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Article Excerpt Essays on Empire and Other Rogues, viajó a principios de mayo al Brasil de Lula para hacer un primer balance de la gestión del político que despertó toda clase de temores por su vocación populista y que se ha revelado como un gobernante sagaz y responsable.
EN LOS DÍAS PREVIOS A LA ELECCIÓN DE LUIZ INÁCIO LULA DA Silva como presidente del Brasil, los expertos financieros del mundo pronosticaban un desastre. El mejor indicador de la confianza de los inversionistas extranjeros, los bonos "C" brasileños, habían caído de ochenta a menos de cincuenta centavos por dólar, mientras el real, que se había estado vendiendo a dos por dólar, prácticamente se había desplomado y se acercaba a cuatro por uno.
Como gran parte de la deuda externa e interna estaba indexada al dólar, era palpable el temor de que el Brasil incumpliera sus obligaciones internacionales y siguiera los pasos de Argentina hacia la ruina económica. Una vez seca la inversión extranjera, las líneas de crédito se evaporaron. Los analistas de derecha en Washington temían que si Lula y su izquierdista Partido de los Trabajadores tomaban el poder, los sistemas brasileños de lanzamiento de bombas nucleares y proyectiles teledirigidos pudieran llegar hasta la Florida. (1)
Después de un año, el Brasil ha experimentado la más vigorosa recuperación de todas las economías de "mercado emergente" del orando. Ahora el real está valuado en menos de tres por un dólar. Desde el 10 de enero del 2003, fecha en que Lula asumió la presidencia, el país ha recibido alrededor de 5,600 millones de dólares en inversión extranjera y para el 23 de mayo había acumulado un excedente de 7,100 millones en sus balances comerciales. En cuanto a la amenaza nuclear, aparte de que el Brasil no posee tales bombas, es uno de los países firmantes del tratado contra las armas nucleares. Los analistas de Goldman Sachs, por lo demás, opinan que el real está subvaluado.
Lo más sorprendente es que ahora Lula, "el izquierdista", como se le sigue llamando en The New York Times, es tachado, con considerable resentimiento, de "neoliberal" por muchos de sus viejos amigos del movimiento contra la globalización. Cuando visité el Brasil en mayo, algunos partidarios poderosos del gobierno anterior me dijeron que tenían que admitir que Lula era más cuidadoso de lo que jamás habrían esperado. El continuismo, según afirmaban, se había impuesto sobre el deseo de cambiar, pese a que Lula declaró que en las elecciones no se había buscado otra cosa que el cambio. Las autoridades del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial de Washington han elogiado el ortodoxo rigor fiscal impuesto por el nuevo gobierno. Incluso la iniciativa más espectacular de Lula, su programa Hambre Cero (en virtud del cual, al término de su periodo de cuatro años en la presidencia, ningún brasileño sufrirá hambre), ha sido tachada por los críticos como simple demagogia, como un retroceso a las fallidas "políticas de asistencia social". Lo cual es un comentario injusto toda vez que Hambre Cero, a pesar de la ineptitud de sus burocráticos inicios, se ha ido imponiendo poco a poco.
La situación nos recuerda mucho el famoso aforismo de Disraeli de 1845: "Mientras los conservadores se bañaban, sir Robert Peel les escamoteó la ropa." Un miembro del gobierno del ex presidente Fernando Henrique Cardoso se muestra desconcertado por todo esto. "El gobierno de Lula", me dijo, "tiene un montón de ideas nuevas y buenas; pero las nuevas no son buenas y las buenas no son nuevas". Entonces, ¿qué pasó? ¿Acaso el profundo pesimismo que el año pasado se palpaba en Wall Street ha sido reemplazado por una falsa euforia? Si entonces los "expertos" estaban tan equivocados, ¿puede confiarse en que ahora tengan la razón?
El sorprendente cambio de actitud respecto de Lula obedece a tres victorias tácticas obtenidas poco después de asumir la presidencia. La primera fue convencer a los brasileños de que tuvieran paciencia. Luego de su arrolladora victoria, hubo preocupación porque las grandes esperanzas fincadas en su elección no pudieran cristalizar pronto, en vista de la permanente vulnerabilidad brasileña frente a las presiones económicas del exterior y a la fluctuante actitud de los inversionistas nacionales y extranjeros. Cualquier cambio espectacular en la política tenía que ser difícil. En agosto del 2002 el gobierno de Cardoso fue rescatado por un acuerdo del FMI conforme al cual se le otorgaba un préstamo de treinta mil millones de dólares. El contrato obligaba al futuro gobierno a imponer políticas fiscales rigurosas...
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