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Article Excerpt 31 de julio de 2003
¿POR QUÉ LETRAS LIBRES INCLUYE AL MOVIMIENTO ESTUDIANTIL DE 1968 como un "trauma de la historia"? ¿O debería escribir la Historia? Porque, en efecto, existe la que podríamos llamar "versión lánguida del 68", un mito mexicano más, de "los malos contra los buenos". Alguna vez Marcelino Perelló dijo (y ya no recuerdo dónde), en afán de combatir este mito, lo cual me parece correcto, que también nosotros, y no sólo el gobierno, "fuimos unos hijos de la chingada". No sé lo que entienda por eso Marcelino, pero mi desacuerdo es completo: nos faltó, precisamente, ser el audaz que tiende trampas políticas, la frialdad del que conoce las fisuras del sistema y se cuela por donde ve una para obtener soluciones. Nos faltó la habilidad política de quien consigue lo que desea. Y si a eso llamamos "chingarse al otro", es un error grave, tan grave que sigue entorpeciendo toda negociación: nada sale, nada resulta en México porque "el otro" siempre cree que ceder un solo ápice es permitir que se lo chinguen. Con ese afán el PAN bloqueaba propuestas correctas del PRI y hoy éste le paga con la misma moneda. Ceder es, en México, "rajarse". Y nadie quiere ser tildado de rajón. Antes muerto. Creo, Marcelino, que fuimos algo peor que "hijos de la chingada": a la vez ingenuos y dogmáticos. La ingenuidad nos hizo exigir lo imposible, como la desaparición del cuerpo de granaderos; el dogmatismo nos llevó a proclamar que ninguna exigencia era negociable, ni siquiera la de solución imposible. Así convencimos al gobierno, que poco necesitaba en su feroz autoritarismo, de que no actuábamos de buena fe. Y eso, buena fe, es quizá lo único que nos sobró. Ésa fue nuestra culpa como dirigentes. Es el pecado que siguen cometiendo los dirigentes: del CGH a Atenco: nadie puede admitir que "el otro", la otra parte, el que piensa distinto, pueda tener algún asomo de razón. A la oposición hay que aplastarla. Fue el lenguaje con el que Fox llegó a la Presidencia: iba a despanzurrar las "víboras tepocatas", a humillar al antiguo régimen, a gobernar solo y su alma (y una que otra alma buena) porque los otros debían ser aniquilados. Y los resultados están a la vista: ha quedado inmovilizado en su castillo de la pureza. Nosotros le enseñamos ese camino al país. Te mando un saludo, Marcelino.
7 de agosto de 2003
Luis:
Cuál será el móvil de Letras Libres al hablar --al hacer hablar-- del 68, te preguntas. Cuestión pertinente, pues se trata, en principío, de una revista literaria, no política ni histórica. Además de reconocer la saludable práctica de descompartimentar, de romper rediles, deberemos admitir que la historia, toda la historia, toda historia, es literatura.
Recuerdo un texto tuyo de hace ya un buen de años en el que, propósito de la crónica de no sé qué mitin o manifestación, lo decías. La historia no son los hechos. La historia es lo que se dice, lo que alguien dice, acerca de los hechos. La historia se escribe sobre, por supuesto. Pero también se escribe desde. Desde el tiempo y desde la distancia.
Nadie se baña dos veces en el mismo río, decían los clásicos, y cada quien ve el paisaje desde la colina en la que está parado. Y cada relato, cada crónica, cada reflexión, proceden de un determinado sujeto. Y en esa condición son irremisiblemente subjetivos, por objetivos que se pretendan. El determinado sujeto. El sujeto determinado. Determinado por su circunstancia orteguiana. Así, el temo histórico, por más que el autor se esfuerce en ser leal a la realidad y desprenderse de sí mismo, no dejará de ser un punto de vista. Una lectura, una escritura. No dejará de ser ficción. Literatura.
Han pasado treinta y cinco años, Luis. Como quien no quiere la cosa. Cuando protagonizamos aquellas jornadas no éramos niños, pero casi. Hoy, treinta y cinco años después, no somos viejos, pero casi. Y, entre casi y casi, los casi viejos de hoy no dirán lo que hubieran dicho, hoy, los casi niños de entonces. La edad lo hace a uno más perspicaz y más suspicaz. Más cauto. Pero también lo ablanda a uno. Lo hace conservador. Conservador del propio cuerpo en primer lugar, y, por metonimia, de todo el resto.
Siete veces cinco. Cinco veces siete. No es poca cosa. Pero tampoco demasiado. En cualquier caso, es una distancia incómoda para considerar al movimiento. Tan lejos y tan cerca, dirá Wenders. Y qué engendra esa dificultad, esa imposibilidad que tu marcas, entre una H que parece quedarle grande y una h que a todas luces le queda chica.
Treinta y cinco años son muchos años, pero me temo que estos treinta y cinco lo son más que otros. El mundo es otro en grado y de manera que nadie se hubiera atrevido a predecir. En particular, aquella revolución que tanto...
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