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A las cinco de la tarde.

Publication: Letras Libres
Publication Date: 01-DEC-04
Format: Online - approximately 15750 words
Delivery: Immediate Online Access
Full Article Title: A las cinco de la tarde.(Cuento corto)

Article Excerpt
Este cuento de George Steiner, inédito hasta ahora en español, es en primera instancia la historia de un grupo de poetas mexicanos que viaja a Medellín, Colombia, con la intención de leer sus versos a una ciudad convulsionada por la violencia. También se puede leer como una paráfrasis del mito de Orfeo y su descenso al Hades, cuyo contero actual sería el mundo del narcotráfico.

M. TIENE LA FAMA DE SER LA CIUDAD MÁS PELIGROSA DE LA tierra. El promedio semanal de homicidios se sitúa entre veinte y treinta. Apenas si se presta atención a la explosión de un coche bomba o al crepitar de las armas automáticas. Algunos cadáveres son secuestrados y abandonados a la intemperie. La mayor parte se recoge a la caída del día sin mayor trámite. Sólo subsiste el olor a sangre. De tiempo en tiempo, mujeres y niños son atrapados por el Fuego cruzado o alcanzados por las esquirlas de metal lanzadas como catapultas desde un automóvil destripado. Cuando eso sucede, se da un estremecimiento de malestar. Proviene de un pasado de usos civilizados y civiles, de un sentido de la seguridad desaparecido desde hace mucho tiempo.

En la capa de aire caliente que recubre M., han proliferado los buitres. Después de un asesinato, se atropellan, como cobradores de impuestos sobriamente vestidos, sobre el filo de los techos. En ocasiones suele advertirse su robusta sombra aun antes de que se haya oído un disparo.

Los asesinos y los asesinados pertenecen a una misma familia. Crecieron juntos y se han casado entre ellos. Resulta casi imposible distinguir sus nombres. A menudo, ha sido el azar de un tiro de dados el que les ha valido ser reclutados en un cártel. Son clanes al servicio de los estupefacientes y del asesinato. En principio, tienen un territorio asignado, se supone que deben explotar zonas precisas del país profundo, dirigir las cadenas de cosecha, refinamiento, empaque y embarque que conectan las plantaciones de coca en el interior con los laboratorios clandestinos de la selva y con las pistas aéreas improvisadas que permiten embarcar la mercancía. Pero las líneas de demarcación, de acceso a los intermediarios y a los compradores se borran y confunden. La codicia abre nuevos apetitos. Las complicidades, los arreglos negociados entre cárteles se deshilvanan y deshacen. Entonces vuelven a empezar los asesinatos. Los beneficios, los feudos sangrientos y las revanchas urden una sólida trama.

Existen, desde luego, gendarmes, unidades militares y paramilitares dc combate al narcotráfico, Fuerzas federales,* pelotones de soldados estadounidenses fuertemente armados para imponer la ley.

De vez en cuando una plantación es fumigada o arrasada hasta la raíz, se logra incendiar un laboratorio en medio de la selva. Se oyen, como si fuesen morosas trompetas, helicópteros de vigilancia o lanchas equipadas con armamento. Corre el rumor de un cártel dirigido clandestinamente desde una prisión donde los padrinos viven a todo hijo. Pero las fuerzas del orden son ellas mismas un cártel. Están minadas por los soplones y están vorazmente ávidas del botín del vecino. Inevitablemente, un oficial de policía, un teniente destacado al pelotón de los arrancarraíces, un piloto de vuelos de reconocimiento, tendrá que venderse. Las recompensas son espectaculares. Los asesinatos ocurren hasta en las oficinas centrales de la represión contra el bandidaje. Los investigadores, los jueces, tienen esposas e hijos. Algunos han sido encontrados con un tajo en la garganta o con los ojos arrancados yaciendo en un basurero municipal. Los cárteles establecen alianzas temporales: en cuanto se perfila un peligro desde la capital o del lacio de los Boinas Verdes, que suelen ser ellos mismos adictos o drogados, se observa un armisticio.

Pero que nadie se engañe. En M. la vida sigue su curso. Hay matrimonios, bautizos, entierros, pues muchos logran morir de muerte natural. Las tardes de primavera y de verano, los cines están atestados, sobre todo cuando se proyecta una película de humor o una epopeya criminal. Se juega al futbol con una pasión desenfrenada. En la piscina municipal estallan gritos y risas de niños. Los salones de baile pagan su cuota de protección. Los cafés suelen estar llenos, aunque a una señal imperceptible, casi barométrica, la clientela se evapora. Los prostíbulos de M. tienen una fama bien ganada y, hasta ahora, han sido inmunes a cualquier asesinato que no sea de orden estrictamente privado. Por las escaleras pesadamente adornadas suben y bajan los pistoleros cruzándose con ciega indiferencia. La ciudad es rica y la Santa Madre Iglesia administra sus diezmos con resignada melancolía. Los días de fiesta en la Plaza Bolívar se lanzan fuegos artificiales tan estruendosos que, en cierta ocasión memorable, sus explosiones y silbidos estridentes ahogaron el ruido producido por un intercambio de armas de fuego que dejó como resultado seis cadáveres. A decir verdad, la vida cotidiana en M. cuenta con sus abogados sardónicos, y quiere el rumor que sea capaz de atraer a los turistas (una agencia de viajes estadounidense propone tours por "Las zonas más inseguras y peligrosas del planeta: Camboya, Afganistán, Colombia"). En las colinas de los alrededores prosperan raras especies de orquídeas.

