|
Article Excerpt Franz, novelista y ensayista chileno, se acerca a los dos mitos políticos que ha dado su país, Salvador Allende y Agusto Pinochet, al cumplirse treinta años del golpe militar. Este ensayo muestra cómo estas figuras antagónicas tienen otra lectura posible, un reverso de la moneda en clave chilena, sin que eso signifique, ni mucho menos, situados en un mismo universo moral.
Hay esta escena: Allende en el palacio de La Moneda, casi solo, asediado por tierra y por aire, entre el cañoneo, esperando las bombas. Acaba de trasmitir su famosa despedida: "Mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las anchas alamedas por las que pase el hombre libre." Y ahora va corriendo por la Galería de los Presidentes, agachado, mientras silban las balas. Lleva un casco de combate y la ametralladora con la que poco después va a suicidarse. De pronto se detiene, mira las estatuas de la treintena de mandatarios que lo precedieron en el cargo. Luego, sin dar explicaciones, les ordena a sus dos escoltas que las derriben, que derriben uno por uno los bustos de esos "viejos de mierda", grita. Las estatuas empiezan a caer, caen los mármoles de sus pedestales, los bustos ruedan por el suelo, las frentes trizadas, las narices rotas, los ojos vacíos. Las estatuas son los primeros escombros. Después el palacio arde y todo es escombros.
Dos mitos políticos ha dado Chile al mundo contemporáneo: Allende y Pinochet. No es poco, si se piensa en la remota provincia antártica de la que estamos hablando. Este II de septiembre de 2003 se cumplieron treinta años del golpe de Estado, tres décadas desde que estos nombres se anclaran en la imaginación colectiva de una buena parte de Occidente como epítomes del demócrata y del tirano, es decir, como clichés. Siendo clichés chilenos, sin embargo, esta mitología austral ha venido preñada de ambivalencias, de semiverdades, de incongruencias incómodas, a veces enfurecedoras para nuestros observadores externos, que nos quisieran simples y ejemplares. En nuestro Walhalla de los antípodas, los héroes de pronto echan fuego como dragones, y los dragones de pronto se echan a volar como palomas. ¿Quién nos entiende?
Tomemos a Allende. Para unos, el héroe del pueblo que intentó una revolución socialista por medios pacíficos y legales y que tuvo que suicidarse entre las ruinas de su régimen, ese día. Para otros, en cambio, Allende fue un marxista astuto con opciones jugadas en la Guerra Fría, un fellow traveler de la Unión Soviética, a la que en su discurso del Kremlin, en 1972, llamó, famosamente, "nuestro hermano mayor" (¿provocación orwelliana o candidez?). Un lobo totalitario con piel de oveja democrática, cuya táctica era aprovechar las estructuras legales...
|