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Article Excerpt ¿Empezamos a escuchar el coro que resuena fronteras adentro Del Brasil y que no es otra cosa que la voz que clama en el desierto? Los oídos sordos pierden las muchas calidades de esa literatura, tan rica que podría permitirse también ella jugar el juego de marginar al resto. Para ese mar de diferencias, Clarice Lispector es una insólita e inagotable fuente.
Los perfiles literarios se prestan a la convencionalidad: tanto espacio, tal enfoque. Pero Clarice Lispector, in inmune a la convención, la dinamita. En una entrevista de 1974 le preguntan de qué tiene miedo. "Creo que tengo miedo del futuro. Siempre he tenido miedo del futuro. Creo que voy a hacerme cortar el pelo, ¿qué le parece?" ¿No es esto dinamitar no sólo una entrevista, sino la importancia que la fama le está otorgando?
Hay escritores singulares y escondidizos, que se instalan en una tradición y la sabotean desde su centro. Un Nabokov, digamos, no rechaza la cultura, los valores de su herencia: desde ésta, emancipado, crea un laberinto, tiende trampas que desdibujan los recorridos habituales, lanza pistas que perturban al lector, abriéndole otro recorrido con el premio final de ser aceptado en la coalición de quienes aprecian las marcas eficaces de las dentelladas. Impone sus malabarismos en una lengua ajena, de ahora en adelante invadida por su perfección. Sin embargo, acepta la cúpula inequívocamente común a toda la narrativa de este siglo.
Pero pocos --digo pocos para cubrirme-- han arremetido como esta mujer de frontera contra tantas convenciones novelísticas a la vez. A lo largo de su obra extensa fue debilitando argumento, acción, diálogo, cosas esenciales --una u otra, al menos--, para dejar a sus personajes despojados de todas, braceando en las aguas primitivas de una vida primaria que "respira, respira, respira".
Nació en Chetsélñik, en Ucrania, de familia judía. Los datos acerca de la fecha difieren: en 1920 o 1925. Su infancia transcurrió en Recife, donde sus padres se instalaron cuando tenía dos meses, según ella afirmó y, aunque su vida transcurrió en Río de Janeiro --fuera de los periodos pasados en el extranjero, al seguir los destinos diplomáticos de su marido--, nunca perdió, según dicen, su acento pernambucano (complicado por un problema de pronunciación de la erre). Al salir su primer libro, Sergio Milliet, crítico con prestigio, percibe todo lo nuevo que depara, pero respinga ante el apellido de su autora, "nombre extraño y basta desagradable, pseudónimo sin duda". Con su raíz latina, que encerraría "un lirio en el pecho" (a Milliet le habrá sonado a inspector), quizás también en ruso el apellido resulte extraño. En un texto que vale por un autorretrato, Clarice habla de: "Lirios blancos arrimados a la mudez del pecho." La asunción de su apellido es la aceptación de un pasado inabarcable, de una tradición religiosa incluso. La Biblia aparece en su obra, aunque ella elude las referencias culturales: "Toco el piano de oído, nunca lo estudié. Por lo demás 'vivo de oído', vivo de haber oído hablar." Sin embargo, se afirma brasileña, aunque confiesa su gusto por los viajes, sin duda no indiscriminado: Suiza le parece "un cementerio de sensaciones."
En 1979, la revista Polimica 1, de Sao Pablo, publicó una carta reveladora de Clarice Lispector, dirigida a Olga Borelli --que se convertiría en su gran amiga y secretaria y, entre otras cosas, organizaría un libro de la escritora.
11-12-1970
Olga, escribo esta carta a máquina porque mi letra anda pésima.
He encontrado, sí, una nueva amiga. Pero tú sales perdiendo. Soy una persona insegura, indecisa, sin rumbo...
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