Los orígenes del proyecto siguen siendo oscuros. En la ciudad de México hierven los talleres literarios, las pequeñas revistas y las lecturas de poesía en voz alta. Como un arco tenso, la poesía parece ser uno de los raros instrumentos capaces de mantener el equilibrio y de estimular los polos opuestos de las herencias amerindia e hispanocatólica. Tiende un puente por encima de los recuerdos de violencia entre etnias claras y etnias oscuras, entre las nieves y la jungla. Como si fuese un crepúsculo humano, la poesía gradúa y matiza, se ajusta entre la presión tajante del sol en cl cielo de cobalto --cuatro soles alumbran el cielo azteca-- y la caída abrupta de la noche. Desarma en parte las colisiones ideológicas, facciosas, desahoga de algún modo la rabia social que se fermenta en este país de volcanes.

Como si lo guiase la naturaleza, el poema fluye y se desliza en la canción mexicana, canta en los dialectos de la danza. Cuando muere un poeta destacado, la ciudad llora.

El círculo de lectura se reunía los martes por la noche en el Café del Águila y la Serpiente (el café cargado hace juego con los jeroglíficos aztecas). Se reunía en un salón trasero ensordecido por el ruido intermitente del sistema de aire artificial que arrancaba y tosía con imprevisible estrépito. El grupo contaba con alrededor de una docena de hombres y mujeres, aunque no siempre eran los mismos. Se recitaban poemas, se discutían, eran retocados y revisados colectivamente.

Como el humo de los cigarrillos, las voces, particularmente durante las horas nocturnas, serpenteaban y cobraban perfiles imprevistos. ¿Quién, a sabiendas de que se trataba de un lugar común, había puesto sobre la mesa de discusión el tema de Orfeo, uno de los más sobados timbres de la poesía para pretender el poder y la eternidad? ¿Quién había formulado la tan traída y alborozada proposición de que la poesía y el encantamiento del poeta eran capaces de dominar el inundo natural, por feroz y por brutal que fuera, al punto de atravesar y liquidar la roca muda y de hacer al voraz lobo soñar con campos de lilas? La presuntuosa idea era tan venerable y añeja como la poesía misma. Algo más que incómoda, Francesca no había olvidado su Ovidio:

Tale nemus vates attraxerat inque ferarum Concilio, medius turbae, volucrumque sedebat. ut satis impulsas temtavit pollice chordas et sensit varios, queamcis diversa sonarent concordare modos ...

Cardenio, el populista autoproclamado y heraldo del hombre (trotskista) común y corriente, insistía exigiendo una traducción.

--Oh, ya sabes --suspiró Francesca--, Orfeo reúne a su alrededor a los animales salvajes del bosque. Su arte pone a temblar a los pájaros. Las rosas y los árboles se inclinan hacia él para oírlo mejor. La zorra duerme junto al conejo.

--Petrarca adaptó este pasaje, igual que Shakespeare, Rilke y Neruda. --Roberto Casteñon asumía los privilegios de la pedantería. Profesor de escuela, escribía sonetos.

--Si sólo fuese cierto --intervino Jiménez con una voz que era casi un susurro. Lo irritaba el humo, y sólo era un participante esporádico . Si sólo fuese cierto.

--Y entonces --fue ella, Rosaria, quien planteó la pregunta, --¿cuándo ha servido un poema para detener una bala?

--Es peor que eso --atajó Casteñon--. Un poema no sólo no puede impedir una matanza: a menudo sirve para adornarla. Embellece el asesinato, y lo hace más soportable. El asesinato de García Lorca se volvió en cierto modo inevitable, ceremonioso, noblemente memorable gracias a sus poemas.

Cardenio dio un puñetazo con su mano herida sobre la mesa:

--Abstracciones, siempre abstracciones. El hecho más obsceno es que muchos poetas competentes, aun grandes poetas, se han puesto de lado de la muerte. O han sido fascistas o han cantado himnos al Padre Stalin. El señor Aragon escribió una oda a la Gepeú. La poesía es y quizá debe ser perfectamente inútil. Está más allá del bien y del mal.

--Y con todo, hay algunos de nosotros, aquí y esta noche, para quienes la poesía es simple y sencillamente lo único que da sentido a la vida --expresó Francesca limpiando sus lentes con nerviosa vehemencia.

Junio Serra era el más viejo de todos. Había publicado. Tenía su pequeña entrada en el diccionario biográfico mexicano. Su vista ya no era muy confiable, aunque modulaba sus frases con la punta de los dedos, como sopesándolas.

