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Las mentiras de Michael Moore: descontextualiza, exagera, escurre el bulto o, flagrantemente, miente. Ésos son los cargos imputados al director de Fahrenheit 9/11 por Christopher Hitchens, quien ya debatió con él alguna vez y estaría dispuesto a volverlo a hacer, de disidente a disidente.

Publication: Letras Libres
Publication Date: 01-SEP-04
Format: Online
Delivery: Immediate Online Access

Article Excerpt
UNO DE LOS MUCHOS PROBLEMAS DE LA IZQUIERDA ESTADOUNIdense ha sido su imagen (ante los demás y ante sí misma) como algo demasiado solemne, melancólico, herbívoro, obtuso, monocromo, virtuoso y aburrido. ¿Cuántas veces, en mis viejos tiempos en la revista The Nation, escuché rumias nostálgicas y casi envidiosas? ¿Qué había sido del show radical Firing Line? ¿Quién sería nuestro Rush Limbaugh? En privado, solía desear que los camaradas, si alguna vez se animaban, pusieran el énfasis en la primera pregunta. Pero las reuniones eran tan lúgubres y somníferas que pensaba que las posibilidades de éxito en cualquiera de los dos frentes eran infinitamente pequeñas.

Sin embargo, parece que al fin está emergiendo una respuesta a esta vieja necesidad. Dejo a un lado Air America, la involuntariamente graciosa emisora de radio de Al Franken, a la que concedí un par de entrevistas en sus primeros tiempos. Allí, uno podía oír a la gente tropezando con los cables o el ruido reconfortante de un decorado a punto de desplomarse, y recordar una vez más que la buena política y la buena imagen mediática no son ni siquiera parientes lejanos. Pero con Fahrenheit 9/11, de Michael Moore, estamos en un territorio totalmente nuevo, que nos permite vislumbrar una posible fusión de las prácticas pomposas de MoveOn.org y los estándares fílmicos, que no las habilidades, de Serguéi Eisenstein o Leni Riefenstahl.

Describir esta película como deshonesta y demagógica sería casi otorgar a estos términos un barniz de respetabilidad. Describir esta película como una basura sería correr el riesgo de emplear un discurso incapaz de salir del ámbito de lo excremental. Describirla como algo diseñado para halagar frívolamente a las masas sería demasiado obvio. Fahrenheit 9/11 es un siniestro ejercicio de frivolidad moral, groseramente disfrazado de severidad. Es, también, un espectáculo de abyecta cobardía política que se escuda en la máscara de una presunta ira "disidente".

A fines de 2002, casi un año después del ataque de Al-Qaeda a la sociedad estadounidense, debatí públicamente con Michael Moore en el Festival de Cine de Telluride. En el curso de nuestra charla, Moore dejó clara su posición de que Osama Bin Laden debía ser considerado inocente hasta que se probara su culpabilidad. Así, explicó, era como Estados Unidos hacía las cosas. La intervención en Afganistán, según él, carecía de justificación al menos en este punto. Algo --no sé bien qué, ya que sabemos lo mismo ahora que antes-- parece haber persuadido a Moore de que Osama Bin Laden es el diablo en persona. De hecho, Osama es de pronto tan culpable y omnipotente que cualquier discusión de cualquier otro asunto nos "distrae" peligrosamente de la lucha contra él. Creo comprender la conveniencia de esta reciente conversión.

Fahrenheit 9/11 establece las siguientes proposiciones sobre Bin Laden y Afganistán, y lo hace en este orden:

1. La Familia Bin Laden (aunque no exactamente el propio Osama) tenía una íntima y tortuosa relación de negocios con la familia Bush gracias al grupo Carlyle.

2. El capital saudí en general constituye un porcentaje muy elevado de la inversión extranjera en Estados Unidos.

3. La compañía texana Unocal estaba dispuesta a discutir la instalación de un gasoducto en territorio afgano con los talibanes, y tenía otros intereses velados.

4. La administración Bush envió muy pocas tropas terrestres a Afganistán, con lo que permitió la huida de demasiados talibanes y miembros de Al Qaeda.

5. El gobierno afgano, al apoyar a la coalición en Iraq, actuó de manera ridícula, ya que su supuesto ejército era del todo estadounidense.

6. La guerra en Afganistán ha sido un derroche inútil de vidas estadounidenses. (Algo que adivino del hecho de que esta película supuestamente "antibélica" está tristemente dedicada a todos los que murieron allí y en Iraq.)

Resulta evidente, a pesar del "estilo ametralladora" con que la dirección de Moore disimula estas contradicciones ante su público, que estos tiros dispersos y discrepantes no guardan ninguna coherencia. O los saudíes dirigen la política estadounidense (por medio de vínculos familiares o de intereses económicos abrumadores) o no lo hacen. Como aliados y patrones del régimen talibán, o bien se opusieron a la...

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