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Article Excerpt QUERIDOS AMIGOS: ¿CÓMO LLEGAMOS A ESTE PUNTO? NO REcuerdo otro momento en el que el abismo entre europeos y estadounidenses fuera tan grande. En los dos últimos años he sostenido que la crisis de Iraq era una especie de "tormenta perfecta" con pocas probabilidades de repetirse, y que muchas de las recientes tensiones obedecían a la personalidad y a los defectos de los protagonistas de ambas partes. La alianza transatlántica ha superado muchas crisis anteriores, y en vista de los intereses y de los valores comunes, así como de los enormes retos que afrontamos, confiaba en que también podríamos superar esta reciente disputa.
Ahora ya no sé qué pensar. Después de una serie de viajes cada vez más deprimentes a Europa, basta mi optimismo está a prueba. Pero estoy convencido de que si no encontramos pronto una nueva forma de relacionamos, el daño a la alianza que más éxito ha tenido en la historia podría ser permanente. Sería posible que se estuviera creando un nuevo orden mundial en el que ya no vaya a existir el concepto mismo de "Occidente".
No quiero decir que Europa y Estados Unidos terminarán por alejarse militarmente, como ocurrió entre el Oriente y el Occidente durante la Guerra Fría, pero de no invertirse la tendencia actual, sin duda en ambas partes habrá cada vez más presión interna a favor del enfrentamiento y no de la cooperación, lo que conduciría al fin efectivo de la OTAN, y a pugnas políticas en el Medio Oriente, África y Asia. Los europeos afrontarían un Estados Unidos al que ya no le interesaría una Europa unida y próspera --que Washington ha apoyado durante sesenta años--, y a la cual podría pretender socavar activamente. Y es posible que los estadounidenses llegaran a tener que afrontar monumentales problemas a nivel mundial no sólo sin el apoyo de sus asociados en potencia más capaces, sino tal vez frente a la oposición de ellos mismos. La Gran Bretaña por fin tendría que escoger entre dos partes antagónicas.
Hay quien lo considera inevitable, pero siempre me ha parecido que eso que dice mi amigo Robert Kagan, de que "los estadounidenses son de Marte y los europeos de Venus", es una exageración. Claro que entre ambos hay diferencias reales, e incluso cada vez mayores, en torno a una serie de asuntos. El fin de la Guerra Fría, el ascenso del poderío militar, político y económico de Estados Unidos durante el decenio de 1990, y la preocupación de Europa ante los problemas de su integración y ampliación, en conjunto agudizan estas diferencias. Pero durante años hemos tenido diferentes perspectivas estratégicas, y pugnas respecto a las estrategias, lo que nunca nos impidió colaborar en pro de nuestros objetivos comunes. Y a pesar de las provocaciones de los ideólogos de ambas partes, sin duda que hoy eso sigue siendo posible. Los líderes todavía tienen opciones y decisiones que tomar. Ellos configuran su entorno y éste los determina a su vez. Las opciones acertadas podrían ayudar a colocar de nuevo en el mismo campo las democracias liberales, así como las decisiones erradas podrían desintegrarlo.
Lo que hace falta es un nuevo pacto, y esto es lo que propongo aquí: los estadounidenses tendremos que mostrar cierta humildad, admitir que no tenemos todas las respuestas y estar dispuestos a escuchar, consultar e incluso a hacer concesiones. Tenemos que reconocer que ni siquiera nuestro inmenso poderío y la vulnerabilidad que ahora sentimos nos autorizan a hacer todo lo que queramos ni como nos venga en gana. Hay que reconocer que necesitamos aliados para alcanzar nuestros objetivos, lo que significa incluir a otros en la toma de decisiones, por frustrante que pueda ser ese proceso. En una serie de cuestiones que han separado Estados Unidos de Europa en los últimos años --desde el cambio climático y las pruebas nucleares hasta el derecho internacional-- los estadounidenses tendremos que comprometernos a lograr acuerdos prácticos con los otros, en vez de pensar que nuestro poder nos exime de obligaciones ante la comunidad mundial.
Los europeos, a su vez, deben respetar el papel especial de Estados Unidos y su responsabilidad ante la seguridad mundial, y unirse a este país ante problemas como el terrorismo y la proliferación de las armas. Tienen que reconocer que la integración y la ampliación de Europa --si bien constituyen una enorme aportación a la paz mundial-- ya no son suficientes, y que los europeos necesitan hacer mucho más para contribuir a la paz y la seguridad más allá de sus nuevas fronteras. A cambio de un lugar auténtico en la mesa, la Unión Europea debería comprometerse a no intentar limitar el poderío de Estados Unidos, y aceptar en cambio el objetivo de una alianza estratégica con él.
Comprendo que los europeos duden, que piensen que los estadounidenses se han vuelto demasiado arrogantes en la defensa de sus intereses. Es posible, pero creo que muchos estadounidenses, incluso algunos del gobierno de Bush, están comenzando a darse cuenta de lo costoso y lo incómodo que es tratar de gobernar el mundo sin aliados. La cuestión de Iraq ha abierto mucho los ojos. Aquí, el estado de ánimo es muy diferente de lo que era en el 2001, cuando George W. Bush llegó a la Presidencia con gran soberbia; o que en 2002-2003, cuando los estadounidenses estaban seguros de que la victoria sobre Iraq haría a los aliados regresar a gatas. Hay que ver el giro que ha dado la política, que hoy favorece la presencia de las Naciones Unidas en Iraq. Algunos de aquellos que el año pasado se oponían a la mediación de las Naciones Unidas, últimamente imploran su ayuda. Si Europa ofreciera considerables recursos y se comprometiera --lo que está todavía por verse--, los estadounidenses de todas las ideologías estarían dispuestos a hacer concesiones para recuperar la relación. No hay que olvidar, además, que Estados Unidos es un país dividido. Muchos críticos de Bush hemos estado pidiendo una perspectiva más multilateral de la ayuda externa desde hace tres años y medio, y la balanza está inclinándose cada vez más de nuestro lado.
En realidad, el pacto que propongo no tiene nada de nuevo. Después de 1945 Estados Unidos tenía todavía más poder en Occidente que hoy, pero dirigentes como Harry Truman y Dean Acheson se daban cuenta de que para ganar la Guerra Fría había que conquistar corazones y el pensamiento en todo el mundo, tanto como demostrar nuestra fuerza. Incluso mientras se debatía...
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