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Article Excerpt Jordi Gracia, La resistencia silenciosa. Cultura y fascismo en España, Anagrama, 2004, 404 pp.
Jordi Gracia forma parte de una escuela de pensamiento que, nacida en el epicentro de las turbulencias seculares, persiste en la creencia de que el siglo XX fue el siglo de la traición de los clérigos. Esta convicción hace del examen de las relaciones entre el intelectual y el terror una fuente inagotable de perplejidad crítica y moral. El clérigo como antihéroe (y a veces héroe) es una figura dramática que apela, como pocas, a practicar aquella combinación, popularizada por Gramsci, entre el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad. Hay --y yo me incluyo-- quienes, no sé si por fortuna, aún se sienten solidarios con ese mundo no tan lejano que habitaron aquellos hombres que, como Azorín, José Ortega y Gasset o Pío Baroja, en España, comprometieron gravemente a esa tradición liberal a la que pertenecían. Por ello he leído La resistencia silenciosa --XXXII Premio Anagrama de Ensayo-- con esa emoción particular, casi egoísta, que provoca escuchar las modulaciones de un tono (y de un estilo) a la vez desconocido y familiar.
Gracia postula como tesis inicial al fascismo como un virus y a quienes lo secundaron en diversas formas y grados como víctimas infectadas de una enfermedad terrible aunque no necesariamente mortal. Yo mismo he utilizado esa analogía al hablar de aquellos intelectuales mexicanos que resistieron la infección, como Jorge Cuesta, José Revueltas u Octavio Paz. Pero leyendo La resistencia silenciosa me doy cuenta de que la metáfora, tan fácil de enunciar, es poco terapéutica y conlleva ciertos riesgos, pues de alguna manera honra al pensamiento totalitario que combate, al postular la ideología (cualquiera que ésta sea) como una degeneración biológica y moral. No en balde Lenin llamó enfermos a quienes se le oponían desde la izquierda en La enfermedad infantil del izquierdismo, otrora célebre panfleto. Al enemigo de cualquier signo se le acusó, durante el siglo XX, de encarnar la contranaturaleza en tanto que agente patógeno llamado a inficionar a la España eterna, al Tercer Reich o a la patria del socialismo.
Pero a Julien Benda, el autor de La traición de los clérigos (1927) y primero en emitir el diagnóstico, no le habría disgustado el punto de vista clínico con el que arranca La resistencia silenciosa. En opinión de Benda, la salud del intelectual está en la defensa de los valores de la Ilustración y admirables atletas de...
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