|
Article Excerpt Rebecca West (1892-1981) fue una de las grandes escritoras de habla inglesa. Es autora de doce novelas, de varios libros de ensayos (Black Lamb and Grey Falcon es su obra maestra) y de más de diez mil cartas. Compañera de H. G. Wells (con quien tuvo un bijo), West fue una lúcida y poderosa conciencia del siglo XX. Enrique Krauze comenta el fascinante libro en el que plasmó sus impresiones de su paso por México.
SURVIVORS IN MÉXICO DE REBECCA WEST (1) PUDO HABER SIDO LA anatomía histórica definitiva de México. Estilista suprema, observadora sutil de la conducta humana en sus más extrañas paradojas y contorsiones, los notables talentos de West para rastrear la gravitación del pasado --"ese gran embriagador de naciones"-- habrían encontrado terreno fértil en este país obsesionado por su historia. Y no le habrían faltado razones personales para venir. México --tierra de volcanes y de pasiones volcánicas-- había quedado como un capítulo pendiente, inscrito en su biografía familiar desde antes de su nacimiento. Cuando llegó a la cita en 1966, a sus 74 años de edad, era demasiado tarde. A pesar de que durante toda su vida había demostrado una extraordinaria vitalidad, padecía diversos problemas familiares (Henry, su esposo, murió en 1968, luego de una larga enfermedad), y estaba cansada para una empresa que habría requerido un esfuerzo físico e intelectual no menoral que desplegó para escribir Black Lamb and Grey Falcon, su obra maestra. Ese desencuentro temporal fue una lástima. México representaba una historia de convergencia religiosa y étnica hasta cierto punto inversa a la de los Balcanes. Quizá aquella experiencia le sirvió a West para entender mejor el contraste. En todo caso, Survivors in Mexico quedó inconcluso e inédito en su archivo. Publicado ahora en una meritoria, laboriosa y oportuna edición de Bernard Schweizer, (2) no es el libro que pudo ser pero es, de todas formas, uno de los ejercicios de comprensión más originales e inteligentes escritos alguna vez sobre este "polo excéntrico dc Occidente" que, en palabras de Octavio Paz, es México.
La peripecia del tema mexicano en la familia de West es una novela en sí misma. Apenas mencionada en la reciente biografía de Carl Rollyson, West la narra con divertido detalle en Survivors in Mexico. En busca de una figura tutelar que se ocupara de la educación espiritual y moral de sus cuatro hijos, hacia 1852 la irlandesa Arabella Fairfield --abuela paterna de Rebecca, recién viuda-- contrató los servicios de Elie, uno de los dos hermanos Reclus, los jóvenes anarquistas franceses (teóricos de la "huelga de brazos caídos" y otras formas de resistencia), refugiados por entonces en Inglaterra. En una comedia de equivocaciones, la recalcitrante cristiana bíblica creyó que reclutaba a un preceptor puritano contra los males del siglo. Por su parte, el anarquista ateo pensó que la caridad social de Arabella obedecía a un moderno impulso populista. La eventual revelación del equívoco no deshizo el contrato, porque los chicos adoraban al sabio y abnegado Elie, que los pasteoreó por cuatro años, al cabo de los cuales comenzaron su educación formal, mientras los Reclus regresaron a París. Elisée escribiría los diecinueve volúmenes de su monumental Nouvelle géograpbie universelle, Elie sería pionero de la antropología social y maestro de mitología comparada. En ambos había esa rara mezcla --típica de los anarquistas-- de inclinación científica y violencia redentora, que seguramente explica su no menos extravagante fascinación por los volcanes, símbolos arquetípicos de la naturaleza y la revolución. Elie trasmitió el culto telúrico a los chicos Fairfield y a sus discípulos en París, entre los cuales, a fines del siglo XIX, se encontraba un joven pintor mexicano llamado Gerardo Murillo, quien bajo el seudónimo de "Doctor Atl" jugaría el doble papel de agitador social y promotor del muralismo durante y después de la Revolución Mexicana, y pintaría por cinco décadas el paisaje volcánico de México.
Charles Fairfield, el desaprensivo padre de Rebecca, permanecíó en contacto con Reclus y conoció a Atl en París. Hablaron de los volcanes mexicanos. Años atrás, al salir del ejército, Charles había visitado México como quien va a la Meca, con el solo propósito de rendirse ante el Popocatépetl, el Iztaccíhuatl y el Pico de Orizaba. Murió en 1906, cuando su hija Rebecca tenía catorce años, no sin antes trasmitirle explícitamente aquella fascinación. Desde entonces --escribe West--, "cualquier volcán me pareció a la vez sagrado y terrenal". En la novela de su vida había un capítulo pendiente: volver a la ruta del padre, conocer al Doctor Atl y contemplar los incomparables volcanes mexicanos.
El sueño se cumplió gracias a una encomienda de The New Yorker para escribir un reportaje sobre el nieto de León Trotski, el profeta desarmado cuya biografía --escrita por Isaac Deutscher-- estaba siendo muy leída en aquellos años. La investigación derivó naturalmente a Frida Kahlo y Diego Rivera, que junto con Atl integran una porción desencaminada de Survivors in Mexico, no sólo por la insuficiencia de la investigación y el carácter incidental de Trotski en la historia mexicana, sino por el anacronismo en que incurre West al cifrar en la famosa pareja su acercamiento interpretativo a un "arte mexicano" que, para entonces, llevaba por lo menos tres décadas de haber evolucionado a formas mucho más complejas, variadas y modernas. A pesar de su perspicacia, West no tuvo tiempo ni lecturas ni amigos que la ubicaran en el contexto del arte mexicano contemporáneo ni la disuadieran de concentrar excesivamente su atención en Atl, pintor apreciable pero tangencial, y figura más bien patética en la historia política de México, donde encabezó --junto con José Vasconcelos-- las simpatías intelectuales por los nazis. (Antisemita militante y feroz, Atl no perdonaba...
|