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Refugachos: escenas del exilio espa?ol en M?xico: gracias a su labor, el exilio republicano en M?xico ha sido alabado por todos, pero no fue as? en el origen, cuando muchos tem?an la llegada de las "bordas rojas". Sheridan estudia las disputas entre los espa?oles y mexicanos y rescata del olvido hemerogr?fico un feroz intercambio de epigramas entre Salvador Novo y Jos? Bergam?n.

Publication: Letras Libres
Publication Date: 01-AUG-03
Format: Online - approximately 7926 words
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Article Excerpt
Para James, Paco y Nigel

COMO HA SEÑALADO JOSÉ ANTONIO MATESANZ DE MANERA sumaria en un esclarecedor ensayo, (1) sabemos que "Es un mito que los refugiados españoles hayan sido bien recibidos en Mexico". Gracias a las campañas de la prensa opuesta al presidente Lázaro Cárdenas, los "hermanos exiliados" del discurso oficial llegaron a ser llamados por la población media refugachos o refifigiados, (2) y no fue infrecuente que se les viera y denunciara como agitadores, embaucadores y/o embajadores de una querella política que amenazaba con reiniciarse entre equivalentes facciones ideológicas en tierra mexicana.

El caso de los intelectuales no fue la excepción, sino acaso el paradigma de ese desencuentro. Aporto en este trabajo algunas escenas alusivas: una querella literaria entre José Bergamín y Xavier Villaurrutia, Salvador Novo y Rodolfo Usigli; otra entre Pedro Salinas y Jesús Guiza y Acevedo y unas observaciones intimas de Alfonso Reyes. Cada una de las tres escenas supone documentos inéditos u olvidados en viejas revistas que colaboran a apreciar la hondura del conflicto.

¡Ahí vienen los rojos!

"El anuncio de que vendrían los colorados españoles puso a los mexicanos a tronarse los dedos", escribió Salvador Novo en enero de 1939. (3) Esto obedecía a varias razones: además de la hispanofobia crónica (que, dice Novo, "es un complejo que germinó en los libros de texto del XIX para llevar al corazón de los niños el odio a los gachupines)", (4) el presidente Cárdenas y la República Española eran identificados con el comunismo al que el papa Pío XI denostaba en sonoras encíclicas: Rusia y México, según la opinión del prelado, eran países "donde el comunismo ha conseguido afirmarse y dominar". (5)

Esta actitud dio pie a toda una campaña de prensa y propaganda a la que se agregaban el oportunismo de la colonia española de filiación falangista, los norteamericanos recién heridos por la expropiación petrolera y sociedades mercantiles de capital alemán hartas de lidiar con la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y con su líder, el "rojo" Vicente Lombardo Toledano. (6)

La campaña prendió como yesca entre la clase media católica, en general adversa al "bolcheviki" Cárdenas. Era una incomodidad que había crecido desde que el proyecto de la "educación socialista" consideró al Estado como la única instancia educativa legítima, lo que fortaleció a organizaciones militantes de derechas, como la Acción Católica o la Unión Nacional Sinarquista, previas a la fundación del conservador Partido Acción Nacional en septiembre de 1939, para quienes el derecho de educar a sus hijos en el respeto a sus convicciones religiosas en escuelas confesionales era innegociable.

Los exiliados representaban en este contexto, como señala Matesanz, "dos de las imágenes más explosivas para México: la del rojo y la del gachupín", (7) lo que condujo a que "la llegada de los republicanos españoles a México se viera como una invasión de gachupines rojos, lo que era el colmo". (8) Pero si ser gachupín era malo, y si ser "rojo" era peor, y gachupín rojo el colmo, un intelectual gachupín rojo ya rebasaba toda taxonomía del prejuicio, pues a los intelectuales, comenzando por los mexicanos, se les agregaba el cúmulo de previsibles, denigrantes etiquetas, desde acusaciones de haraganería sediciosa hasta mofas sobre la inutilidad de su labor: un desprecio a la inteligencia en el que la Revolución había tenido lo suyo que ver. El intelectual gachupín rojo fue así un blanco fácil. Las razones políticas, filantrópicas y demográficas del gobierno de Cárdenas no lograron abatir la abrumadora suma de estos agravantes.

El caso de los intelectuales exiliados atizó la repulsa de la derecha con mucho mayor vigor que los otros exilios, el campesino o el técnico, que en la imaginación popular podían --una vez superada la xenofobia-- calificar como personas capaces de valerse por sí mismas. A ellos no era necesario inscribirlos en las nóminas del Estado, y mucho menos construirles una casa.

La Casa de España

Dentro del plan de Cárdenas, Daniel Cosío Villegas, Alfonso Reyes y Narciso Bassols para abrir las puertas de México al exilio español, se concebía crear una institución académica de alto nivel que emulara al Centro de Estudios Históricos de Madrid (donde Reyes había trabajado años antes). En septiembre de 1938 se formalizó la creación de la Casa de España (9) y se anunció una primera versión de su nómina: Ramón Menéndez Pidal, Tomás Navarro Tomás, Dámaso Alonso, José Gaos, Joaquín Xirau, Adolfo Salazar y Gustavo Lafora, además de tres españoles ya residentes en México: León Felipe, José Moreno Villa y Luis Recasens. (10) Esto significaba el traslado a México de algunas grandes luminarias españolas en los campos de la filología, la poesía, la psiquiatría, la poesía, la historia y la filosofía, a quienes se les ofrecían condiciones óptimas para continuar sus investigaciones.

La prensa derechista se comenzó a ensañar desde ese momento, sobre todo la revista Hoy, de Regino Hernández Llergo, a la que se le servía en bandeja la oportunidad de ejercer su feroz animadversión al presidente. Los ataques vienen en todos los tonos (sobre todo en el verano de 1939) y alcanzan niveles inusitados de bellaquería. Su colaborador más conspicuo, Novo, desliza desde el principio un fuerte elemento de discordia: los salarios que la Casa pagaría a los españoles. Los intelectuales estarán, escribe Novo, "resignados a ganar por primera vez en su involuntariamente errátil vida los apenas veinte pesos diarios con que verán renumerada su sabiduría". Novo, desde luego, aporta la cifra con toda mala intención, pues un profesor universitario mexicano ganaba apenas 2.50 pesos.

El manejo del asunto logró inflamar la indignación de la opinión pública. Más allá de que las cosas se hicieron, ciertamente, con falta de tacto, quizás achacable a la precipitación, la averiada clase media mexicana mordió el anzuelo y se lanzó al ataque, sobre todo en el ámbito de la universidad. Un profesor de la facultad de derecho, Eduardo Pallares, escribe el día anterior a la llegada del Sinaia:

La inversión de los valores sociales que tiene lugar hoy en día ha alcanzado un punto máximo de injusticia, al otorgar a los extranjeros un lugar privilegiado en detrimento de los nacionales por la pasión sectaria, la ceguedad producida por el furor del radicalismo ideológico y político que da origen a privilegios que tanto "nos arden" y que se conceden no a los extranjeros por serlo, sino por ser rojos escapados del infierno de España. No se protege a filósofos, literatos y sabios por serlo, sino porque son comunistas derrotados. Los universitarios nos sentimos humillados cuando vemos que hay sujetos que adquieren de golpe y porrazo una situación excepcional con magníficos sueldos y facilidades que a los mexicanos se nos han negado desde que México es nación independiente [...] (11)

Pallares retoma la cifra aportada por Novo, seiscientos pesos (12) al mes, y los contrasta con sus 75: el profesor universitario mexicano vive "sin garantías jurídicas, amagado por la miseria". Era cierto:...

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