--Niños, ¿y no es eso lo esencial? Sólo lo que es inútil puede volver soportable la vida. La poesía, la música, las obras de arte. Nos vamos tropezando y cansando a lo largo de nuestras breves vidas, tan a menudo miserables, buscando lo que es útil, poniéndole a todo un precio y preguntándonos: ¿En qué me beneficia esto a mí? "El collar miserable del sentido común ..." (Estaba citando unos versos de su poema "La ceguera de la razón", que había recitado por primera vez hacía un año en esta misma sala.) "Solamente el arte y la poesía nos liberan. Al decir una y otra vez 'No' y 'No' y 'No' a lo que es necesario, al despotismo de los hechos y de la hoja de saldos. Un poema es el más poderoso de los agentes secretos. ¿No fue Brecht el que llamó a los poemas "los más altos explosivos de la esperanza?"

--Más bien creo que fue el camarada Maiakovsky --opinó Cardenio. Veneraba a Serra pero desconfiaba de su retórica.

Luego, nadie supo recordar quién había hecho la pregunta: "¿Y alguna vez alguien lo intentó?"

--Intentó ¿qué?

--Intentó detener las balas con poemas.

--Durante la Primera Guerra mundial -intervino Casteñon-, al menos así lo dice la leyenda: un soldado de infantería salvó la vida gracias a un volumen de Keats que de casualidad se había puesto en el bolsillo a la altura del pecho y que desvió la bala.

--No es eso lo que quiero decir, ustedes lo saben bien. (Ésa debía ser Rosaria Cruz, cuya voz de mezzo atrajo de inmediato la atención de todos.) No quise decir eso para nada. ¿Alguna vez los poetas han intentado, realmente intentado interponer la fuerza de un poema para impedir un crimen?

Junio entonó: "Ellas, esas locas de Tracia, lo despedazaron. Bebieron la sangre de Orfeo. Sólo quedaba su cabeza flotando sobre las aguas del río."

--"Pero la lengua insaciable del poeta quedó cantando todavía" --añadió Francesca moviendo los labios al compás de Ovidio.

--¿No es ése el punto esencial? Si la muerte no puede reducir la poesía al silencio, la poesía ¿puede acallar a la muerte? --Osvaldo hablaba muy rara vez. Nunca leía en voz alta. De tanto en tanto, cuando todo mundo estaba a punto de irse, distribuía un poema copiado al carbón sobre papel corriente. Y ahora ahí estaba Osvaldo, inclinándose con las manos trémulas--. Más poderoso que la muerte. El poeta, el artista vence a la muerte. Su oda sobrevivirá a la ciudad a la que está dirigida. A través de la traducción o de la imitación, sobrevivirá a la lengua en que fue escrita. Es más poderoso que la medianoche. Eso es lo que nos han enseñado a creer. Como una letanía, como un amparo que garantiza la seguridad de la casa saqueada del espíritu. Pero eso no es cierto, ¿o sí? A los libros se los quema, a los poetas se los mata al igual que a los otros, ¿En dónde estaban las musas en la época de los campos de concentración? El epigrama de Mandelstam le atrajo a él un fin atroz, pero no sobresaltó a Stalin ni por un momento. --Osvaldo se detuvo, incrédulo ante su repentina elocuencia. Tosió con una tos seca y triste. El refrigerador moribundo fue el único que le hizo segunda desde su oscuro rincón, cerca de la puerta de los sanitarios.

Pero Rosaria no iba a dejarse contradecir. --"La esperanza descansa en desmentir los hechos."

--No es un mal verso --atajó Cardenio--. "La propiedad es el robo." Alguna vez lo usaré.

--En serio, se los ruego. Por supuesto que el odio tiene más poder que la gracia. (Hasta en sus poemas líricos, Rosaria eludía la palabra "amor", no sabiendo a ciencia cierta si los seres humanos comunes y corrientes tienen derecho a usarla). Y la codicia es todavía más poderosa. Para la policía siempre será un placer rompemos el hocico. Lo sé. La mayor parte de la gente vive en la mierda, es verdad. En una indiferencia absoluta a la belleza. Cualquier imbécil sabe que ...

--Y los poetas sacan de ahí su lado patético --murmuró Serra.

--Eso también lo sé demasiado. Pero me dan náuseas, náuseas hasta aquí ... --El gesto de Rosaria fue terminante--. Pero imaginar que por una vez, en nuestra pequeña vida, tratásemos de hacer actuar a la poesía: ir a dar martillazos con las palabras en los hechos. Hacerlo así, en público, en la plaza, como un puño que golpea entre ceja y ceja.

--¿Y cómo te propones hacerlo?-- Pero no había ni censura ni burla en el tono.

Rosaria extendió las manos con pena y culpa. --No sé. Sencillamente no sé, y no debería hacerles largos discursos.

Fue Osvaldo, con las palmas de las manos sudorosas,...

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