muy difícil juzgar los efectos de aquel movimiento porque no se tenía aún perspectiva histórica. Era, agregó, un acontecimiento demasiado reciente. En efecto, dentro del cauce milenario de la historia china, dos siglos eran un parpadeo.
A la luz de la anécdota de Kissinger, no deja de ser una ironía de la historia que el régimen de Mao, al que Zhou sirvió con notable eficacia y una lealtad sin cortapisas, haya resultado a fin de cuentas la más efímera de las dinastías chinas. Mao gobernó el país entre 1949 Y 1976: menos de treinta años. Más paradójico incluso es que ese régimen, que pretendía iniciar una nueva etapa en China, modernizarla y dejar atrás su pasado, haya transitado por la historia del país dejando tan sólo una cauda de destrucción, y que no haya necesidad de mayor distancia histórica para evaluar su triste legado.
La manera de gobernar de Mao Zedong consistió en aplicar una campaña descabellada tras otra. La colectivización agrícola y el desarrollo de la industria pesada a costa del campesino empobrecieron el campo y crearon una economía ineficaz y burocratizada; las purgas establecieron un sistema represivo que acabó con muchos de los mejores cuadros del Partido Comunista y diezmó a los sectores intelectuales; el tristemente célebre Gran Salto Adelante de principios de los años sesenta fue, en realidad, un brinco abismal hacia la pobreza y la hambruna, durante la cual perecieron veinte millones de personas, y la Revolución Cultural, que asoló a China entre 1965 y 1968, destruyó la quinta parte de su patrimonio cultural.
El nuevo líder que tomó las riendas del poder a la muerte de Mao en 1976, un comunista de la vieja guardia llamado Deng Xiaoping, enfrentó una tarea titánica y sin precedentes dada la devastación del país, su inmenso territorio y su numerosa población. Pero Deng tenía un modelo inmejorable y cercano por seguir para emprender el desarrollo de China: Taiwán. El PNB de la isla había crecido entre 1960 y 1965 a una tasa promedio altísima: 9-5%. China no había logrado superar el 4.7%. Y entre 1965 y 1972, mientras el PNB chino se había elevado apenas un punto porcentual, Taiwán creció a la tasa de 10.1%. Deng adoptó la receta taiwanesa como base para la ofensiva económica que bautizó como "las cuatro modernizaciones" y cuyo objetivo era el "desarrollo económico por cualquier medio".
Los pasos por seguir eran aparentemente sencillos: liberalizar la producción agrícola, atraer la inversión extranjera, establecer una agresiva política de exportaciones y disponer "zonas especiales" para desarrollar una base industrial lo más amplia posible.
Deng Xiaoping observó cuidadosamente también los experimentos que se habían llevado a cabo en Sichuán, su provincia natal. A principios de los setenta, el gobierno local había firmado "contratos" con familias campesinas, dejándolas en libertad para plantar lo que desearan a cambio de una cuota para el Estado y permitiéndoles vender el excedente en el mercado. La producción agrícola de la provincia se multiplicó (entre 1970 y 1979 se elevó en 24%). Deng venció la resistencia de los duros del Partido y empezó a generalizar el experimento sichuanés. En unos cuantos años, surgió una clase de pequeños empresarios que multiplicaron la producción del campo y establecieron industrias procesadoras de alimentos.
Mucho más complicado resultó convencer al Partido Comunista (PC) de abrir el país a la inversión extranjera y establecer zonas exportadoras. Deng acuñó entonces dos lemas: "Busca la verdad en los hechos y convierte la práctica en el único criterio de la verdad"; y otro más famoso aún: "No importa de qué color sea el gato, lo que importa es que cace ratones." Lo relevante era conseguir una alta tasa de desarrollo. Los lemas ideológicos no debían obstaculizarlo y Deng decidió correr el riesgo de liberalizar la economía, aunque sin abrir totalmente el sistema político. La fórmula era sencilla: el sistema autoritario de un solo partido y una liberalización económica ilimitada. Si el experimento fracasaba, el Partido y él podrían dar marcha atrás.
El nuevo modelo requería cuadros preparados, y Deng Xiaoping modificó la estructura educativa: China necesitaba abogados y eso empezó a tener; especialistas en Derecho Internacional, y el gobierno mandó a los estudiantes más dotados a estudiar al extranjero; asesores para renovar el sistema legal y adecuarlo a las cuatro modernizaciones. Pekín contrató expertos y puso las bases de un sistema legal moderno. China empezó, asimismo, a dejar atrás la política exterior aislacionista que había caracterizado al régimen de Mao, y a desplegar las alas para erigir una imagen en el exterior paralela a la transformación económica del país. Para mediados de los ochenta, el liderazgo chino y los muchos ministerios del gobierno tenían ya una red de institutos dedicados a la investigación, y equipos de asesores nacionales y extranjeros para promover y encuadrar legal y diplomáticamente la modernización del país.
Finalmente, un buen número de industrias fueron calificadas como "centros experimentales", y se dejó en libertad a empresarios y directores para establecer una estricta disciplina, modernizar los métodos de producción y--¡anatema para el maoísmo!-- despedir a los trabajadores ineficientes y dar bonos a quienes sobresalieran en el trabajo.
Por fin, en 1984, se establecieron Zonas Económicas Especiales (ZEE) en catorce ciudades costeras, que debían promover áreas de desarrollo industrial y podían otorgar exención de impuestos para los inversionistas extranjeros. Posteriormente, después de que Deng hiciera una visita a las zonas industriales que se estaban estableciendo en la desembocadura del río Perla, estableció tres "triángulos de desarrollo" cuyo objetivo era acelerar el crecimiento económico: el delta del río Perla en la provincia de Cantón (Guangdong), el delta del río Min, en Fukién (Fujian), y el delta del Yangzi.
Las primeras empresas que se establecieron en estos triángulos fueron maquiladoras. Pero China dio pronto el salto a todo tipo de manufacturas. El secreto de su...
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