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Article Excerpt YENTONCES SE FUERON, SOBREVIVIENTES DEL CORAZÓN DE LAS tinieblas, y Nueva York dejo de contener el aliento. En los cuatro días que duró la reedición de la reunión republicana en el Madison Square Garden no se realizó ninguna conversión entre los pecadores de Nueva York. Pero no hubo ningún disturbio teñido de sangre que recordara a los fieles congregados de los desórdenes de la década de 1960. No hubo atentados terroristas. Por lo que sabemos de los informes policíacos, no hubo ni un solo delegado que hubiera sido atacado. Incluso los malos modales --tan esenciales para algunos neoyorquinos en sus mejores épocas-- fueron mínimos.
Es posible que la razón sea sencilla: la convención careció de dramatismo, vale decir, de conflicto visible. En las calles, los oficiales de policía de Nueva York en general se comportaron con su profesionalismo habitual. Pero la propia convención no despertó ninguna furia política que inflamara a los cientos de miles de manifestantes que se habían reunido para protestar en la ciudad el día anterior a que sesionara el ritual.
"Todos los delegados tienen sus órdenes fundamentales", me dijo un operador político del alcalde Michael Bloomberg: "Ser aburridos."
Antes, tanto demócratas como republicanos aún creían que la política podría contener algún elemento de sorpresa, o de espontaneidad. Ya no es así. En estos días, las convenciones de los dos partidos importantes son espectáculos televisivos. Se basan en guiones que se siguen con tanta rigidez como los reglamentos para estacionar automóviles. Cada partido presenta su espectáculo televisivo para los electores indecisos, y eso significa que evitan casi todo lo que pueda crear divisiones, incluso remotas. La retórica es insulsa, melosa. Y, por supuesto, patriótica. Las ideas inquietantes se suprimen. La personalidad lo es todo. En Boston los demócratas sostuvieron un romance. Los republicanos querían un acto similar en Nueva York. Y para la mayoría de los neoyorquinos, incluso los manifestantes, el resultado fue un bostezo.
Miles de neoyorquinos salieron de la ciudad, a la playa o al campo. No tenían miedo; sencillamente querían evitar la incomodidad de las calles cerradas y la multitud de policías. Quienes se quedaron esperaban que no sucediera nada que favoreciera a George W. Bush y a su congregación. Pero cuando los fieles a Bush habían desaparecido para volver a cualesquiera que fuesen sus sitios de residencia, algo había sucedido. Lo tranquilo de los acontecimientos (con unos pocos momentos excepcionales) aparentemente había dado la seguridad a muchos estadounidenses de que Bush no era lo que de hecho era: un ignorante peligroso. Las cifras de sus encuestas se elevaron y tomó una ventaja significativa en las encuestas sobro su adversario demócrata, John Kerry. En el momento en que escribo, esa ventaja persiste.
Desde que las encuestas anunciaron primero el "rebote" de Bush, toda la gente que conozco en Nueva York se había hundido en un profundo desasosiego. Y no porque sean adalides de los viejos ideales de izquierda, ni meros liberales intransigentes del Neve Deal. Ninguno es anarquista. Ninguno es opositor acérrimo de la globalización. Algunos son conservadores genuinos. Los conservadores (tanto demócratas como republicanos) son tal vez los más abatidos de todos. Durante décadas, han insistido en políticas fiscales sólidas, en cuanto a reducir el gasto federal, extremar la cautela sobre las intervenciones en el extranjero y sobre los esfuerzos de la creación de naciones. Sobre todo, combatieron la noción wilsoniana de que Estados Unidos tenía una "misión sagrada", dirigida por Dios, para llevar la "libertad" al mundo. Hoy avizoran un futuro de agotamiento económico, de nuevas guerras en todo el planeta, de deterioros adicionales de las libertades individuales. Puede...
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